Por un puñado de dólares

Una manera fácil y expeditiva de resumir la Selección Oficial de la reciente edición del Festival de Cannes sería la siguiente: los buenos no estuvieron en su mejor momento, los malos hicieron lo de siempre (y, en algunos casos, lo hicieron peor), y los nuevos no aparecieron o lo hicieron de manera muy tímida. Y también, claro, estuvo Godard. El problema comienza cuando hay que decidirse por quiénes son los buenos y quiénes los malos.

Apertura

El cine actual, al menos a través del prisma de Cannes, parece ser una mezcla extraña de películas que poco tienen que agregar, más allá de un paso extra en la carrera de sus realizadores. Cannes se transformó en un evento tan necesitado de grandeza y estrellas que, en esta búsqueda, terminó sacrificando el cine. O, mejor dicho, más que grandeza, lo que sufre el festival es elefantiasis. Quizás sea esta la explicación de incluir ciertos títulos en la Selección Oficial del festival (probablemente) más importante del mundo,aunque su importancia pasa hoy en día por hechos extracinematográficos.

La selección de Grace de Mónaco (un canto de amor a un glamour ya perdido) como película de apertura demostraba algo concreto: lo que venía a continuación poco iba a tener que ver con el cine, y mucho con una idea perimida sobre el estado actual de las cosas. Y no solo del cine.

 

Los buenos

Proyectada en un horario atípico y con una sola pasada oficial (argumentando como excusa su duración superior a las tres horas), WinterSleep, del turco NuriBilgeCeylan, se terminaría llevando la Palma de Oro. Si bien algunas constantes de la obra del autor se repiten –los personajes perdidos en tremendos paisajes, la historia del país atravesando las historias personales, las increíbles imágenes que logra el director de fotografía GökhanTiyaki–, hay algo en la forma elegida por el director que hace que la película funcione por escenas independientes. Como si se tratara de un libro de relatos separados, pero con los mismos protagonistas. O quizás sea, simplemente, el peso y la sombra de la película anterior de su director, esa obra maestra llamada Once Upon a Time in Anatolia.

Desde la consagración que el festival les brindó con la premiación a Rosetta (en una mítica edición cuyo jurado estuvo presidido por David Cronenberg), los hermanos Dardenne juegan de locales en Cannes. También es cierto que aquella película los transformó, quizás demasiado rápido, en autores tan consagrados como imitados. El estilo cinematográfico de los belgas, esa mezcla entre dramas sociales filmados como si se tratara de documentales que registran los hechos con la velocidad y el vértigo de una película de suspenso, se transformó en una fórmula copiada hasta el hartazgo, de la cual ni ellos mismos pudieron (o supieron) escapar. Con Deux jours, une nuit ocurre algo de esto. La presencia de Marion Cotillard como una sufrida heroína de la clase trabajadora no hace más que sumar un problema. No se trata de que la (bellísima) actriz esté mal en su papel, sino que su presencia suena a un extraño recurso al cual los Dardenne apelan para agregar una variación a la fórmula. La presencia de una estrella (y Cotillard es un trésornational de Francia) le termina de agregar un plus, un brillo de novedad; todos estos son elementos que los hermanos cineastas no necesitan, pero Cannessí. La película cuenta la carrera contra reloj del personaje protagónico para convencer a sus compañeros de trabajo de rechazar un bonus salarial y, a cambio de esto, que ella pueda mantener su puesto. El malvado capitalismo contra la abnegada –pero no tan solitaria– heroína. El final (que no contaremos), valiéndose de un inesperado giro en el que la protagonista demostrará su superioridad moral ante sus empleadores, traerá un falso alivio. Los Dardenne, muchos años después de Rosetta, afirman que no todo está tan mal si uno no pierde sus principios y tiene una familia que lo contenga. Ellos mismos son un ejemplo de cómo unos cineastas trabajadores terminaron ganando en Cannes (¡dos veces!) y codeándose con estrellas de Hollywood. El cine, una vez más, demuestra que, ante temas como el trabajo y el dinero, es poco lo que tiene para decir, y lo que dice nunca suena honesto. El gran, y finado, director y guionista Dan O’Bannon hacía que uno de los protagonistas de El retorno de los muertos vivos preguntara: “Pero ¿acaso las películas mienten?”. La respuesta está soplando en las playas de la Costa Azul.

MapstotheStarses, lamentablemente, un tanto decepcionante. Pero, al tratarse de un autor mayor como David Cronenberg, estaría bien esperar a volver a verla, ya alejados de las ansiedades festivaleras, para tener un veredicto final. Hay poco en esta película del universo personal del autor (y este, quizás, es uno de sus mayores problemas), y bastante del guionista Bruce Evans. Un mundo poblado por famosos, estrellas de la farándula hollywoodense, a los cuales la película les dedica una carta de odio, pero sin un destinatario concreto. En un momento de su trama, uno de los personajes dice tener la idea para un guion que gira en torno al incesto, aludiendo que se trata de un tema “de onda” en este momento. Dentro de la historia esto funciona como un guiño a su propia narrativa. El problema es que el Festival de Cannes parece tener especial predilección por este tipo de obras que tratan temas, por decirlo de alguna manera, fuertes. Cualquier film que contenga en su trama violaciones, incestos, abusos sexuales e imágenes de bebes muertos parece tener un lugar asegurado dentro de alguna sección del festival. El crítico Serge Daney decía que el cine ocupa el lugar del padre, que tanto puede protegernos, cuidarnos y educarnos como hacernos sufrir. El lugar en el que Thierry Frémaux se ubica al elegir estas películas (y a las cuales MapstotheStars denuncia fallidamente) es el de un padre cruel, que permite que los directores nos maltraten.

Los malos

Hubo dos títulos que marcaron lo más bajo de la edición del festival. El primero, en orden de aparición, fue TheCaptive, de AtomEgoyan. El canadiense, de quien algunos sostienen que su último buen título fue El dulce porvenir (1997), vuelve aquí a sus escenarios fríos, habitados por personajes emocionalmente rotos. La historia cuenta las desventuras de una familia cuya hija cae en manos de una banda de pedófilos y la de un grupo de policías especialistas en estos casos. La forma de narrar que elige el director está plagada de giros de guion que, a medida que la película avanza, se vuelven más y más ridículos, hasta el punto de crear unos súper villanos que rozan la parodia. En un país en el que Daney (perdón por volver a citar a este crítico) supo utilizar la palabra “abyección” para referirse a la falta de respeto de los directores a la hora de tratar ciertos temas y su correlación cinematográfica, haber programado este título suena como una cachetada a una tradición.

TheSearch, de Michel Hazanavicius,trata sobre la situación política en Chechenia y está protagonizada por la esposa del director, la bellísima actriz BéréniceBejo. Superando incluso a Egoyan, Hazanavicius mezcla un tema “importante” y con “trasfondo social e histórico” para realizar un disparate cinematográfico tan manipulador y nulo que nadie fue capaz de defender. Después de ganar el Oscar con El artista (título estrenado y festejado en Cannes), su director se transformó rápidamente en una figura del cine francés. Su inclusión en la competencia parecía casi obligatoria, inclusive antes de ver la calidad de la película. Un gesto político que terminó perjudicando a todos, especialmente a los espectadores. Si existe un Dios del cine, la segunda parte de El artista debería estrenarse directo en video, y el apellido Hazanavicius tendría que ser olvidado rápidamente.

Naomi Kawase viene repitiéndose desde hace varias películas atrás. StillWater acentúa esto y termina de cerrar un camino –o parecehacerlo–. Ver esta, su nueva película, es como asistir a una versión degradada de su cine (la calidad visual de la película es muy pobre, y por momentos sus imágenes se ven como registradas por cámaras de video de muy baja calidad). Pero no es este el mayor problema:el universo de Kawase parece haberse teñido ahora de una patina religiosa newage que cubre todo y lo termina transformando en un institucional de las prédicas actuales de su realizadora. StillWater es el tipo de película que nos hace preguntarnos, en retrospectiva, sobre el verdadero valor de las obras previas de su directora.

Los feos

Al contrario de lo que debería indicar su nacionalidad, el Delegado General del Festival y único responsable artístico, Thierry Frémaux, tiene una marcada debilidad y preferencia por el cine inglés. El enfrentamiento entre ambos países es histórico, basta repasar los libros de historia; en cuanto al cine, el responsable de la polémica (como siempre) es Godard, quien en una famosa boutade declaró la inutilidad del cine salido de esas tierras.

Los dos directores ingleses presentes en la competencia, Mike Leigh y Ken Loach, marcan récords de participaciones en Cannes, y ambos son previos ganadores del festival. Ken Loach, conJimmy’s Hall, ocupaba por onceava vez un lugar en la competencia. Su película no despertó mayor entusiasmo, y se trata sin dudas de otra muestra más de agotamiento en la obra de su autor. La trama de la película parece una relectura en clave historia, social y política de Footloose (diría su versión trotskista, pero ya la película protagonizada por Kevin Bacon lo era, al menos a su norteamericana manera). Mike Leigh, por su lado, realizó un biopic (el enésimo en el festival) sobre el pintor J. M. W. Turner. Mr. Turnerestá apoyada en las actuaciones de sus protagonistas, especialmente en Timothy Spall–quien interpreta al pintor del título–, en el trabajo de fotografía de Dick Pope –que remite, obviamente, a los cuadros del pintor–, y en una remarcada ética del artista como trabajador. En ambos casos se trata de películas impecables desde sus rubros técnicos y artísticos. Academicismo puro;obras orgullosas y confiadas de sí mismas y de su manera de entender el cine y su realización. Esta es la idea del cine que tienen, y defienden, Frémaux y el Festival de Cannes.

 

Los lindos

Los franceses estuvieron presentes con dos películas (dejemos de lado la de Michel Hazanavicius; su pertenencia es a un país donde habita el cine malo). Olivier Assayas empezó su carrera como crítico de la CahiersduCinéma, y desde ese lugar descubrió el cine de Hong Kong a los occidentales; más tarde, como indica la tradición, se pasó del otro lado de la cámara y dirigió varias películas, y (quizás su mayor logro) fue pareja de la actriz MaggieCheung. Su nombre, más allá de las preferencias, representa como pocos el cine francés actual, al menos para el resto del mundo. De ahí que en sus películas suelan aparecer estrellas de otras latitudes. En SilsMaria, Juliette Binoche interpreta a una actriz famosa que vive un romance con su asistenta (Kristen Stewart). También haciendo de actriz famosa, aparece la joven ChloëGrace Moretz. La película pertenece a un género (el de las películas protagonizadas por actrices) y también funciona como un retrato y homenaje a Binoche; mientras,Assayas muestra con belleza y algo de cariño un mundo de artistas, intelectuales y sofisticado jet set al que ahora parece pertenecer.

Bertrand Bonello es otro de los niños mimados de Cannes. Todas sus películas, con excepción de su ópera prima Quelquechosed’organique (1998), participaron en diferentes secciones del festival. Saint Laurent, biografía del famoso diseñador de modas, sonaba a priori como un proyecto extraño en las manos de un director que no suele darle prioridad a la narrativa en sus obras. Sin embargo, Bonello termina creando una película extraña que, a medida que pasa el tiempo (en la película, pero también después de verla), no deja de crecer. En la segunda parte del film logra conjurar los espíritus de Andy Warhol y Marcel Proust, para contar los últimos días del diseñador. Saint Laurent, la película, demuestra que la verdadera frivolidad está en los negocios, y que la mayor pesadilla a veces puede ser la de los sueños realizados.

Él

Si por algo será recordada esta edición del festival es por el estreno de Adieu au langage, de Jean-Luc Godard. Película en 3D que desde su título se separa no solo de los otros films participantes en el festival, sino también del resto del cine actual. Godard divide el universo cinéfilo en dos, dejando de un lado a quienes lo acusan de viejo snob cascarrabias y, del otro, a sus acérrimos defensores y admiradores. Cannes necesita a Godard, quizás uno de los últimos cineastas de una época de oro de la historia del cine francés que ya parece perdida en los libros sobre cine, y por eso el director aprovecha esta situación para seguir despotricando y polemizando con el estado del cine actual. (Imperdible la videocarta que les envió a Gilles Jacob y a Thierry Frémaux, la cual puede rastrearse por YouTube). Pero también está su cine, una obra única y cada vez más personal, frente a películas que de lo único que pueden hablar es de formas de producción y resultados en la taquilla. Adieu au langage, quizás la película más leve (en el mejor de los sentidos; trataremos de explicarlo en el momento de su estreno local, ya confirmado) de Godard en mucho tiempo, es otra muestra de esto. Otro capítulo en la historia del cine.

 

Los otros

No solo Jauja, de Lisandro Alonso, fue dejada de lado de la Competencia Oficial. Hubo otros grandes títulos que, sin mayores explicaciones, ocuparon lugares periféricos. Aunque esto no sería lo raro, en varios casos se trató de obras mayores que habrían elevado, y mucho, el pobre nivel de la Selección Oficial.

Después de un par de pasos fallidos en el terreno de la ficción, donde su cine se volvió frío, cruel y académico, Sergei Loznitsavuelve al documental y lo hace de una manera sorprendente y demoledora. Maidan cuenta la toma de la plaza del títulopor parte del pueblo, a raíz del descontento con una decisión política tomada por un mandatario de turno. A partir de este hecho, Loznitsa registra el paso de los días, en los cuales las cosas pasan a ponerse de mal en peor. Y lo hace transformando a la multitud en héroe y protagonista (viejo sueño del cine ruso) y devolviéndole toda su fuerza y pertinencia al cine de observación (genero despreciado últimamente por los festivales de cine). Los planos de la película van de la tensión a la calma, y terminan emocionando a través de la angustia que nos genera haber sido testigos de lo ocurrido. Una obra mayor que terminó destinada a un lugar alejado de la alfombra roja. Quizás, para su próximo documental, el bielorruso debería pensar en buscar como productor a George Clooney, Angelina Jolie u otra estrella hollywoodense con conciencia social. Pero mejor no.

Li’lQuinquines una serie televisiva realizada por Bruno Dumont para el canal Arte. Es, también, la primera obra de su realizador en la que a su oscura visión del mundo le agrega toques de comedia, demoledoramente efectivos. Un pueblo pequeño, unos protagonistas inolvidables y una serie de crímenes tan extraños como metafísicos son los pocos elementos que utiliza Dumont para lograr algunos de los mejores momentos vistos en todo el festival.

Los nuestros

Nunca deja de sorprenderme el nacionalismo que suelen despertar los logros en los terrenos artísticos (por definirlos de alguna manera). La inclusión de cuatro títulos argentinos en diferentes secciones del festival despertó esa pasión siempre latente que nos hace hinchar por cada triunfo argentino y por cada representante local,ya sea en la posibilidad de ganar un premio Nobel o en el campeonato de ping-pong con obstáculos. De repente me paseo por el mercado del festival (el famoso MarchéduFilm) y descubro que los mexicanos dicen que Jauja es de ellos; lo mismo hacen los brasileños con El ardor y los españoles con Relatos salvajes. La nacionalidad y el nacionalismo reducidos a una cuestión de coproducciones. Es muy tentador, y fácil, criticar estas actitudes. Sin embargo, su respuesta y justificación se encuentran en tiempos pasados. El concepto de festival de cine fue creado en Italia, con el Festival de Venecia, cuando la persona que regía el destino de esa patria era un tal Benito Mussolini. Ese pasado oscuro parece justificar las actitudes de personas (incluso críticos) que se alegran por el éxito (mayormente económico) de películas que, en el mejor de los casos, serán olvidadas rápidamente. Y no hablo solamente de mis compatriotas argentinos. La cercanía del Mundial de fútbol, me consuelo, también debe tener algo que ver con esto.

Con Jauja, Lisandro Alonso demostró el talento suficiente para escapar de varias constantes de sus obras previas, y hacer crecer su cine de una manera sorprendente y fantástica. A pesar de haber sido relegado a una sección como Un CertainRegard, el reconocimiento crítico fue inmediato, y finalmente terminaría cosechando el único premio para la Argentina, entregado por la asociación de críticos FIPRESCI.

Con Relatos salvajes, Damián Szifrón también realiza un cambio en relación con su obra anterior (en cine y en televisión). Sus universos previos, siempre plagados de héroes pequeños y solidarios (u ocultos, en el caso de Los simuladores), esta vez dejan paso a un mundo (una Argentina, mejor dicho) plagado de violencia, odio, resentimiento y deseos de venganza. Una película que apuesta, y por momentos parece celebrar, una misantropía muy acorde con varios de los otros títulos en competencia. Habrá que esperar al estreno para volver a ella y tratar de descubrir cuáles fueron los motivos para que nuestro Spielberg local se terminara transformando en un inesperado discípulo de Robert Altman.

Con sus dos películas anteriores (El asaltante yLa sangre brota), pero sobretodo con la primera, Pablo Fendrik había dejado en claro que poseía un talento para una puesta en escena rigurosa que acompañaba historias siempre al borde del estallido de alguna forma de violencia. Con El ardor no ocurre lo mismo. Es un film que en sus mezclas (de países productores, de actores de diferentes procedencias –y no solo geográficas–, de géneros) nunca termina de encontrar un estilo ni una forma propia.

Lamentablemente, por problemas de agenda, no pude ver Refugiado, de Diego Lerman.

 

Clausura

El Palmarés, finalmente, fue bastante justo. Después de todo, un jurado trabaja sobre una selección de títulos en la cual previamente no tuvo nada que ver. Ninguno de los títulos vergonzosos de la competencia se alzó con alguno de los premios. Hasta una película como Mommy, de Xavier Dolan, quizás la peor de su autor, encontró su sentido dentro del resto del line-up. Con la Palma de Oro entregada a Ceylan se repara un error histórico (Once Upon a Time in Anatolia solo había recibido el premio a la dirección) y se termina de consagrar a su director como uno de los maestros del cine actual;tarea esta emprendida por el Festival de Cannes hace años y que ahora, finalmente, se concreta. El premio ex-aequo entre Dolan y Godard, destinado a señalar un futuro y un pasado del cine (el director más joven y el mas viejo), terminó funcionando más como un gesto innecesario y un tanto obvio del jurado. En el rubro de las actrices estuvo la mayor sorpresa, ya que tanto Marion Cotillardcomo Juliette Binoche parecían estar más cerca del premio que finalmente se llevóJulianne Moore, por un personaje que ni siquiera es protagonista de su película. Entre los actores se premió, naturalmente, a la obviedad. El concepto de actuación que parece predominar el gusto general está basado en la falsedad y el grotesco. La actuación de Timothy Spall en la película de Mike Leigh, de tan exagerada, roza la parodia. Ante esto, poco tenía que hacer el joven y bello GaspardUlliel, quien, para colmo, interpretaba a un ícono de la moda como Yves Saint Laurent. Entre la belleza y la sordidez, los jurados no suelen dudar mucho. Algo similar suele pasar con los críticos.

Con el festival ya comenzado, se informó que la película de clausura sería Por un puñado de dólares (frase que, por otro lado, define perfectamente al festival). La película había sido anunciada previamente en las proyecciones al aire libre del Cinémade la Plage (hermoso lugar donde se pueden ver películas en la playa, a la luz de las estrellas). El plus iba a ser la presentación de Quentin Tarantino (quien se encontraba en el festival celebrando los 20 años de Pulp Fiction) de la obra maestra de Sergio Leone. La proyección de una película de Leone, cualquiera de ellas, es indiscutible. Sin embargo, dentro del marco del festival, fue un gesto extraño. Es como si el festival se hubiera quedado sin películas actuales de peso para exhibir, y por eso hubiera tenido que recurrir a la historia del cine. Bien pensado, no está mal. Y termina de confirmar algo que se desprende de la selección general de películas de toda esta edición de Cannes: para Thierry Frémaux, aunquese trate de películas actuales, todo tiempo pasado fue mejor.