Potencia que tracciona

En este breve y lúcido ensayo, el filósofo francés Jacques Ranciere reflexiona sobre los poderes de la figuración y el arte de volver visible los hechos del pasado.
Imagen de Videogramas de una revolución

“Después de Auschwitz, para mostrar Auschwitz, sólo el arte es posible, porque siempre es lo presente de una ausencia, porque su trabajo mismo es el de dar a ver algo invisible, a través de la potencia regulada de las palabras y las imágenes, porque es, entonces, lo único capaz de volver sensible lo inhumano”, dice Jacques Ranciére en el capítulo “Frente a la desaparición” del flamante libro Figuras de la historia. La frase, que invierte el apotegma adornianosegún el cual se decretaba la imposibilidad del arte luego del horror de los campos de concentración, describe la dimensión fáctica del cine, esa cualidad ontológica del esto ha sido que sólo el dispositivo fotográfico posee, la capacidad de hacer volver presente un pasado inscripto en el ojo maquínico de la cámara. Sin embargo, frente a ciertos hechos no basta con hacer uso del poder de registro del cine, parece decirnos el filósofo francés. Por eso está interesado en analizar la forma en que el film de Claude Lanzmann, Shoah, representa la aniquilación, porque allí se conjugan“una tesis sobre la historia y una tesis sobre el arte”, dado que al incluir únicamente la narración oral de los hechos por parte de las víctimas, su director “no representó ningún espectáculo de horror, hizo que los testigos directos reprodujeran ciertos gestos que marcan, precisamente, el devenir inhumano de lo humano”. Y esa distancia crítica, esa capacidad de reflexionar lúcidamente sobre las grietas de una época, no se logra solamente recurriendo a cierta depuración del lenguaje cinematográfico, sino que puede lograrse también llevándolo hasta su extenuación, como observa Ranciere que sucede con el film Videogramas de una revolución de Farocki y Ujica. En ese documental –construido a partir de grabaciones caseras y de registros de la televisión rumana-el cine hace historia construyendo un inventario de sus propios medios de fabricar la historia. Allí los sucesos pierden su carácter estático, “el cine no se limita a registrar el acontecimiento  histórico, sino que crea ese acontecimiento. Agreguemos que si lo crea es tal vez en virtud de su propio poder de volver histórica cualquier aparición detrás de una ventana”. Los textos presentes en este volumen, que fueron realizados especialmente para la exposición “Ante la historia” organizada en 1996 en el Centro Georges Pompidou, abordan el problema de la representación histórica en el cine y en las artes visuales. Allí se ensaya sobre las diversas maneras de “tematizar” el tiempo histórico en el arte: la historia como colección de ejemplos, como recorte del mundo sensible, como memoria edificante, como potencia que tracciona, que une y desune, que entrelaza hechos.