Sin concesiones

Finalmente este jueves se estrena El crítico, la primera película de Hernán Guerschuny, codirector de Haciendo Cine. En un mano a mano tenso y que por poco termina mal, Guerschuny aprovecha que es uno de los dueños de esta revista y se entrevista a sí mismo.

Entrevista publicada en el número 135 de Haciendo Cine.

Buenas tardes. ¿Nos sentamos por acá?
Dale. Antes que nada, quería agradecerte que hayas venido vos a hacerme la nota. Es un orgullo para mí, siempre me caíste bien. Bueno, salvo por las mañanas. Y cuando pierde River.
 
Me mandó el editor, no tenía especial interés. 
Ok, arranquemos.

Te lo digo con respeto, pero cuándo arrancamos lo decido yo, que para eso tengo el grabador en la mano. Disculpame, pero es uno de los pocos placeres que tenemos los periodistas. Ahora sí, arranquemos. ¿Cómo…?

(Interrumpe) Solo te voy a pedir una cosa sencilla: no empieces con “¿Cómo surgió el proyecto?”. Es un cliché, y además demuestra que no leíste ni la gacetilla. 

Me estás predisponiendo mal, y no te conviene. No vas a conseguir nada interesante con esta entrevista. Y no te olvides de que tenés que promocionar tu película.  
No te hagas el listo. Si no sale nada interesante, es tu culpa. Dicen que no hay malas respuestas, sino malas preguntas.

Si no sale nada interesante, tal vez sea porque no tenés nada interesante para decir. Habría que ver cómo te salió esa pelíc…

Bueno, bueno, a ver, que esto se está poniendo violento. Además te quiero decir que la idea de una autoentrevista no es original. Ya lo han hecho varios, incluso Álex de la Iglesia en esta misma revista, después de filmar La comunidad, y está claro que el manchego es muchísimo más talentoso que vos. Así que te lo voy a decir sin pelos en la lengua: esta es una tarea egocéntrica y destinada al fracaso.  

Por favor, sonás como un crítico.
Bueno, eso soy.

 

Sin embargo, te la pasás diciendo que no, que tu revista nunca fue una revista “de crítica”. No seas esquizofrénico. 

No soy esquizofrénico. Sigamos con esta autoentrevista.

¿Cómo surgió el proyecto? 
Creo que el germen fue una ruptura amorosa.

Uh, como todos. Hacen una película en lugar de ir al psicólogo…
Sí, es posible. Pero me refiero a que estaba en un bar dejando a una chica y, al mismo tiempo que ella lloraba, yo pensaba en la puesta en escena de esa situación. Ella me decía que no sabía cómo iba a seguir viviendo, y yo estaba concentrado en la música absurda que sonaba, en la exagerada cantidad de servilletas con mocos que había sobre la mesa y en cómo sería el montaje ideal de ese momento.

¿Entonces dirías que tu cinismo le gana a tu esquizofrenia?
Por Dios, voy a dejar pasar ese recurso fácil de emitir una opinión en forma de pregunta… Pero bueno, algo similar me pasaba cuando tenía una cita. Iba con un guion preestablecido, sabía qué chistes me funcionaban y cuándo era la hora de volverme un poco profundo. La cosa, en términos de rentabilidad, rendía, pero me impedía entregarme de verdad a la escena. Era muy frustrante. Pensé que en esa suerte de enfermedad había una película. ¿Me explico?

Poco, la verdad, pero seguro no habla bien de vos. Calculo que te referís a aquello que el protagonista llama la maladie du cinéma.
Claro. Me parecía interesante extremar esa idea. Un tipo que no puede evitar juzgar los actos de su vida cotidiana en función de sus valores estéticos. Que sea un crítico de cine, además, le sumaba un nivel más al asunto: el hombre vive de juzgar.  

Sí, pero juzgamos las obras, no a la gente.
Ja, debería presentarte a un par de colegas tuyos. 

En fin. ¿Cómo elegiste a tus protagonistas?
Fue fácil, eran los mejores. O, sin duda, los mejores para estos personajes.

Qué condescendiente. Seguro que les has pagado poco.
Callate y oíme, que a eso viniste. Rafael (Spregelburd) es un animal. Es un artista renacentista. Hace diez cosas a la vez y es talentoso en todo. Pero lo mejor es que es un intelectual con un gran sentido del absurdo. No hay muchos. Yo quería eso para Víctor Téllez. Un tipo que pueda combinar credibilidad cuando habla en términos semióticos, con una gran ternura contenida, casi sentimental, que lo exponga mucho. Dolores (Fonzi) es una actriz que parece de otra época. Hacés foco en su rostro y sentís que estás fotografiando a Kim Novak. Es hipnótica. Pero lo mejor es que además es una mujer tremendamente inteligente e intuitiva. Era ideal para Sofía.

Te enamoraste.
Ojo, que soy un hombre casado. Pero sí, me enamoré de mis actores, mucho más que ellos de mí. Y sí, les he pagado mucho menos de lo que se merecen.

¿Te costó armar el proyecto?

Habría que dividirlo en dos etapas muy diferenciadas. La primera es aquella en la que perdimos años enteros con Pablo (Udenio, mi gran amigo y socio) esperando que “productores” nos prestaran atención. Fueron tiempos difíciles. Te sentís muy solo, y te convencés de que al único que le interesa que se haga una ópera prima es a su director. Y es lógico. Así que un día nos sentamos y nos dijimos que los únicos que podíamos llevar esto adelante éramos nosotros mismos. Le estoy profundamente agradecido a Pablo por haberse subido al barco conmigo. Entonces, cuando empezó a depender de nosotros, todo fue más claro: hicimos las alianzas necesarias, llamamos a la gente que nos quería y pudimos armar la financiación. Ahí empezó la segunda etapa, que fue lo más cercano a la felicidad que tuve en mi vida. 

Te estás volviendo cursi.
Siempre lo fui. Es mi placer culpable. El problema es el buen gusto, no la cursilería. Favio decía que para lograr la emoción vale todo. Creo en eso. Por otro lado, estoy seguro de que muchos críticos que hoy se dedican a analizar películas con frialdad empezaron con esto porque lloraron con Casablanca.

¿Te estás refiriendo a mí?
No, no, digo, nomás.

 

Bueno, ok, vamos terminando. Me pidieron no más de seis mil caracteres, porque hay que poner una foto tuya a página entera. No sé cómo no te da vergüenza.