Perdidos en el doblaje

¿Y por casa cómo andamos? En las salas argentinas, el triunfo del doblaje en películas destinadas no solo a niños ya es definitivo.

Nota principal: Adiós al idioma.

Hace apenas tres años, en una esclarecedora nota titulada “Los adolescentes las prefieren dobladas”, Javier Porta Fouz aportaba un dato para ese entonces revelador: las copias dobladas (88) con las que se había estrenado Amanecer, parte 1 superaban a las subtituladas (66). Ese avance del doblaje que para diciembre de 2011 era una sorpresa y hacía encender las señales de alarma hoy ya no escandaliza a casi nadie, y es directamente definitivo: tanto que el score puede dar 180 a 0. Basta repasar el estreno de Lego: la película, que con esa cantidad de copias invadió, el febrero pasado, los cines del país, en ninguno de los cuales se pudieron escuchar las voces de Jonah Hill, Morgan Freeman o Will Ferrell, a pesar de que esta no era una película “solo para niños”. Lo mismo pasó con las 133 copias de Muppets 2: los más buscados, en la que las voces de Tina Fey o Ricky Gervais fueron mutiladas para el aparente deleite (o indiferencia) de las masas que hoy desbordan los cines. (Hoy el triunfo del doblaje es tan abrumador que ni siquiera se ven “campañas de resistencia” en redes sociales como la que se hizo con la anterior entrega de Los Muppets, que motivó a que lo que inicialmente iba a ser un estreno únicamente en latino neutro pudiera finalmente tener algunas copias subtituladas, en ciertos cines de zonas más “urbanas”, siempre en horario nocturno). Lo paradójico es que esto se da al mismo tiempo en que gana terreno la distribución en copias digitales, proceso que reduce prácticamente a cero tanto el costo como el grado de dificultad de estrenar en simultáneo películas dobladas y con subtítulos.

Como siempre en este tipo de complejos debates culturales, surge la pregunta: ¿la “culpa” la tiene el público o los distribuidores y exhibidores? Los segundos simplemente alegarán que esto es lo que los primeros desean, y que no hay más que revisar las ventas de una y otra opción para ver cuál es la que mayor demanda tiene. Pero en cuestiones de consumo cultural, citando un célebre pasaje de Las guerras del cine, de Jonathan Rosenbaum, sucede lo mismo que con las drogas: el producto crea la demanda. Años de políticas comerciales, lanzadas desde distintas pantallas, hacen lo suyo al moldear paulatinamente las costumbres. Y la costumbre es todo. Seguramente la televisión, en ese proceso, es clave: hoy la mayoría de las señales de cable doblan las películas, por lo cual sería lógico que a cualquier adolescente le resulte más cómodo no tener que leer subtítulos. Los bachilleres de hoy, nativos digitales, ya no leen libros, se repite como un mantra. Aun así, ¿no es que con Internet, Whatsapp y las mil pantallas que manejan y leen en cada instante de sus vidas, a una mayor velocidad que aquella con la que nosotros podemos hacerlo, están más familiarizados que nunca con la lectura, e incluso con el inglés?

Algunos toleran el doblaje con el argumento de que sin los subtítulos se puede apreciar una mayor “información visual” de la pantalla; otros directamente hablamos de derrota cultural. La cuestión es que a los ¿nostálgicos? del subtitulado no nos están dejando ni siquiera la opción de trasnoche de un viernes.