Que se vengan los chicos

Una vez más, el terror parece arrugar frente a la materia prima que lo constituye: lo desconocido. Como casi siempre, una maldición, una explicación psicológica o social vienen a estandarizar, potabilizar o domesticar esa potencia fílmica que puede ser el miedo.

La premisa no es mala: cuenta la leyenda que, originariamente, los payasos eran seres que moraban en los bosques congelados de algún lugar como Alaska, con la nariz roja y la piel pálida a causa del frío. ¿Su dieta básica? Niños tiernitos y núbiles. Con el correr del tiempo, la leyenda se desvirtuó hasta llegar a la concepción actual del payaso como bufón o entretenedor de niños.

Pero el pasado siempre vuelve, esta vez en forma de disfraz pedófilo, muy a lo Víctor Salva (director de Jeepers Creepers, pedófilo ex convicto –amarillismo necesario–, especialista en metáforas sobre la pedofilia, siempre con protagonistas púberes bien lampiños). Ahora bien, el caso del cine de Víctor Salva (con el cual El payaso del mal tiene más de un punto en común) aborda el asunto del disfraz que, como en esta película, no es ajeno al terror. Acaso buena parte de la historia del género precisó máscaras y disfraces para construir sus metáforas. El problema es que, cuando la metáfora no logra liberar la ambigüedad, termina convirtiéndose en justificativo o móvil: el monstruo exterior no puede ser otra cosa que el correlato de un monstruo interior. Por eso el disfraz es la estrategia perfecta frente a lo intolerable del mal: un cine que necesita monstruos (figurados y literales) y no personas.

En El payaso del mal, un padre (Kent) tiene que improvisar un disfraz de payaso para la fiestita de cumpleaños de su hijo. En una casa deshabitada encuentra un baúl extraño con un flamante traje y, sin pensarlo dos veces, se lo calza. Pero, al final del día, cuando quiere sacarse la peluca, la ropa y el maquillaje, no puede. La peluca ahora es pelo teñido; el traje está imposible de cortar, sacar, romper; el maquillaje no se puede quitar (otra que el labial de Maybelline a prueba de chapes violentos). Entonces nuestro amigo va al colegio del hijo y al trabajo vestido de payaso, para el escarnio público y de su círculo íntimo.

Pero la imposibilidad de quitarse el disfraz es el menor de todos los males. Dicen que el traje no hace al hombre pero le da figura. En este caso habría que reformular: “El traje hace al hombre y lo desfigura”. El trajecito opera a todo nivel en quien lo vista. Transformación física extrema y mutación psíquica/sexual: el portador del traje se convierte en devorador de pebetes, preferentemente varoncitos. Quizás aquí es donde la película hace un salto de interés mayúsculo que recuerda (por motivos físicos y psíquicos) a la metamorfosis de Brundle en La mosca: dientes que se desprenden, vómitos, pérdida de la humectación facial, ensanchamiento de miembros, cambio de uñas. La transformación es lenta y eficaz; el resultado es aún más inquietante: el disfraz no cubre, sino que descubre una personalidad, como en la película de Cronenberg. ¿La máscara como autodescubrimiento de lo que siempre existió? Veremos.

Lo que El payaso del mal sostiene durante buena parte del tiempo es justamente eso, que el disfraz modifica al hombre, saca a la luz las peores cosas del ser humano, los rincones y deseos más oscuros. Kent empieza a experimentar sensaciones nuevas y trata de reprimirlas, como un niño que descubre con vergüenza su primera erección e intenta ocultarla. Kent idea recursos para no sucumbir ante la tentación, como encerrarse en lugares alejados o maniatarse en un sótano. Pero el deseo ya está instalado y no hay nada que pueda reprimirlo. El traje y la máscara parecen una excusa, entonces.

Hasta acá estábamos bien. El problema viene cuando la película no se banca llevar esa premisa hasta las últimas consecuencias y opta por el camino fácil y tranquilizador: meter un espíritu maligno como responsable de las acciones de Kent. Y, así, exculparlo. El problema no es el hombre transformado por el traje, preso de sus instintos más macabros; el problema ahora es el hombre poseído y, como tal, impune.

No hay peor miedo que el miedo al propio ser humano, a lo que seríamos capaces de hacer, a nuestras zonas más oscuras, a nuestros instintos más salvajes y menos domesticados. No hay fantasma ni demonio ni monstruo equiparables al horror que se esconde en cada uno de nosotros. Volvamos a Víctor Salva, esta vez con Clownhouse. A diferencia de la monstruosidad sobrenatural de Jeepers Creepers, la explicación en la primera venía por el lado de la psiquiatría: los payasos pedófilos eran ex pacientes de un loquero que se habían escapado. Es como si cierta clase de terror tuviera miedo de mostrar a personas sin patologías diagnosticadas (o sin una historia de posesión) cometiendo actos terribles. Siempre hay que mitigar, de una u otra forma.

Ya sea mediante lo sobrenatural (posesiones) o mediante lo racional (discurso psicológico y/o psiquiátrico), la naturaleza perturbadora del terror vuelve a un punto de partida dominable, explicable, estandarizable. Después mucha gente nos pregunta a los amantes del terror por qué esperamos con ansias maravillas como It Follows: porque hay tanto misterio en las miserias inexpugnables de la conducta humana como en el miedo más irracional. Y acaso sea una de las emociones primigenias más hermosas que nos quedan.

 

El payaso del mal

Jon Watts

Estreno: 20 de agosto

2014 / Estados Unidos - Canadá / 100 minutos

Diamond Films