Pecado y redención

Los hermanos Dardenne abordan las mismas problemáticas que acompañaron toda su filmografía, sin que su cine pierda interés película a película. La chica sin nombre reafirma una visión feminista y proletaria.

Pecado, culpa y redención. La historia de Jenny Devin son tres actos en los que una joven profesional en ascenso tornará de médica a investigadora obsesionada. Nada sabemos de su pasado y es bien poco lo que sabemos de su presente, salvo su rutina diaria, que nos es mostrada con la tozudez con que ella mueve cielo y tierra para encontrar un nombre, nada más (ni nada menos). Pero en ese nombre se juega la redención. Luego de quebrar el juramento hipocrático, la renuncia a un puesto de mayor jerarquía no le alcanza a Jenny para expiar su culpa. Entonces, como un personaje digno de Lars Von Trier, sale en busca de la redención poniendo en riesgo su vida, hasta las últimas consecuencias.

La cámara opresiva, con el encuadre cerrado y lente normal, es no solo una elección técnica sino la continuidad, película a película, de una idea: la soledad del individuo. En estos encuadres entran a lo sumo dos personas, e incluso el espacio es apenas el fondo obligatorio donde existe el personaje. Pero, lejos de ser un artilugio vacío con pretensión de marca autoral, ratifica la problemática común a toda la filmografía de los hermanos directores: el individuo contra la sociedad. Esa sociedad está conformada por personas, pero todas ellas representan alguna institución o grupo humano: la policía, la familia, los inmigrantes, los delincuentes. Fuera del protagonista, los demás personajes existen solo en su rol, todos son parábola y arquetipo.

Y no podría ser de otra manera, dado que el punto de vista es exclusivamente el de la protagonista; vemos lo que ella ve, manejamos la misma información, fuera de ella no hay historia. Eso le carga la total responsabilidad del relato, pero no del sentido. Así como Dos días y una noche escondía bajo ese periplo personal por conservar el trabajo la falta de solidaridad entre compañeros y, a nivel macro, la creciente crisis económica francesa que deviene en flexibilidad laboral, este film habla, principalmente, sobre la violencia de género. No es casualidad que una mujer sea la que lucha por darle identidad (también podríamos decir “visibilizar”) a otra mujer, abandonada por el Estado, por la misma Jenny al comienzo (en representación del sistema de salud) y hasta por su propia familia.

El cine de los Dardenne, además, es un cine del trabajo. Alrededor de él se producen los conflictos. Pero el trabajo no está solo visto en su función social y económica, sino el quehacer mismo. Abundan las escenas en las que se describen con detalle los trabajos que realizan los protagonistas. En Rosetta, el jefe muestra incluso cómo levantar los sacos de harina. El mismo actor, Olivier Gourmet, en El hijo le enseña a su aprendiz el oficio de carpintero, y su perfeccionismo llega al paroxismo de medir todo a su alrededor. Todo ello filmado sin cortes, para que nosotros aprendamos con los personajes. La chica sin nombre comienza con el diagnóstico de un paciente por parte de Jenny y su residente. El trabajo define al ser humano, en su presencia y su ausencia. Tanto que el personaje que interpreta Marion Cottillard en Dos días y una noche decide terminar con su vida al perderlo, algo que podemos vincular con la reacción violenta de Rosetta al perder el suyo.

El periplo de Jenny es tan repetitivo como su trabajo. Y la puesta en escena refuerza esa repetición. Todas las situaciones suelen ocurrir varias veces, cada encuentro, cada conflicto. Pero ello no le quita intensidad al relato, pues la protagonista asume cada batalla con fuerza y el ascetismo de un samurái. La doctora renuncia a un status burgués para convertirse en una proletaria cuyo patrón es ella misma. Esa lucha la hace más fuerte. No se amedrenta ante las amenazas y la violencia física de los hombres, incluso las enfrenta; la coraza de este mecanismo es el virtuosismo actoral de Adèle Haenel. Con esto se cierra el círculo de la ideología cristiana que trasunta el film: el camino de pecado, culpa y expiación la entrega a un fin superior y el valor del trabajo. No es menor, en este caso, el significado simbólico de enterrar a la víctima con un nombre, como Dios manda.

Cuando los hermanos Dardenne parecieran estar haciendo una y otra vez la misma película, en verdad logran encontrar nuevas maneras de seguir diciendo lo mismo. En ello radica el interés que produce su cine y lo que genera nuevas expectativas ante cada estreno.

 

La chica sin nombre

La Fille Inconnue

DeJean-Pierrey Luc Dardenne

2016 / Bélgica - Francia / 113’

Estreno: 9 de marzo (Distribution Company)