Sopa de caracol

Compuesto por solo quince planos, el nuevo viaje al oeste de Tsai Ming-liang propone nuevas formas de mirar pero también agota paciencias.

Tsai Ming-liang vuelve, en estado puro, para mostrarnos el lentísimo recorrido de un monje budista por las calles de Marsella. Sí, es el mismo monje de Walker (parte de la película coral Beautiful 2012) y Walking on Water (segmento de Letters from the South, de 2013) y está encarnado, claro, por Lee Kang-sheng, permanente colaborador y actor fetiche de Tsai. Sin embargo, el monje esta vez tiene una sombra: un hombre claramente occidental decide seguirlo e imitar su paso caracol, copiar su particular ritmo y sus formas a lo largo de su traslado por esas calles francesas. Denis Lavant encarna a ese seguidor, que es lo más interesante de esta agotadora película bañada de metáforas con subrayado.

Como bien anuncia el título de este relato, la cuestión central de todo esto es que el tipo (el monje, pero también el otro) camina por las calles de Francia, y entonces, claro, contrasta de mil maneras con la gente que pasa por ahí: los transeúntes van a mil, aunque a veces frenan para mirarlo; también le sacan fotos como idiotas y hasta parece que intentan charlarle… Ellos lo miran, él no los mira. Ellos caminan, se esquivan, se chocan, se ríen. Ellos suben y bajan escaleras sin pensar, yendo y viniendo por cualquier hueco que abra el paso. En cambio, Tsai Ming-liang, cineasta de paso lento y tomas largas, nos regala un plano fijo de 14 minutos en el que vemos al monje bajar, meditando en cada uno, los escalones que conducen al subte. Y sí, como alguna vez dijo la crítica Stephanie Zacharek sobre este cineasta, desafía paciencias. Sobre todo porque venimos de la apertura, que consiste en un plano de casi siete minutos en el que solo vemos el rostro de un hombre que respira, como por deber, acostado en el suelo. Es Lavant, grandísimo, pero Lavant solamente respirando y casi sin pestañar.

Pero volvamos al monje, que se mueve, más lento que un caracol pero se mueve, y pone en cada paso una concentración imposible, otorgándoles a cada uno de sus movimientos una relevancia inconmensurable. De esa forma, y con esa metodología, el monje va pasando por distintos escenarios citadinos, por distintas ventanas de distintas casas de distintas personas que –mientras tanto– hacen su vida. Y entonces la película de a ratos se vuelve un entretenido ¿Dónde está Wally? que consiste en encontrar, en cada plano, dónde está el monje vestido de rojo. Una vez que vemos cuál es su rincón, volvemos a mirar todo aquello que lo rodea, volvemos a fijarnos en ese entorno que parece distinto cuando se tiene al monje como referente (el gran plano final, el mejor de los 56 minutos de película, viene a gritarnos eso). Ahí está Tsai Ming-liang, ejercitando las formas de mirar, nuestras formas de mirar. Y entonces, al budista pelado, lento y descalzo, empieza a seguirlo el hombre de campera de jean y zapatillas. Y toda esta película es una solemne gran metáfora de esa similitud y de esa diferencia.

JU 10, 22.50, V. Recoleta; DO 13, 13.40, A. Belgrano; DO 13, 18.30, A. Belgrano