Rubia debilidad

Gabor, el documental de Sebastián Alfie, se proyectó en el Reykjavik International Film Festival. Su director viajó a esas tierras donde llueve horizontal para cubrir el evento para Haciendo Cine, y el resultado es esta crónica sobre las maravillas naturales de la isla, un encuentro con un presidente, la blonda población femenina, la casa (ahora blanca) de Björk, y mucho más (incluso algo de cine).
La casa de Björk.

Cuando Haciendo Cine me pidió que cubriera el International Film Festival de Islandia con los gastos pagados no lo dudé. Era un bocado atractivo para cualquiera que amara el cine, el periodismo y la matanza de ballenas. Y una excusa perfecta para acordarme de retirar mi traje de la tintorería, donde quedó luego del Bloody Mary que que me arrojó en el esternón Oona Chaplin en el ya famoso festejo luego del premio de Málaga (Ver nota del 6/6/2014 en esta misma prestigiosa revista). By the way, Oona, si nos estás leyendo, te perdono lo de la mancha. Lo que me cae fatal es que no me hayas aceptado como amigo en FB.

Sin embargo, mi traje no pudo abandonar el territorio ibérico que tan generosamente me cobija. El ticket para Islandia era en una aerolínea de bajo presupuesto, que cobraba extra por enviar valijas en la bodega. Cuando consulté con Udenio me dijo que mis gastos pagados no incluían ni minibar, ni drogas recreativas ni, mucho menos, maletas extra (y mucho menos con el blue a 14). Así que, a pesar de estar representando a la Argentina y probablemente abriendo rumbos para que los Taretto, los Nardini, los Guerschuny y otros jóvenes de la nueva ola puedan aprovechar la inercia de mi presencia aquí, decidí que si había ceremonia de premios o entrevista a Variety yo solo iría armado con una camisa de Eduardito Sport que me acompaña desde mi más tierna juventud y un sweater Burma que mi abuela me trajo de Punta del Este el año del Mundialito.

En fin, el Reykjavik International Film Festival había seleccionado mi documental Gabor (ya a la venta en DVD edición de lujo) para competir en su sección A Different Tomorrow. Sí, el recorrido de la película me ha permitido viajar bastante por el mundo y había probado las mieles del director viajero, pero nada me había preparado para lo que me esperaba en esta isla en la que Julio Verne sitúa el pasaje al centro de la Tierra y que, por unos días, se convertiría en el centro del universo para la comunidad cinéfila internacional.

Así que planché la camisa, metí en la valija todos los calzoncillos largos de franela que tengo y partí hacia el norte acompañado por mi querida esposa Ana, que ni loca iba a dejarme viajar solo a la tierra de las escandinavas. Tengo que aclarar que soy un espécimen humano en plena crisis de los cuarenta y gran admirador de las rubias. No es un secreto que a los ocho años quería casarme con Raffaela Carrá, a los diez con las Trillizas de Oro, a los catorce con Graciela Alfano, luego con Xuxa, con las Paquitas… un caso clásico. Mi fama de admirador de rubias me precedía, y mi destino estaba sellado: rienda corta, iría a la tierra de las vikingas escoltado por Ana.

A los que, como, yo no daban bola en geografía (ahora me arrepiento), les cuento que Islandia es el décimo octavo país en extensión, y está situado a una hora de avión de Escocia y a cuatro de Nueva York. En esta isla barrida por los vientos únicamente viven 320.000 personas, razón por la cual, como me enteré luego, Peter Jackson no rodó aquí El señor de los anillos: por falta de extras.

Es un país pleno de maravillas naturales. Geysir es el nombre de la localidad islandesa que bautizó a estos chorros de agua que manan a 100 grados. Las cataratas son abundantes, las llanuras son verdes (exportan pasto, así como lo escuchan), hay lagunas de color azul y playas de arena negra. Eso sí, el clima es impredecible: tiene el carácter de un agrio maestro de orquesta con inclinación al humor sádico.

Descendimos en el aeropuerto de Keflavik bajo una lluvia tenaz. En el hotel nos esperaba la clásica bolsita del Festival con el programa, unos folletos para caminar por el glaciar, otros para andar a caballo y un curioso sobre, con mi nombre bien escrito (no Alfil, Alfieri, no Esteban, incluso tenía el acento en Sebastián), y adornado por el escudo de armas de Islandia, con la famosa cruz roja escandinava.   

Bingo. Se confirmaba que tendría que haber apretado a Udenio para que me pagara la valija extra: era una invitación de Ólafur Ragnar Grímsson, presidente de Islandia, para que Ana y yo, dos chicos humildes de Villa del Parque, le hagamos una visita en su residencia de Bessastaðir in Garðabær (no tienen la pantalla sucia, las letras islandesas son así), cerca de la capital. Y yo sin mi traje negro.

Antes de que el sobre cayera sobre la colcha de matelasse con motivos vikingos, Ana ya había partido con dirección a la calle comercial de Reykjavik con mi Visa en la mano. Temblé. Cabe consignar que una cerveza en cualquier bar rantifuso de Islandia cuesta unas 1000 coronas, que vienen siendo unos 10 dólares; imagínense un vestido de señora. Sí, vivir donde Thor perdió el poncho tiene su costo, y estos señores tienen que importar todo salvo agua caliente, bacalao y, claro, pasto.  

No pasa nada. Ana podía distraerse con las vidrieras y los maniquíes, ella es otra fashion victim, pero yo no caería en una espiral consumista. Y me tranquilicé cuando leí el pie de página de la invitación, que sugería: dress code “casual chic”. Y yo creo que mi camisa de Eduardito Sport, con la pátina vintage que le dieron los años, perfectamente puede entrar dentro de esa categoría.

El día parecía apacible, solo vientos de 60 km/h y la famosa lluvia horizontal islandesa, así que salí a dar una vuelta de reconocimiento. Fue poner un pie en la calle y darme cuenta de que venir con Ana había tenido mucho sentido, ya que una estancia aquí, para un amante de las rubias, puede poner en riesgo cualquier relación de pareja o institución familiar, incluso una sólida como la nuestra, que lleva ya varios años y dos hijas.

Es que hasta la que vende pescado es la hermana linda de Margaux Hemingway. (Sí, ya sé que es americana, pero para que se hagan una idea). ¿Ustedes se acuerdan de ABBA? Ese es el promedio. Es un dolor de globos oculares constante, un desfile de rostros perfectos, muslos esculpidos con horas de esquí y, sobre todo, rubias cabelleras como las que prefería Hitchcock para sus protagonistas, y al igual que en sus películas todas parecían atractivas a la vez que inocentes, puras, castas… aunque de esto último no puedo dar fe, lamentablemente.

Volvamos a lo nuestro.

Ana vuelve de comprar ropa con sonrisa ambigua. Cuando ve que me está bajando la presión al ver las bolsas que cuelgan de su brazo cansado, me dice con voz cantarina: “¡Todo tiene tax free!”. Como dice un amigo, “welcome to matrimonio”.

Al día siguiente, el Festival nos invita a un tour por las localizaciones islandesas en las que se rodaron varias de las películas que han pasado por los cines. El “shoot in Iceland” tour, auspiciado por Saga Films, una de las tres productoras más grandes que dan servicio a quienes vienen a filmar a estas tierras. Que no son pocas. Noé, por ejemplo (no dije que fueran buenas, dije “que no son pocas”). Walter Mitty, la única de las pelis de Hollywood en las que Islandia hace de Islandia, dado que en las otras se disfraza. Por ejemplo, en Letters from Iwo Jima, Clint eligió estas tierras para simular las playas de arena negra del Pacífico Sur. Y otras en las que los paisajes islandeses son un fondo para historias de ciencia ficción, como Interestelar.

Y hablando del bueno de Christopher Nolan, nuestro guía, Auri, un islandés de altura considerable abrigado con un simple bucito que me hacía parecer un pelele bajo mi campera inflada, nos contó una curiosidad. Christopher y él localizaron Islandia para Batman inicia. En ese viaje, Nolan descartó un glaciar que le mostraron. Cuando volvió para localizar Interestelar lo llevaron al mismo glaciar y preguntó por qué no se lo habían mostrado cuando estaba por rodar el murciélago. Auri le dijo que se lo habían mostrado, pero que no lo había reconocido: el glaciar había disminuido en dos años varios centenares de metros y ya no era el mismo. Otro regalo del calentamiento global.

Si esto fuera una película, ahora los días pasarían en una rápida edición en la que se ven, con música tipo Awankana de fondo, arco iris, caballos de pelo largo, cascadas, rocas negras, más cascadas, lagos, geysers… Elfos y duendes no vimos, pero los locales sí los ven. Los llaman “hidden people” y creen que viven en determinadas piedras. De hecho, las rutas de vez en cuando esquivan grandes moles de basalto. Ya no las dinamitan: cuando lo hicieron hubo accidentes mortales, culpa de molestar a estos seres mitológicos.

Ustedes me dirán: “Esta es una nota más para una revista de viajes que para Haciendo Cine”. Y tienen razón, los comprenderé si deciden trasladar sus quejas al director y devolver el dinero de su suscripción. No, confieso que no vimos mucho cine. Es cierto que había varias películas interesantes para ver (recomendable Of Men and Horses, la candidata islandesa a los Oscars), es cierto que hubo una masterclass de Mike Leigh (alguien la subirá a Youtube). Pero, la verdad, ¿cuándo voy a tener otra oportunidad de venir hasta aquí? ¿Y cuántas oportunidades tiene usted, querido lector, de conocer de primera mano la visión de un coterráneo sobre este perdido rincón del mundo? Sigamos entonces con la visita a la casa del Presidente.

Recordarán el sobre con el escudo de Islandia. Corte a Interior Autobús. Seríamos unos 40 de todas las nacionalidades posibles. Había directores (estaba Guy Davidi, el de 5 cámaras rotas, candidata al Oscar el año pasado), había periodistas (el más jodón, James Evans, de Electric Sheep Magazine, que me contó que se divirtió mucho en Londres con Pablo Giorgelli y que las únicas palabras que sabe en español son “Las Acacias”), pero sobre todo había muchas ganas de encontrarse con el President.

¿Se acuerdan de la escena de Woody Allen en Bananas? Dinner with the president, dinner with the president… Así nos sentíamos Ana y no. La casa, barrida por el viento, era austera a la vez que señorial. Un edificio blanco del 1800 que había sido una antigua escuela, rodeado por una gran llanura verde, a unos 30 minutos de la capital. Pero más importante que lo que había era lo que no había. No había rejas. No había policías (ni uno). No había perros, ni barreras, ni detector de metales, ni granaderos islandeses. Era una casa más. Traspasamos la puerta, dejamos nuestros abrigos, firmamos el libro de visitas, y por último el Presidente, un señor alto con cara de actor de Bergman, nos recibió uno por uno dándonos un profesional apretón de mano con mirada a los ojos incluida.

Si hubiera querido, habría podido cometer un magnicidio y entrar en el selecto club de Bruto, Lee Harvey Oswald y Gabrilo Princip (el que mató a Franz Ferdinand, tuve que googlearlo). Imagínense los titulares: “Apuesto director argentino mata al presidente de Islandia”. Esto equivale a fama instantánea en todo el mundo y a una larga condena en las blandas cárceles islandesas. Cuatro comidas al día. No más laburar, no más preocuparte por la cuota del cole de las nenas, no más incertidumbre. Pero me faltaba algo. Como se dice en los policiales, no tenía un móvil. ¿Qué iba a decir? ¿Que después de grabar Post Björk no hizo nada escuchable y por eso lo maté?

Solté la mano del Presidente (que ya me estaba mirando torcido) y pasamos a una estancia más grande. Detengámonos en la decoración. Austera, limpia. Luterana. Cuadros de pintores locales, algunos clásicos, otros claramente contemporáneos. Regalos de los viajes oficiales: en los anaqueles convivían una canoa esculpida en un colmillo de foca, artesanal y cálido recuerdo de los innuit con una ostentosa réplica dorada de la Mezquita Dorada, souvenir de un viaje a Dubai. Y fotos. Fotos del President of Islandia con otros Presidents of. Con Clinton. Con Obama. Con los Bush. (Parece que Ólafur va por su quinta reelección y, según me comentaron, eso no hace nada de gracia a los nativos que, demostrando una dosis alta de civismo, no optan por el magnicidio que tienen tan a mano).

El President dio un discurso (sin mic) en el que ensalzó la figura de Mike Leigh. Yo, que no lo había visto jamás pero sí conocía su cine aguerrido y energético, no me imaginé que sería el viejito con pinta de maestro rural inglés que escuchaba el discurso educadamente.

El discurso fue improvisado en un inglés perfecto, no leyó una palabra, no dudó en ninguna otra y fue divertido. Habló de que para ellos, un pueblo de pescadores y granjeros, era un honor tener en su territorio a la comunidad cinematográfica internacional. Levantó una estatuilla con un pájaro plateado (maciza, plateada, de dudoso gusto) al que se refirió como “puffin”. El cormorán. Este pájaro apinguinado es la mascota del país, y desde que llegás al aeropuerto podés encontrarlo en peluches, remeras, tazas y fundas de Iphone. El Presidente explicó que el “puffin” llega cada primavera y se va en otoño, y que para ellos es un pájaro sagrado, que puntualmente aparece y desaparece. Y en el medio, a pesar de la tecnología, no tienen idea de adónde va. Es su símbolo más querido, y además… “tastes very good". Al escuchar esta afirmación sobre su símbolo sagrado, el público no reprimió una carcajada. El hecho de comerse su sacrosanto pájaro me pareció una muestra más de sabiduría de este pueblo. No solo tienen un presidente que habla inglés. En la crisis de 2008 permitieron que su banco más importante entrara en suspensión de pagos y enviaron a la cárcel a varios banqueros, algo que en España, por ejemplo, donde una burbuja idéntica se llevó por delante el estado de bienestar, ni el pueblo ni sus gobernantes tuvo los cojones de hacer. Está bien lo sagrado. Pero hay cosas más importantes como, por ejemplo, comer.

Le dieron la curiosa estatuilla a Mike, que hizo un divertido discurso en el que decía que venía a Islandia “como hombre de cine” y, mirando el pájaro, agregó: “pero también como gourmet”. Y nos dedicamos a la pitanza y la bebida. Yo me saqué la foto con el Presidente, que fue muy amable y aceptó el CD con la música de Gabor que le regalé (a la venta a través de nuestra web).

Al día siguiente nos volvíamos. Fuimos paseando hasta la casa de Björk (y, sí, los últimos álbumes me resultan un tostón, pero uno es un cholulo). Teníamos el dato de que sería fácil de reconocer: es la única casa negra de Reykjavik. Fuimos paseando por el alegre y austero paseo marítimo que rodea la bahía, pero ninguna casa era negra: todas tenían alegres colores. Paramos a una amable viejecita y le dijimos que buscábamos la casa de la cantante. ¿La conoce? Por supuesto que sí (obvio, el país tiene la densidad demográfica del microcentro porteño un domingo a la mañana). Pero ya no es negra: la pintó de blanco. Confirmado: Björk ya no es lo que era.

Nos la mostró y ahí nos quedamos, esperando a que saliera a saludarnos (cosa que no pasó), así que nos fuimos a un banquito a despedir nuestro último día viendo cómo el atardecer se desplegaba sobre el mar plateado y meditando sobre los momentos pasados en tan exótico destino.

Sí, Ana sonreía. Y yo sonreía, también. Es cierto que no había podido ni acercarme a las nativas, pero no importaba. ¿Qué esposo de Villa del Parque ha llevado a su chica a la recepción de un mandatario internacional? ¿Saben lo que cuenta eso en la economía vital de cualquier marido? Sumo punto. Otra razón más para estarle agradecido al cine, ese generoso compañero de viaje.