Sed de mal

Primero fue Jee Woon Kim con El último desafío y pronto será el turno de Joon-ho Bong con Snowpiercer, pero ahora es el momento de Park Chan Wook, otro de los surcoreanos que llegan al gran país del norte para refrescar las pantallas de Hollywood con mucha sangre e incesto. Lazos perversos (Stoker) encuentra a Park un poquito más elegante, pero para nada menos perverso.
Mia Wasikowska en Lazos perversos.

 

Reseña publicada en la edición impresa del número de abril de 2013.

 

En 2002, Park Chan Wook comenzaba su trilogía de la venganza con Sympathy for Mr. Vengeance. Allí, Ryu, un sordomudo peliverde, ejecutaba un secuestro light para financiar el trasplante de su hermana, luego de ser estafado por la mafia del tráfico de órganos. Todo sale mal y ese tierno sordomudo se convierte en una revanchista máquina de matar y extirpar riñones. Once años después, Park desembarca en Hollywood con Lazos perversos, y con sus obsesiones intactas. Se trata, nuevamente, de una historia de pasajes hacia el lado oscuro de la vida. Sin embargo, mientras en aquella trilogía ese pasaje estaba motorizado por un ánimo justiciero, aquí lo está por una incontrolable pulsión erótica de muerte.

Ante el deceso del patriarca de una familia acaudalada, que parece vivir en un espacio y tiempo suspendidos, un misterioso tío (Matthew Goode) llega para acompañar a la viuda (Nicole Kidman) y a la huérfana (Mia Wasikowska). Es el famoso “Uncle Charlie”. Sí, mismo nombre y relación de parentesco que el Uncle Charlie de Shadow of a Doubt, de Hitchcock. Pero mientras en la película de “Hitch”, el deslumbramiento de una adolescente con su tío dandy se convierte poco a poco en repulsión, aquí hay un camino, sino invertido, al menos deformado. La adolescente en cuestión, India Stoker, es una especie de ñoña burtoniana, que sospecha desde un primer momento de los objetivos del visitante. Poco a poco sus sospechas se ven recontra confirmadas, pero las revelaciones no llevan al asco sino a un autodescubrimiento, un coming of age siniestro, de aceptación y liberación de demonios internos. India, lejos de horrorizarse, se reconoce a sí misma, entre asustada y maravillada, en estos genes del mal que porta su tío. Este giro juega todas sus fichas en dos escenas tan arriesgadas como extraordinarias. En la primera, el tío Charlie irrumpe como segundo pianista, mientras India interpreta una pieza de Philip Glass. La situación es simple pero asfixiante. El juego de pies, manos, cuellos y brazos es tan medido como atrevido, con ese ir y venir calculado del coqueteo sexual prohibido. En un solo y pequeño detalle, la manera en que India semi-controla sus pies, Park expresa el tenor orgásmico del dueto. La película ya es otra. En la segunda, India se ducha luego de ser casi violada en el bosque y atestiguar el ajusticiamiento de su asaltante. La música y el movimiento degenerado de la cámara nos guían en el reencuentro hormonal de India con esa persona horrenda que es. En estos dos momentos, el cine de Park encuentra su esplendor oriental, en esa mezcla sublime entre una sexualidad incestuosa, de tipo hentai, y la pasión sádica.

El estilo de Park no cambió con la mudanza. Sigue jugando al filo de lo verosímil, apostando siempre a su visión poética de la oscuridad, una visión a veces incluso algo burlona (¿qué decir sino de ese incomprensible y lúgubre sótano, donde la familia guarda los helados?) y a la conformación de universos ominosos, en donde se confunden tiempos y espacios, mediante montajes yuxtapuestos y sonidos desfasados. La linealidad no es prioridad en su cine y sí lo es manipularnos, guiarnos con puntos de vista miopes que nos llevan a empatizar con un personaje, para luego lanzarnos junto a él hacia el abismo más abyecto.

Al parecer, el surcoreano no quedó del todo feliz con la experiencia, especialmente por el escaso tiempo de rodaje y por tener que acortar la película a 98 minutos. Más allá de las condiciones de producción, su poesía sigue allí y Lazos perversos es otra muestra de su enorme talento para crear historias perversas de horror moral.