Pasando el arcoíris, detrás de los Andes

El 3 de diciembre se estrenó en Berlín La danza de la realidad, de Alejandro Jodorowsky. Gurú y artista internacional, amado y resistido en dosis semejantes, el director chileno estuvo presente en el estreno –al igual que nuestra cronista– y habló más de una hora con el público. Más allá del fanatismo místico, surgieron una pregunta histórica palpable y una definición del cine como arte performático.

Jodorowsky nos cuenta su infancia en clave de un realismo mágico muy personal. Una narrativa más cercana a la alegoría mística que a la ironía literaria del siglo XX y, sin embargo, con una gran fuerza política. En La danza de la realidad, el reprimido Alejandrito debe forcejear constantemente por el amor de su familia y contra los cánones de la clase media inmigrante latinoamericana. El pueblo en el que suceden los hechos es el mismo Tocopilla donde el director vivió de niño, y quien interpreta al padre de Jodorowsky es nada menos que su hijo Brontis. En un gesto performático que supera la ficción, la familia de ahora actualiza a la de antes, así como los nietos de quienes vivieron con Jodorowsky en el pueblo interpretan a sus abuelos. La historia se pliega en sí misma y, frente a la doble silueta del presente que interpreta el pasado, se nos aparece una forma nueva.

Pasando las bandas de colores y el latinoamericanismo ingenuo, al otro lado del arcoíris y los Andes, renacen condensadas varias décadas de un país herido. Angosta, puntiaguda, todavía con las venas abiertas, la realidad cinematográfica danza por la historia de Chile. El gobierno de Ibáñez, la alianza del PC chileno con el nazismo, la tortura dictatorial: el padre del protagonista vive todas estas situaciones, y nos muestra que la constelación familiar de Jodorowsky supera los lazos entre hijo y padre y se extiende hasta la Patria. Los pobres que no logran unirse a la sociedad, los restos humanos de la minería, el pueblo de Tocopilla, todos son miembros amputados que reclaman atención. Según el director, La danza de la realidad es un gran acto psicomágico, un acto-ritual de curación de los lazos entre él, sus antepasados y sus sucesores. Creo que también es una catarsis política y un deseo de sanación histórica.

Durante su visita a Berlín, el director criticó los films en 3D y dijo que la gente debería mirarlos de espaldas a la pantalla y sin pantalones. Sin embargo, de alguna manera, la propuesta pragmática de su última obra es también un deseo de tridimensionalidad, de utilización de la película como herramienta extradiegética. Y si bien es larga la historia de las películas que articulan una mirada crítica sobre el espectador, podemos decir que la propuesta aquí ofrece algo diferente, quizás por su carácter “interdisciplinario” (cine + psicomagia). Lo mismo sucede, por ejemplo, en las películas en las que Slavoj Zizek aparece hablando en la sala oscura: no son simplemente films, ni clases de Filosofía; el discurso es diferente, los instrumentos narrativos cinematográficos buscan un contacto no mediado con el espectador. El humor, la mirada a cámara y la escenificación teatral ayudan a esta situación. Como en Le Film est déjà comencé? (¿Ya ha empezado la película?, Maurice Lemaitre, 1951), se hace palpable la idea vanguardista de un cine que se hace del público. En este caso, el resultado es una anomalía muy interesante. Un film que tira de la realidad, para explicar como ningún otro el mundo allá afuera.