Pura sangre

Lo que empezó siendo un corto de éxito festivalero en manos de dos hermanos argentinos creció hasta convertirse en una coproducción internacional con base en España y Canadá, apoyada por Guillermo del Toro, distribuida mundialmente por Universal, y protagonizada por la actriz del momento Jessica Chastain. Cómo es arrancar desde abajo y terminar rompiendo las boleterías del mundo en boca de unos argentinos que conquistaron la meca del cine mundial.
Los Muschietti. Foto: Sebastián Romero. Maquillaje y Pelo: Alma Casal.

“Como la primera película la pagás vos, estamos haciendo publi para poder comer”, arremete en la charla, sin anestesia y con mucha decisión, Bárbara Muschietti, productora del film Mamá, hermana de Andrés (de aquí en adelante “Andy”), su director, el hombre que (ya) es historia. (Es claro: porque detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, dicen, ¿no?) Y así se dispara, sujeto a la lógica del trabajo constante, la curiosa historia de dos argentinos que, desde la Universidad del Cine y para el mundo (eso sí –sigue la globalización- afincados actualmente en Barcelona), conquistaron la meca del cine; ese lugar donde nunca antes un argentino había podido llegar. O, al menos, no del todo. Y de esta manera, el estreno de su primer largometraje, Mamá, en los Estados Unidos, supone un acontecimiento extraordinario: es el primer film de un argentino en lograr ubicarse en el puesto número uno de la taquilla hollywoodense (el antecedente lo tenía Alejandro Agresti con La Casa del Lago, posicionándose cuarta), venciendo, por ejemplo, en la misma semana, a la vuelta a las pantallas del titánico Arnold Schwarzenegger con El último desafío. Todo un hecho histórico que, por si fuera poco, cuenta con el aval directo de Guillermo Del Toro y de la actriz más demandada del momento, Jessica Chastain.

 

¿Cómo llegan a Del Toro o cómo se acerca Del Toro a ustedes?

Andy: Bueno, nosotros hicimos un corto en dosmiloch...

Bárbara: (Interrumpe) ¡Andy es taxi boy! Así se conocieron.

A: En un cuarto oscuro. El Gordo (Del Toro) quería un “final feliz”. (Risas) No, bueno, hicimos un corto llamado Mamá y tuvimos la suerte de estrenarlo en Sitges. Es un festival muy importante. Hace mil años que lo seguía. De hecho, uno de mis primeros cortos, Nostalgia en la mesa 8, estuvo en el festival y lo seguí siempre a la distancia. Con Mamá tuvimos la suerte de estrenarlo ahí y como a Angel Sala, el director del festival, le encantó, lo metió en la noche de apertura antes de Martyrs. Estuvo muy buena la función, la gente se copó mucho. Mamá era un corto sensorial, de planos secuencias, sustos, pero era más fuerte el efecto enigma. Eso significó una plataforma para conocer gente. Conocimos a un agente en Estados Unidos que empezó a difundir el corto con un tratamiento de 20 páginas con la historia de lo que hoy es la película. Al mismo tiempo, le dio el corto a Guillermo. Por otro lado, Del Toro es un tipo que ve muchos cortos. Es que además de ser director es productor. Y de vez en cuando hay alguno que le gusta y va a por ello. Un día, nuestro agente nos llamó y nos dijo: los va a llamar Guillermo Del Toro.

B: Habíamos tenido una semana muy intensa. Era la semana donde habíamos hablado con los (productores Harvey y Bob) Weinstein, con la compañía de Sam Raimi. Ojo, no era particularmente excepcional que llegáramos a esto. Las compañías se nutren así. Buscan en festivales y tal. La cosa milagrosa es que hayamos llegado hasta aquí. Muchas veces el material se queda en el camino. Una vez que nos agarramos de la mano de Guillermo todo fue mejor. Lo genial con él es que nos llamó inmediatamente y nos dijo: miren, hay dos alternativas: “la vamos a hacer en castellano, en España, por dos mangos o en inglés con un poco más de guita. Es cuestión de lo que elijan ustedes”. La decisión nos costó. Creímos que hacerla con guita nos iba a cortar el control. Por suerte, de la manera que lo hicimos, siendo una co-producción española y canadiense, y con Guillermo de la mano, hicimos lo que quisimos. Tuvimos una gran fortuna.

 

Por otro lado, ¿cómo fue laburar juntos entre ustedes siendo hermanos?

A: Ya veníamos laburando juntos. Acá, Barbi soportó el peso de una producción grande.

B: Así quedé…

A: Es que, al ser una coproducción, la cantidad de trámites se multiplican. Bueno, por otro lado, el guión lo escribimos juntos. Somos coguionistas.

 

¿Y humanamente cómo fue?

A: Nos cagamos a piñas. Imaginate, sumale la relación productor-director a la de hermanos.

B: (Risas) No, tenemos una manera de trabajar donde nos entendemos y se hace todo más fácil. Cada uno tiene su territorio. Cuando escribimos, lo tratamos de hacer sin invadirnos. Ya sabemos realmente hasta dónde puede dar cada uno.

A: A veces hay que negociar con los productores y te comés un par de “no”.

B: ¡Mentira! Le di todo. Que la grúa, que la manga, que la oreja, que el culo.

 

¡Los directores son insoportables! ¿Y cuánto tiempo estuvieron en rodaje?

B: Diez semanas con la parte principal, y unos cinco días de refuerzo.

 

¿Y sintieron la presión de laburar en Hollywood?

A: En mi caso, en dirección, sentía una presión mía. Pensaba en la mejor manera de hacer todo, cada escena. Y es un camino a transitar. Vas anclando cosas pero es un trabajo que no termina nunca. Por suerte, lo terminamos. Pero la cabeza sigue y sigue. Incluso, llegamos a momentos donde filmás algo y, cuando lo ves, no te gusta. Hollywood te da la posibilidad, a veces, de volver a filmarlo.

 

¿Rodaron alguna escena de nuevo varias veces?

Sí, la de las nenas llegando a su nueva casa, pisando el jardín, con los perros de fondo. Es un travelling que las sigue a ellas de manera lateral. La primera vez que la filmé estaba todo mal. La luz, los contraluz, el lente abierto, la sensación gráfica la sentía mal. La nena tenía un jogging que era horrible. Entonces, ni bien tuvimos un día más, la filmamos de nuevo. 

La nota completa en el número de marzo, desde el jueves en los kioscos.