Otros valores

El sábado 9 de agosto se estrenó Mauro, la ganadora del Premio Especial del Jurado en la Competencia Internacional del último BAFICI. La ópera prima de Hernán Rosselli podrá verse en el Malba todos los sábados de agosto a las 22 h.

A pesar de ser una película sin estridencias (algo que se agradece) y de la cual no se sabía nada (las otras representantes locales de esta Competencia habían tenido proyecciones más o menos exitosas en otros festivales: Algunas chicas en el Festival de Venecia, y La Salada en la sección Cine en Construcción del Festival de San Sebastián), Mauro, de Hernán Rosselli, fue una de las mejores películas argentinas de la pasada edición del Bafici, y una de las pocas que generó comentarios (decir polémicas sería exagerado) más allá del “me gustó / no me gustó” cada vez más ineludible, inmediato y casi obligatorio durante los días del festival. El reclamo a la película más escuchado tiene que ver con sus relaciones, filiaciones e influencias con el pasado más reciente del cine argentino. Es cierto que algo de eso está presente en la película. Es imposible ver Mauro y no pensar en aquel Nuevo Cine Argentino de los años noventa y, en particular, en los dos primeros largometrajes de Pablo Trapero. Pero también es cierto que las influencias de esas películas son fáciles de rastrear en un pasado mucho más lejano de la historia del cine. Pero, al menos por ahora, es mejor dejar de lado este juego cinéfilo que a veces puede volverse contraproducente y conducirnos a callejones sin salida.

Desde su título, Mauro se presenta como el retrato de un personaje. La profesión de Mauro al comienzo de la película es la de un pasador (denominación para aquellos que se encargan de poner en circulación billetes falsos); más tarde, en sociedad con su amigo Luis, empezarán ellos mismos a encargarse de producir los billetes apócrifos. Con un registro que en su simpleza parece documental pero que, como toda buena falsificación, oculta bajo su superficie un trabajo mucho más complicado, moderno y sutil, la película avanza en su trama con pequeñas situaciones que se van acumulando, para terminar de mostrar el panorama de una sociedad cada vez más desgastada, no solo desde la posición laboral y económica en la que están estancados sus personajes, sino también desde los escenarios por donde se desplazan los intérpretes. Buenos Aires parece volver a ser mirada de una forma similar a la de aquellos jóvenes cineastas que salvaron (al menos por un tiempo) el cine local en la década del 90. A simple vista, podríamos pensar que en la Argentina todo sigue igual o peor que en aquellos años (y no estamos hablando solo de cine), pero por suerte (y, ahora sí, hablando exclusivamente de cine), la aparición de un director como Hernán Rosselli nos indica lo contrario.