Psicópatas americanos

Con bravura, velocidad y humor, Scorsese le rehúye a la canonización al adaptar una feroz historia de ascenso y caída, protagonizada y conducida –cuándo no– por su blondo partenaire y obvio candidato al Oscar Leonardo DiCaprio.

Nota publicada en el #144 de Haciendo Cine.

Manny (y Marty)

La (genial e histórica) crítica que Manny Farber escribió, en colaboración con Patricia Patterson, sobre Taxi Driver (1976) empezaba diciendo, y disculpen la torpe traducción, lo siguiente: “Taxi Driver tiene un montón de aspectos negativos, pero sería tonto negar su barroquismo visual y a ese actor de primera clase que es Robert De Niro”. El título de aquella crítica fue “El poder y la gloria”. Hoy, tantos años después, cambiando el nombre de De Niro por el de DiCaprio, este texto podría titularse “El poder y el fracaso” y empezar exactamente de la misma manera. Pero mejor dejar aquí (no intentar copiar) al gran Farber y seguir con Scorsese, el viejo lobo de Hollywood, y su nueva historia de ascenso y caída; pero, esta vez, sin ningún tipo de redención. Jordan Belfort, el protagonista real de la historia que se cuenta en El lobo de Wall Street, no tiene entre sus tantas adicciones la de la religión católica. Ni tampoco, al parecer y a diferencia de la mayoría de los personajes del director ítaloamericano, ningún tipo de sentimiento de culpa. Pero no nos adelantemos.

Jordan

El lobo de Wall Streetfue primero un libro. Un libro en el cual su autor, Jordan Belfort, contaba la historia (verídica) de su vida y de sus humildes comienzos, que luego lo llevarían a transformarse en el lobo del título. El libro y sus más de 500 páginas son una experiencia extraña. Es –en principio– otra historia más de esa época en la que un grupo de humanos, sin hacer o producir nada, se transformaron en los masters of the universe; personas que durante un tiempo lograron dominar el mundo (al menos el económico) y que, en algunos casos gracias al cine, se transformaron en celebridades (recordar Wall Street, de Oliver Stone, y su héroe/villano Gordon Gekko, cuyo espíritu es invocado en El lobo...). Lo que diferenciaba a Belfort de ese grupo de stockbrokers –entre otras cosas– era su origen humilde y, al leer el libro y al ver la película, también su inagotable ambición; no de poder, sino de tener (y producir) dinero, ante todo y todos. Pero no se trata de la típica historia sobre la búsqueda del sueño americano; lo que cuenta Belfort es una pesadilla privada, un cuento (a)moral, sin moralejas a la vista.
Es mucha la literatura y el cine que generaron estos personajes a través de diferentes épocas. Desde los héroes literarios de Bret Easton Ellis (principalmente Patrick “psicópata americano” Bateman) y Jay McInerney (la malograda adaptación que James Bridge realizó de la novela Bright Lights, Big City en 1988) hasta la ya mencionada película de Stone o la más reciente Margin Call (2011), de J.C. Chandor. La historia de Belfort, incluso, fue el punto de partida de la olvidada Boiler Room (2000), de Ben Younger. Como ocurrió con los mafiosos de El padrino y con los mafiosos reales, habría que ver dónde empieza la fantasía y dónde la realidad, o mejor, ver hasta dónde la ficción termina influyendo en la realidad y viceversa.

Marty

Scorsese desde el principio deja en claro sus intereses. A diferencia de lo que suelen hacer los grandes directores con los malos libros (y el de Belfort lo es, aunque por momentos es muy entretenido), Marty elige hacer algo muy arriesgado: creerle a su protagonista y darle la voz cantante en la historia. Lo que nosotros vemos, lo que nosotros creemos, es todo lo que nos cuenta Belfort, quien desde la voz en off, e incluso mirando a cámara, nos va narrando (y hasta le va corrigiendo al mismo director) los detalles y pormenores de su vida en el –siempre según la película– orgiástico mundo de las finanzas. O, al menos, de las finanzas entendidas por una persona cuyo apodo es “el Lobo de Wall Street”.

A este mundo somos introducidos por Scorsese a toda velocidad, y con un enano volando por los aires en medio de un más que alocado festejo de la empresa creada y capitaneada por Belfort, la muy aristocrática (aunque solo de nombre) Stratton Oakmont. La acción se detiene, solo parcialmente, para mostrarnos los orígenes de la bestia en una de las mejores escenas de toda la película: aquella en la que Mark Hanna, un mefistofélico y experimentado trabajador de la bolsa interpretado por Matthew McConaughey, le explica a un todavía joven e inocente Belfort los requerimientos para triunfar en el mundo de las finanzas. Estos consejos incluyen drogas, prostitutas, alcohol y masturbación, y funcionan como un prólogo y anuncio de todo lo que está por venir en la película y en la vida de Jordan Belfort. A partir de aquí, el joven entusiasta vendedor se transformará en el animal del título.

La bravura, la velocidad y el humor con los que Scorsese narra esta historia, sin juzgar jamás a su personaje, son los temas que más polémicas desataron en la crítica de Estados Unidos a la hora de su estreno. Se comenta, incluso, que varias escenas fueron cortadas para lograr una clasificación que no arruinara la carrera comercial de la película. A diferencia de lo que ocurría con los protagonistas de Buenos muchachos (título con el que El lobo… se emparenta, pero solo en su forma: basta comparar los finales de cada film para ver la brutal diferencia), enmarcados y justificados por los extraños códigos de la mafia, aquí la banda de Belfort no conoce reglas a las que atenerse, o siquiera a las que romper. Es un mundo con un solo fin: conseguir más dinero. A ese mundo le pondrá fin (al menos momentáneamente) un héroe salido de otra película, de otro tiempo y hasta de otro cine (el de los años 50): un agente del FBI interpretado por Kyle Chandler, quien, desde su sola presencia (y su rostro y su forma de actuar), marcará un limite, si no ético, al menos legal a las aventuras del lobo. Aunque, una vez terminada su tarea, él mismo se verá volviendo a su hogar en un triste subte, en una de las escenas más desoladoras y ambiguas de toda la película.

Leo

El centro de El lobo de Wall Street (y casi la razón de su existencia, como también de la continuidad –y de la cantidad de títulos en los últimos años– de la carrera de Scorsese) es Leonardo DiCaprio, quien personifica a su tercer millonario excéntrico luego del racista terrateniente Calvin Candie en Django sin cadenas y el romántico de pasado oscuro Jay Gatsby en El gran Gatsby. Su interpretación de Jordan Belfort (la más física desde ¿A quién ama Gilbert Grape?) es todo lo espectacular y rimbombante como para que en marzo se alce con ese tan extrañamente ansiado premio llamado Oscar. No hay nada de malo en esto, pero, de ocurrir, demostrará que no se trata de su mejor actuación, sino de la más espectacular. Para comprobar esto, basta ver la escena en la que unos quaaludes vencidos hacen su retardado efecto en el momento menos indicado, y Leo se arrastra hasta su auto para encontrarse con el principio de su caída. Con DiCaprio ocurre lo mismo que con Scorsese –con quien el actor ya realizó cinco colaboraciones–: mas allá de las opiniones, son únicos. La clase de actores y directores que el cine comercial (cada vez más empequeñecido) necesita. El cine mainstream, después de tantos años de historia, sigue necesitando de los actores y de su glamour. Como si, más allá de los progresos (o retrocesos, según quién lo mire) digitales, la luz que hace funcionar al cine proviniera única y exclusivamente de sus estrellas.

Marty (y Manny)

En el texto citado al principio, Farber dice que la fuerza y lo mejor de Scorsese provienen de sus orígenes, de saber lo que es ser pobre. Habría que ver qué es lo que queda de aquel joven director de títulos tan personales como Taxi Driver y Calles salvajes. Hoy Scorsese, luego del Oscar por Los infiltrados (una película clase B dentro de su filmografía) y de la pasteurizada y políticamente correctaHugo, es un director canonizado y el que mejor supo adaptarse luego de los excesos de los años 70. El lobo de Wall Street, con toda su bravura e incorrección, parece ir en contra de esa imagen de prócer que el mundo del cine se empeña en adjudicarle. A sus más de 70 años, Marty se comporta como un adolescente enfurecido que necesita demostrarles a los demás lo que es capaz de hacer. Si esto es correcto o si El lobo… se trata de una película buena o mala (empezamos hablando de Manny Farber, y he aquí su mejor enseñanza), no es lo más importante.

 

El lobo de Wall Street

Martin Scorsese

2013 / Estados Unidos / 180 minutos

Diamond Films