Sueño documental

El colombiano Oscar Ruiz Navia, director de El vuelco del cangrejo, se mete en el mundo del street art para contar la historia de Ras, un obrero de la construcción que por las noches se dedica a pintar muros de su barrio al oriente de Cali. Cuando conozca a Calvin, otro joven grafitero estudiante de Bellas Artes, ambos irán sin rumbo fijo por la ciudad, como el que quiere perderse y no regresar. Los hongos se estrenará en 15 salas del país.

¿Cómo surgió Los hongos?

En el año 2010, tras la enfermedad y posterior muerte de mi abuela, decidí realizar una película sobre la vida que mezclara mis recuerdos de adolescente en mi ciudad natal, Cali, con nuevas experiencias que intuía que podían venir con un profundo proceso de investigación. Estuve trabajando por varios meses haciendo scouting y también casting en diferentes colegios e instituciones educativas. El street art también fue una motivación y un universo para enmarcar a varios de los personajes. Al final, durante el camino aparecieron muchas ideas nuevas.

 

¿Estabas relacionado de antes con la cultura del street art o te acercaste a él para la película?

No de forma directa. No soy ni he sido grafitero. Pero siempre me gustó esta disciplina, admiré siempre el trabajo de estos artistas que en la mayoría de los casos deben hacer su trabajo de forma clandestina y con muy pocos medios. Estuve entrevistando a varios de los mejores exponentes de este arte por algún tiempo y logré que me abrieran su espacio y me permitieran seguirlos. Varios de ellos salen en la película y contribuyeron a la creación de las piezas pictóricas que hay dentro del film. Para mí es esencial este trabajo de intercambio con mis actores, es un intercambio en el que no necesariamente se tiene conciencia de que se está haciendo una película. Vamos más bien acumulando experiencias comunes que luego nos sirven para complejizar la propuesta. 

 

¿Cómo fue el trabajo con los protagonistas en particular y con los otros actores de la película?

Muy entrañable. Lo principal es lograr un grado de confianza tal que ellos abran su vida, sus propias historias. Para esto es importante tener tiempo y hablar con cada actor según su personalidad y su propio lenguaje. Con esto quiero decir que  el trabajo con la abuela, por poner un ejemplo, es muy distinto al trabajo con el chico skater Ras. Cada uno tiene  su propia forma de ser, y en ese sentido mi trabajo es  adaptarme a cada uno de sus mundos. Lo más importante para mí es construir las relaciones que aparecen en la película lo que más se pueda. No leemos ni ensayamos las escenas antes del día de rodaje. No creo que los actores no profesionales deban prepararse de forma teatral. No me gusta el teatro filmado, por lo menos no en las dos películas que he hecho hasta ahora. Habría que decir que hay ejemplos de películas que son teatrales que son maravillosas, sin embargo yo creo que hay que hacer una diferencia entre estas dos artes.

 

Trabajaste el guion con César Augusto Acevedo. ¿Cómo fue esa colaboración y cómo fue el proceso de escritura?

César y yo somos amigos desde hace mucho tiempo, fuimos juntos a la misma escuela. Lo invité a ser parte de la película porque siempre admiré su capacidad para escribir y tenemos gustos muy similares. Juntos hicimos el proceso de casting por más de un año y fuimos recogiendo ideas para armar el guion. A veces nos dividíamos escenas o personajes para escribir, él se encargaba de María y yo de La Ñaña, luego intercambiábamos lo que cada uno había hecho y entonces yo iba decidiendo qué manteníamos o qué abandonábamos. Luego César fue uno de los asistentes de dirección de la película. Es un tipo muy especial y me siento muy orgulloso de lo que está viviendo ahora con su debut como director de La tierra y la sombra.

 

A tu anterior película, El vuelco del cangrejo, le fue muy bien. ¿Sentías cierta presión por eso para la realización de Los hongos?

Partamos del hecho de que hacer una segunda película siempre es complicado porque cuando estás haciendo la primera la verdad no tienes nada que perder y sí mucho que ganar. Cuando haces una segunda pues ya la gente espera cosas de ti. En mi caso particular yo hice mi primera película con muy pocos recursos y casi de forma artesanal. Los hongos recibió más apoyo económico y era en general una producción un poco más grande. Sin embargo, la presión que más puede existir es la que tú mismo tienes con tu creación, con las metas que te pones, con las preguntas que te haces. Yo siento una enorme responsabilidad con lo que estoy haciendo porque creo que el cine es un arte que debemos explorar y quiero trabajar fuerte para construir una voz. También quiero seguir disfrutando cada proyecto, conociendo personas y mundos. No temo equivocarme, el error es importante para crecer.

 

Ambas películas están relacionadas en el hecho de que el lugar donde transcurren es tan importante como sus personajes. ¿Tu próximo trabajo sigue en esa dirección?

Estoy terminando una nueva película que se llama Epifanía que codirijo con Anna Eborn. Hemos hecho la película en tres países: Suecia, Colombia y Canadá. Esta vez siento que nos concentramos más en el personaje principal: una madre. Es una película muy íntima y casi artesanal, aunque haya sido rodada en tres países. ¡Viene pronto!

 

¿Cómo es ese concepto de sueño documental del que hablás?

Momentos que se construyen con insumos documentales pero que no son realistas. Alteraciones sencillas a la lógica de las cosas. Puntos de vista o sonoros que poetizan la vida.