Tiempo de cosecha

Nada menos que en la Competencia Internacional y con el padrinazgo de Martin Scorsese, La tercera orilla tuvo su estreno mundial en el Festival de Berlín y se codeó con los festejados nuevos títulos de popes como Richard Linklater y Corneliu Porumboiu. Sobre todo esto y sobre su experiencia en el Festival escribe el productor de la nueva película de Celina Murga, a doce años de haber pisado por primera vez un festival de esta envergadura.
Boyhood, de Richard Linklater

Estar en la Berlinale como productor de una película en Competencia Oficial no es lo mejor que puede sucederle a un cinéfilo, aunque suene raro decirlo. Obviamente, no quiero ni debo quejarme. Fueron seis días hermosos, intensos e inolvidables, en los que acompañé a La tercera orilla en su estreno mundial. Pero he sufrido el hecho de tener a mano una programación tan variada y notable, y hacerme tiempo para ver solo tres películas.

Mi debut fue con Second Game, una película muy particular de CorneliuPorumboiu. Dura exactamente lo que un partido de fútbol, si no incluimos el entretiempo. O sea, 90 minutos. Es que la película trabaja con una sola fuente de imagen: el archivo de un clásico, con el tiempo de juego completo y sin ninguna interrupción ni manipulación, entre el Steaua y el Dinamo, jugado bajo una fuerte y persistente nevada en el invierno de 1988. El audio consiste en una conversación entre el director y su padre, este último árbitro de ese partido, mientras observan hoy una grabación en televisión. Es genial cómo, con tan pocos elementos, Porumboiu logra contar tantas cosas: una crítica al estalinismo aún vigente en Rumania en ese tiempo; el vínculo entre un padre y un hijo; una declaración de principios sobre lo que debe ser un árbitro de fútbol; una oda a la épica del juego, más allá de todo impedimento; y una reflexión acerca de la narración en el cine a través de una analogía con el fútbol.

Seguí con Boyhood, la favorita de todos en Berlín. Ya saben que se trata de una película especial. Es un largometraje de ficción, filmado a lo largo de trece años, a través del cual se asiste al crecimiento de un chico, hijo de padres separados. Linklater logra generar un impacto emocional muy fuerte a través de la evidencia del paso del tiempo en los rostros de los actores. Es una experiencia tal vez nunca antes vista en el cine. Sin embargo, no creo que se trate de una obra maestra. Cuando uno se abstrae del prodigio de producción y dirección que el rodaje debe haber implicado, es fácil descubrir que la película es despareja, y que alterna grandes momentos con otros menos ajustados. Un trazo demasiado grueso en la caracterización de algunos personajes atenta contra la ambición de realismo extremo que la misma película, desde su propia concepción, parece profesar. No digo que no sea una muy buena película, pero hago estas aclaraciones con relación a los propios antecedentes de Linklater y la expectativa que se viene generando.

También pude ver la proyección, en carácter de work in progress, del documental que Martin Scorsese y David Tedeschi están realizando acerca de la mítica revista The New York Review of Books. No estamos autorizados a realizar una reseña, por tratarse de una obra no terminada, pero supongo que puede decirse que este es un retrato apasionante no solo de la historia de la revista sino también de varios de los momentos y conflictos más impactantes de la historia de los últimos 50 años. Y tiene un material de archivo inédito sensacional.

Como decía, no fui a Berlín a ver películas, sino a representar nuestra película. El lugar privilegiado en la Competencia me ayudó a volver a pensar para qué sirven los festivales de cine. Y confirmo lo que siempre he pensado. No se trata de espacios para alimentar el ego de los directores o actores, como creen muchos, ni tampoco son una excusa fenomenal para que mucha gente pueda viajar gratis y alojarse en hoteles que nunca podrían pagar de su propio bolsillo, como también se ha dicho. Los festivales de cine (y Berlín tal vez más que ningún otro) son lugares ideales para ver películas. Se trata de poner en el centro lo que en el circuito comercial está en los márgenes. Se trata de una operación política fundamental para el sostenimiento de un cine variado y arriesgado. Películas frágiles, pequeñas, distintas son de pronto exhibidas ante 1500 personas en condiciones de proyección impecables. Y, al mismo tiempo, generan una atención internacional invalorable.

Para terminar, una nota personal. Pasaron ya más de doce años de mi primera visita a un festival de esta envergadura, con una película propia. En septiembre de 2001 llegaba a Venecia para mostrar mi ópera prima, Sábado, en la Selección Oficial. Recuerdo que fue una experiencia muy fuerte, pero también recuerdo que no podía captar del todo lo que implicaba estar ahí. Y siento que tal vez no tenía las herramientas suficientes para aprovecharlo todo lo posible. Ahora, luego del recorrido que tanto Celina como yo hicimos con nuestras películas a través de nuestra productora Tresmilmundos Cine, las cosas han cambiado. Estar en Berlín en este 2014 fue para nosotros confirmar lo que hemos cosechado luego de tantos años y descubrir las posibilidades que todavía nos brinda el futuro.