Papeles en el viento

Luego de dirigir Juntos para siempre (2010), el guionista y cineasta Pablo Solarz se atreve a narrar la historia de un hombre judío polaco que a sus 88 años quiere encontrar a la persona que lo salvó de morir en el Holocausto. El rostro sólido de Miguel Ángel Solá nos guía en esta película, coproducida entre Argentina y España, que toma forma de una road movie emocional.

El guionista de Tiempo final, Historias mínimas y ¿Quién dice que es fácil?, entre varios otros títulos, estrena El último traje, en la que narra la historia de un octogenario sobreviviente del Holocausto que vuelve a su Polonia natal en busca de un amigo y para lograr la reparación final. En esta entrevista, Pablo Solarz cuenta en qué se inspiró para crear al entrañable personaje de Abraham Bursztein y cómo cree que el crecimiento de los guiones y las instancias de desarrollo de proyecto podrían ayudar a la maduración del cine nacional.

 

¿Cómo surgió la historia? ¿Es verídica?

De verídico debe tener algo; espero que tenga mucho de verosímil. Es una mezcla de muchas anécdotas y experiencias de otros y donde se refleja el dolor que uno percibió desde chiquito en el silencio y en la dificultad para responder a las preguntas inocentes de los niños. Esa sensación de que hay algo de lo que no se puede hablar porque no hay deseo de conectarse con esos temas. En mi caso personal, mis abuelos paternos, que eran polacos, vinieron entre las guerras y no son sobrevivientes del Holocausto. Siempre tuve mucha curiosidad por este tipo de anécdotas y por todo lo que tuviera que ver con la Segunda Guerra Mundial, con la ocupación nazi en Polonia, Francia y Europa del Este. De alguna manera tenía pendiente meterme con el tema y entender bien lo que pasó. Tener mi propia versión. La película es mi visión personal, mi testimonio.

 

¿Te inspiraste en alguien para construir el personaje de Abraham?

En varios. Hay una mezcla de mis dos abuelos, tíos, gente que entrevisté para que me contaran sus experiencias como sobrevivientes de los campos.

 

Abraham se parece un poco al protagonista de la novela gráfica Maus: Vladek Spiegelman…

Puede ser. Tienen cosas en común. A mí me gustan esos viejos cabrones que tienen una corteza muy dura y adentro una ternura muy grande. Como si fuera una ternura contenida, disimulada, escondida. Son muy queribles. No solo los viejos, también la gente en la que ves que detrás de todo este enojo, que tendrá que ver con dolores no cursados, hay un gran corazón. Me parece que es una contradicción interesante para la dramaturgia en cualquier caso.

 

Hace más complejo al personaje...

Sí, porque si fuera solo un viejito simpático que mueve las orejas yo creo que se perdería mucho de la sombra que necesitábamos.

 

¿Cómo fue el casting del protagonista? ¿Pensaste en otros actores además de Miguel Ángel Solá?

Yo quería hacer la película con un actor de la edad del personaje. Estaba muy cerrado a otras opciones. Quería trabajar con un viejo. Pasé por Alterio, que decidió no hacerla; el segundo fue Pepe Soriano, que tuvo alguna complicación, y el tercero fue Norman Briski, que no pudo por un tema personal. Entonces llegamos a la conclusión de que tenía que ser un actor más joven y había que envejecerlo. Era todo un tema para mí porque había que resignar dos horas por día de maquillaje y caracterización. Hacer un hombre de 80 y pico sobre el cuerpo de uno de 60 y que eso soporte un primer plano es una obra de arte que todos los días hacía Almudena Fonseca, la maquilladora española. Finalmente entendí que había que hacerla con un hombre más joven y envejecerlo, por las características de la película y del presupuesto. También porque hay que ir a otro ritmo con un viejito… es casi como trabajar con un niño: por la letra, la cantidad de cosas que podés hacer en un solo día, los riesgos de una gripe, no teníamos esos márgenes. Cuando se decidió eso Solá fue la primera opción. Yo siempre lo admiré mucho, me gusta mucho cómo trabaja y lo había visto en envejecimientos. Natalia Smirnoff fue la directora de casting y lo tuvo muy claro de entrada.

 

¿Ensayaron mucho?

Sí, un par de semanas antes de comenzar el rodaje nos reunimos para probar algunas situaciones y ayudar a Miguel Ángel a construir físicamente a Abraham Bursztein.

 

¿Sentiste mucha presión al filmar en el exterior con un equipo técnico al que no conocías?

Me acuerdo de los nervios que sentía antes del primer viaje de preproduccion. Tenía que encontrarme con el equipo español y todos tenían tanta experiencia… Luego en el rodaje, siendo el único argentino junto con Miguel, y al frente de un equipo tan grande, dio un poco de nervios. Pero en este caso todo fue viento a favor: había mucho amor porque el guion les había gustado y tenían muchas ganas de que todo saliera bien. Toda la experiencia jugó a favor como suele ser cuando las cosas están bien hechas. Lo mejor es rodearse de gente que tenga muchas películas. Yo pedí ser el único principiante. Después la territorialidad se desdibuja porque el territorio es el cine: España, Argentina y Polonia se van volviendo abstracciones. Estamos todos haciendo cine, como la revista de ustedes. Hacer cine es un privilegio, un lujo, un estado de gracia. Estábamos todos metidos en un sueño. No había nacionalidades. Éramos todo lo mismo.

 

Sos guionista de profesión y en general has escrito comedias. El último traje, aunque tiene pasos de comedia, es un drama y escapa a lo que se espera de vos.

Historias mínimasfue lo primero que escribí para cine y me parece estructuralmente similar. No es una comedia, aunque tiene algunas escenas cómicas. Es un viaje de alguien que va a recuperar a alguien. Me parece que El último traje es una vuelta a mí mismo. Escribo comedias, me encanta ese género, y es verdad que es profesión porque desde chico he vivido de escribir guiones. Entiendo que se hayan sorprendido. Me lo dijeron varios. Pero este soy yo también: con ese costado de historia de amor, de amistad, con mucha ternura y alguna oscuridad. Yo veo la película y siento que ahí estoy.

 

Los diálogos son muy precisos, ¿fuiste muy estricto con los actores para que los respetaran?

Me pasé muchos años retocando este guion, y cuando llegó el momento de filmar hice lo posible para que se respetara. El diálogo no es solo el contenido de lo que se dice, también es sonido. Para uno, una escena suena de determinada manera y cambiás a veces un diálogo por sonido. Lo reemplazás por otra cosa que significa lo mismo porque te suena mejor, o más real, o más bello, o más musical. Entonces mi trabajo fue tratar de no perder esa musicalidad que tenía que tener porque tiene mucho diálogo. Las veces que se cambió fue porque se encontraron cosas superadoras. Siempre hay apertura para improvisar y cambiar. Pero, si se cambia, se cambia. Se vuelve a escribir la escena a la noche o durante los ensayos. Hubo mucha reescritura en rodaje, mucha improvisación, mucha separata, que es el nombre que se le da a la escena reescrita que ya no tenés tiempo de meter en el guion y la entregás suelta. Hubo juego.

 

Desde hace muchos años sos maestro de guionistas y directores. ¿Cómo ves la evolución de los guiones en el cine nacional?

Creciendo. Creo que estamos mejorando. Además de dar clases a generaciones nuevas, tengo hace muchos años un grupo que coordino y al que asisten colegas, gente que tiene películas hechas y con la que somos pares. Ahí no estoy en situación de enseñar. Creo que estamos mejorando, pero falta mucho. Es como si a la industria le costara aceptar que hay una obra preexistente a la película. Entonces el guionista o la guionista no tienen ni el reconocimiento ni el dinero como para que escribir sea un trabajo del que pueden vivir hasta que se haga la película. Después cuando se hace la película sí, pero mientras tanto tienen que apostar y eso genera situaciones en las que tienen que escribir cuando terminaron su trabajo, el que les da de comer. Ahí se pierde profesionalidad, calidad, y me parece que es bueno empezar a tomar conciencia de que el guion no es una guía para filmar. No es algo que el escritor o la escritora bajan a papel de la alta cabeza de un director o productor. Escribir es escribir, y el guion debe ser una obra en sí misma.

 

¿Cómo entendés a ese guion que ya es obra?

Cuando uno lo lee debería tener toda la experiencia viva de haberse conectado con la cosa. La película es otra cosa, es una interpretación. A mí me gustan los guiones en los que me pasa todo lo que me tiene que pasar y después podría haber película o no. La obra de alguna manera ya la vivencié. Para llegar a estos lugares es necesario mucho trabajo, mucha disciplina de parte nuestra y un poco más de conciencia sobre lo que es el guion. Primero hubo alguien que estaba solo y luchó a partir de la nada para construir una estructura emocional; luego hay un equipo que hizo otra obra en conjunto. Cuando el guion empiece a ser considerado y respetado como obra, entonces la calidad de los guiones crecerá también, y con ello las películas. Ahora es un momento complicadísimo porque hay una especie de retroceso. Vivimos en tiempos donde la idea que tienen los que gobiernan sobre lo que está bueno que se haga y lo que no es necesario que se haga ha cambiado mucho. Hay un poco de retracción, de reducción de los espacios, así que vamos a tener que encontrar la forma de seguir como sea, porque si tenemos la urgencia nos vamos a expresar, no nos va a parar nadie.

 

¿Pensás que guiones de más calidad llevarían más público a ver cine argentino?

Sin dudas. Un poco se está haciendo porque hay apoyos para desarrollo y concursos para guionistas. Si ganás te dan un dinero para que vivas mientras escribís. Me parecen fundamentales, ojalá que sigan. Mientras más se apoye a los escritores y escritoras, más altos vamos a estar en dramaturgia y, por ende, en cine.

 

¿Estás trabajando en algún proyecto?

Sí, estoy escribiendo mi próxima película con muchas ganas.

 

¿Podés adelantar de qué se trata?

No, porque todavía no la entiendo. Escribo para saber de qué se trata. Me encantaría poder contarlo, pero todavía estoy en ese maravilloso momento en el que no sé bien qué estoy haciendo. Quiero disfrutar y postergar lo máximo posible la parte intelectual porque después se me hace más difícil seguir. Ahora todavía me levanto a la mañana para escribir y enterarme yo.

 

¿Qué esperás del estreno?

Quiero contarle al público que vamos a ofrecerle una historia de amigos: un hombre que cruza medio planeta para tratar de encontrar un amigo que hace 70 años hizo algo muy importante por él. Es como la fantasía universal de volver al pasado para recuperar algo que quedó ahí. Es una película para emocionarse, pero también para reírse. Y es muy importante que traten de verla la primera semana así hay una segunda.

 

El último traje

De Pablo Solarz

2018 / España - Argentina / 92’

Estreno: 25 de enero (Buena Vista)