Tampoco tan grandes: Miss Simpatía

Tras su ópera prima de ficción, realizada de manera no sólo independiente sino autogestionada, Federico Sosa ingresa a las grandes ligas con una comedia romántica de gran producción en la que, de todas maneras, la frescura de sus protagonistas y el delicioso humor de sus relaciones pasa a ser lo principal de esta refrescante propuesta de la comedia romántica local.

Paula Reca es una de esas figuras que uno suele ver en el fondo de varias series o películas (en particular en televisión, con una temporada de “Casi ángeles” a sus espaldas) y que, de un día para el otro, deslumbra al frente del elenco. Esto lleva a preguntarnos: ¿quién es esa chica? Sobre todo, los que vimos “Veredas”, una comedia romántica filmada en 2014 pero estrenada en 2017, en la que Paula compartía cartel con Ezequiel Tronconi. Esa pequeña película de personajes, de chico conoce a chica, no fue muy exitosa en las boleterías. Pero no había dudas: Paula tenía algo. 

Dos años después, vuelve al protagónico pero la posición es otra. Muchos la conocerán por primera vez con “Tampoco tan grandes”, una comedia romántica que cuenta con producción de Pampa Films y distribución de Disney. Las expectativas, ahora sí, son mucho más altas. 

En “Tampoco tan grandes”, Paula es Lola, una chica de 30 años, malhumorada y cleptómana fallida. Un día recibe un llamado telefónico desde Mar del Plata: su padre, a quien creía muerto desde hace años, acaba de morir y ella debe viajar para resolver cuestiones relacionadas con la herencia. Junto a Teo, su exnovio (interpretado por Andrés Ciavaglia) y Rita, la hermana de él, emprende el viaje en la combi escolar de Teo. En Mar del Plata conoce a Natalio (Miguel Ángel Solá), la pareja de su padre, y el viaje se extiende hasta Bariloche con el fin de esparcir las cenizas del difunto. Comedia romántica, road movie, melancolía generacional. 

Todo eso en un cóctel pleno de color y sensibilidad en el que nadie, ni delante ni detrás de cámara, parece tenerle miedo a las emociones.

Hablamos con Federico Sosa, quien viene de hacer un recorrido similar al de su protagonista. Luego de un exitoso documental como fue “Contra Paraguay”, su ópera prima fue una pequeña comedia generacional sobre tres jóvenes músicos fanáticos del heavy metal y de las bandas de Ricardo Iorio, y sus problemas familiares y románticos mientras intentan perseguir sus sueños. Cómo fue el salto de esa propuesta, realizada de manera independiente, a una gran producción que se presenta como uno de los títulos locales más destacados del primer trimestre de 2019. 

¿Cuál es la diferencia entre trabajar con una producción grande y el cine independiente? 

En principio, las diferencias son más que nada con respecto a la producción. Sabés que contás con apoyo no sólo de presupuesto, sino que en este caso filmás con Pampa Films que tiene toda una estructura detrás y sabés que no te tenés que preocupar por conseguir gente que quiera participar. Ya sabés que tenés toda la estructura de producción armada. En este caso, me llamaron para dirigir. Desde la independencia todo recae sobre vos para manejar los recursos: cuántos actores puedo tener, cuántas locaciones, cómo hacer lo mejor posible con lo que tengo. Y esa experiencia también te ayuda a cuidar lo que el otro te brinda: ya sea independiente o con un presupuesto más holgado, siempre voy a tratar de maximizar los recursos. Toda una secuencia en esta película transcurría en un bar, pero después lo pasamos a un parque de diversiones. No era capricho: la película ganó mucho con ese cambio de locación y la producción apoyó por completo. Y tengo que admitir que el pasaje fue por completo positivo: Pampa ya tenía experiencia, pero era la primera película de Máximo Reca, el productor, y querían poner toda la carne en el asador. Yo formé parte de todo el proceso, de todas las conversaciones. Todas fueron decisiones conjuntas, entonces en lo más mínimo sentí que no podía filmar mi visión. Lo demás es sólo conversar y negociar en el buen sentido de la palabra: todos buscábamos las mejores opciones para lo que es el bien de la película. 

¿Cuáles son tus referencias a nivel imagen? ¿Hubo alguna directiva por parte de la producción? 

Cuando llegué a la película había un guion solamente, por lo que tuve mucha libertad para trabajar la estética. Desde la producción no hubo ninguna directiva especial: lo único que sí me dijeron, y que me encantó, es que la película debería quedar como una mezcla entre “Cuando Harry conoció a Sally” y “Pequeña Miss Sunshine”. Yo encantando, ya que “Cuando Harry conoció a Sally” es -quizás- la mejor de las comedias románticas. Y empecé a rememorar las que a mí me gustaban, en particular toda la movida del humor y el romance inglés: un humor más inteligente, sutil y fino. Obviamente ni el productor ni yo queríamos caer en la comedia burda o de chiste fácil. Quería que la comedia se desprenda de la puesta de escena. En la comedia vas puliendo eso que en el guion por ahí queda muy explícito; y en el rodaje te das cuenta de que, entre el trabajo de la puesta y la química de los actores, hay muchos diálogos o chistes que sobran. Descubrís que la comedia se da entre los actores, por contraste entre ellos o por la forma en la que se miran. Ahí el texto sobra. 

¿Cómo armaste el tono de comedia alejado del costumbrismo?

La construcción del universo, más allá de las referencias que uno pueda usar, es un poco instintivo de alguna manera: prestás atención a lo que suena bien y a lo que no. Ensayás con los actores y solo queda lo que nos suena bien y gusta y se acabó. Obviamente ayudó que la versión final del guion fuera muy precisa, y esos diálogos se naturalizaron en los ensayos. Con los actores se dio un trabajo de búsqueda entre Máximo Reca y Paula Reca, la protagonista que ya estaba en el proyecto. Los tres sabíamos que era determinante la elección del actor que sería el partenaire de Paula, no sólo desde la actuación y la química que desarrollara con ella, sino a partir del physique du rol mismo del personaje: la comedia tiene esa particularidad en la que todo tiene que ser armónico. Ves la foto de alguien y ahí ya pensás: ah, si este flaco dice esta frase se van a reír o va a generar ternura. Fuimos a ver muchas obras de teatro, casting, videos. Vimos muchos actores. Y Andrés Ciavaglia no sólo era el mejor actor, sino el mejor para esta historia en particular.

¿Cómo fue el rodaje de toda la sección de road movie?

Esa fue una muy buena decisión de parte de la producción. No filmamos en ruta, que es lo usual. No teníamos tiempo para ir a todos los lugares que necesitábamos.  Entonces rodamos los interiores del vehículo en estudio para empatar luego con los exteriores que se habían ido a filmar antes de que iniciara el rodaje. Usamos un sistema de pantallas de LED, en la que dos pantallas rodeaban al vehículo. Este sistema permitió trabajar con los actores sin necesidad de salir a la ruta y optimizar al máximo el tiempo: todo lo que es interior en los vehículos los rodamos en tres jornadas. Y eso lo logramos gracias a este sistema. El resultado es impecable; de hecho, si yo no te contaba esto, no te dabas cuenta de “el truco”. 

Tu película se estrena el mismo mes que otra comedia romántica, “Anoche” de Nicanor Loreti y Paula Manzone. ¿Cómo sentís que funciona la renovación de actores y directores a la hora de encarar la comedia romántica en el cine argentino?

Me parece que en los últimos años se amplió mucho el interés a la hora de encarar este tipo de género. Veo que la mayoría usa como referencia a la comedia romántica norteamericana; te diría que desde “Cuando Harry conoció a Sally” (que es la referencia también para esta película). Veo que ese es el modelo actual de comedia romántica y no tanto la tradición más argentina del género, que suele ser un poco más oscura, más border: viene del grotesco criollo, del conventillo tanguero, popular. Un tono más payasesco, porque tiene otros orígenes, con un humor más negro si se quiere… Creo que esa es la tradición del cine cómico local. Mientras que para este género, ya el público tiene una apreciación natural por los tópicos que popularizó el cine romántico norteamericano, y que funciona muy bien. Pero sí hay algo que personalmente no me termina de cerrar es lo de caer en el estereotipo: quiero que la risa y la comedia salga de la actuación, de la puesta o de la narrativa. No buscar el gag o la frase ingeniosa para hacer reír. Nada del chiste fácil o putear para que se ría el público, del tipo vivo que se quiere levantar minas. A todo eso le intento escapar.