Tiempo de descuento

Todo cambia a un siglo y medio del nacimiento del celuloide: los fabricantes de material fílmico agonizan, a la vez que la digitalización mundial de la exhibición avanza a pasos agigantados. En Argentina el ritmo de la conversión decayó drásticamente este año con las trabas a las importaciones, sin embargo se espera que remonte definitivamente en 2013 con el nuevo plan de créditos del INCAA y el financiamiento privado. En este informe opinan los exhibidores multipantallas y los independientes, Disney, Cinecolor, Zeta Films, y el INCAA, en la víspera de lo que sin duda será un nuevo cambio de paradigma para la industria y los espectadores.

Informe publicado en la edición impresa del número de noviembre de 2012.

 

“Esta es la única gran industria actual que sigue usando una tecnología del siglo 19.”

George Lucas

 

Ya es un hecho. Uno de los últimos inventos del siglo 19 en quedar operativamente vivo agoniza para transformarse en unos y ceros. Apenas unos años pasaron de aquella letal frase del lobbista estrella del apagón analógico y ya nos empieza a resultar cosa del pasado. Tal el vértigo con el que se suceden los cambios. 

El fin de una era

Dos meses atrás, la empresa japonesa Fujifilm, vigente en el mercado desde 1934, anunciaba que a partir de marzo de 2013 dejaría de producir material fílmico, para pasar únicamente a proveer material para trabajos de preservación. Su facturación en el primer trimestre de este año había caído un 87,5 por ciento con respecto al mismo período del año anterior. La alemana Agfa, en la pendiente desde 2005, se va extinguiendo, con una participación cada vez menor en el mercado. Y, por último, la norteamericana Eastman Kodak entró a principios de año en convocatoria de acreedores y su cierre definitivo puede ser cuestión de meses. ¿Tal vez dure hasta agotar stock? No parece ser un espejismo.

Más allá de su supervivencia en cinematecas y filmotecas, parece que nadie más podrá defender al fílmico: entre las tres se repartían el mercado mundial de estrenos comerciales con un 35, 10 y 55 por ciento respectivamente. Más números para expresar la drástica caída de la demanda mundial de material vírgen: en apenas cinco años (período 2007-2012) cayó un 70 por ciento. Como si fuera poco, el año pasado Panavision y Aaton anunciaron que dejarían de producir cámaras en 35mm.

Si el nuevo siglo amanecía con apenas 30 de las 164.000 pantallas del mundo prescindiendo del 35 mm, diez años más tarde el porcentaje ascendía a un 30 por ciento. Hoy en día, mientras la cifra ya supera la mitad del total, apocalípticos e integrados proclaman que las salas que no hayan hecho la conversión para 2013 estarán tomando la decisión de quedarse afuera del negocio.

El proceso de desmantelamiento del cine se revela irreversible. En China se inauguran ocho salas digitales por día. Junto a Noruega, Bélgica, Holanda, Taiwán, Singapur y Hong Kong forman el G7 de los países que tienen el total de sus salas equipadas únicamente con equipos de alta definición. Australia, Polonia, Inglaterra y Estados Unidos están a punto (ver mapa). Las cifras se actualizan a diario.

Números y estimaciones aparte, el crepúsculo del dispositivo cinematográfico trae consigo, además de un nuevo espectador (polivalente, intertextual, tironeado por más de una pantalla a la vez) y renovados y accesibles modos de producción, otros términos, players y relaciones de poder.

Es que la revolución digital no sólo modifica el estatuto ontológico del cine (más problemas para una pregunta sin fin: ¿qué es –ahora- el cine? ¿”datos” almancenados en un disco duro?) sino que, en definitiva, está transformando la industria cinematográfica en su conjunto. Y Argentina, claro, no es la excepción.

 

Un nuevo siglo, un nuevo formato

Según relata David Bordwell en su indispensable libro (digital) Pandora´s Digital Box, las Big Six (Disney/Buena Vista, Paramount Pictures, Twentieth Century Fox, Sony/Columbia, Warner Bros. y Universal) lograron afianzar su poderío imponiendo una serie de recomendaciones para los fabricantes y a las que los exhibidores debían ajustarse. A través de la Digital Cinema Initiatives (DCI), fundada en marzo de 2002, lograron comandar el tránsito del analógico al digital. Los objetivos fueron establecer un formato de exhibición único, consistente y que además acabara con la piratería. Tras años de probar con distintos formatos digitales (DVCam, MiniDV, Digibeta y otros), finalmente el stándard elegido fue el DCP, un disco rígido en el que el film se comprime, y que provee el contenido en una resolución 2K y 4K.

La decisión sobre la norma fue, desde el vamos, un campo de disputas. Las estrictas medidas de seguridad exigidas por las majors hicieron que el equipamiento y la conversión se encarecieran. Sin encriptador, un proyector valdría 20.000 euros, según revela la española Concha Gómez en su artículo sobre el proceso de digitalización en su país.

 “El equipamiento no se puede adquirir en cualquier lado. Tampoco se puede adquirir cualquier marca: sólo unas pocas están homologadas y no son nacionales ni latinoamericanas, con lo cual todo lo que es mantenimiento, reparación, envío de partes y demás, es muy costoso, más allá de que necesitás operadores calificados también”, explica Ariel Direse, Coordinador del programa de Digitalización de Salas del INCAA. Precisamente este mes se desarrollará, en la víspera del Mercado Ventana Sur, una nueva reunión de la Conferencia de Autoridades Cinematográficas de Iberoamérica (CACI) para estudiar la posibilidad de desarrollar una norma a nivel regional que en el futuro sea compatible con las normas DCI.

DCI o no, una gran facilidad que ofrece esta nueva era es la de la distribución: del multicopiado, traslado y almacenamiento de cientos de copias en 35 mm que en semanas cumplen su ciclo de vida, a sacar y poner de los cines unas valijitas con un disco duro. Martín Iraola, Country Manager de Disney Argentina y Vicepresidente a nivel regional de la major que este año se adueñó de ocho de cada diez entradas vendidas para películas argentinas, detalla el proceso: “La distribución física de una película digital se hace por ahora en un disco duro, que se duplica localmente en base a un master recibido. Digo por ahora, porque en unos años esta distribución se va a hacer en forma satelital.

Estos discos duros contienen la película encriptada, y una vez descargada en el proyector digital de un cine, el distribuidor genera una llave que les permite desencriptar y proyectar la película por un determinado plazo (horas, días, semanas). Esta llave, única, individual y que está asociada a un número específico de cada proyector, fue a su vez previamente aprobado y homologado para una proyección digital en cines. De esta forma, todo el proceso de distribución es mucho más seguro para toda la industria y nos permite tener un mayor conocimiento de cuándo, dónde y en qué momento se realizan las funciones”.

Para Iraola, la discusión sobre la calidad de una proyección digital con respecto a la de una proyección en 35mm no admite dudas. “Es muy superior. No sólo permite tener acceso a las películas en 3D (para aquellos que tengan el servidor adecuado) sino que la proyección en digital 2D no sufre ningún deterioro con la repetición de la misma. Incluso con todos los avances tecnológicos en materia de filmación, edición y proyección, como la generación de películas con mayores cuadros por segundo y el sonido 11.1, van a permitir a todos mejorar su calidad de entretenimiento al consumidor final”.

Más allá de la calidad en el visionado en el caso del digital, el fin del fílmico supone un enorme desafío para los especialistas en materia de preservación audiovisual. La memoria, no sólo del cine, sino de la historia en su totalidad -alertan-, peligra, en tanto ninguno de los formatos digitales logrará sobrevivir tanto tiempo como el material fílmico.

El integrador, un tercer actor en juego

Una de las grandes incógnitas iniciales fue quién asumiría los costos del cambio. Para los distribuidores el cambio de paradigma supuso desde el vamos no sólo un enorme abaratamiento en el costo de las copias sino una formidable posibilidad de extender sus economías de escala. En cambio para los exhibidores (y más los independientes), históricamente más cautos, la adopción de una nueva tecnología implicaba, además de la desconfianza incial tanto por la posibilidad de su obsolecencia como por la del constante recambio tecnológico que promueve el mercado digital, una costosa inversión de aproximadamente 100 mil dólares por cada sala (la cifra no incluye el mantenimiento). La solución a nivel mundial fue que los distribuidores asumieran parte del costo a través del Virtual Print Fee (VPF), una tarifa pagada en concepto de ahorro por copia fílmica y destinada a costear la instalación de los equipos. Así fue como entró al negocio una tercera parte, las empresas integradoras, que con la recaudación del VPF financia la compra e instalación de equipos, y luego le cobra a los exhibidores por usar y mantener los equipos.

Bordwell cuenta que fueron inicialmente rechazadas tanto por distribuidores como exhibidores (celosos de repartir su negocio con un nuevo jugador) pero que lograron imponerse a escala global como un actor imprescindible a la hora de aportar financiación. Además, a través de este intermediario, las majors se beneficiaban evitando posibles litigios por violación de leyes AntiTrust e integración vertical. A la consolidación del VPF, se sumó el regreso del 3D (y el inestimable empujón de Avatar) para terminar de disipar las dudas de los exhibidores sobre el crecimiento futuro del negocio digital.

Ahora bien, ¿por qué los integradores todavía no funcionan en Argentina, siendo que operan en la mayoría de los países? “El tema fundamental con la Argentina es que ninguno de los integradores que han venido a ofrecer sus servicios propuso un esquema de financiamiento de equipos”, revela Leonardo Racauchi, apoderado de la Cámara Argentina de Exhibidores Multipantalla. Hasta acá, entonces, la práctica habitual ha sido que los distribuidores firmen acuerdos individuales con los exhibidores: ante cada estreno de una película en digital, el distribuidor paga 800 dólares (la mitad de lo que sale una copia en 35mm). “Existen acuerdos individuales entre exhibidores y distribuidores, pero, por una cuestión de administración, no es lo que sucede en la mayoría de los casos. Por eso es que motivamos la figura de los integradores que resuelven la difícil tarea de administrar estos contratos a lo largo del tiempo. En este momento hay contratos en negociación con empresas nacionales e internacionales. Nuestra aspiración es que queden concretados en un brevísimo plazo”, explica el ejecutivo de Disney Martín Iraola.

Por su parte, el hombre de la CAEM revela que se han juntado con un grupo de exhibidores de todo el país e incluso de Uruguay para, además de buscar financiación y armar un pool de compra con la intención de comprar equipamiento digital en cantidad, negociar estos acuerdos.

No es una cuestión  menor: ¿Cómo negociar con las 821 salas del país cuando están en manos de 250 empresarios distintos? Semejante dispersión favorece a unos y perjudica a otros. Cinemark, la única cadena con fuerte presencia en América Latina (y que, recordemos, recientemente compró a Hoyts), ha logrado hacer acuerdos regionales con las mayors. Pero ¿qué pasa con los exhibidores independientes locales? “Una sola distribuidora major nos reconoce el VPF”, advierte Cacho Ortiz, responsable de la cadena Lumiere, de fuerte presencia en el interior del país. “Te dan un reconocimiento por la semana de estreno de la película, y con eso colaboran para que la digitalización sea más rápida”, dice el empresario cordobés, quien, al igual que Iraola, se esperanza con firmar pronto contratos con los integradores.

La visión de Ariel Direse es diametralmente opuesta. Para el Coordinador de Digitalización del INCAA, el VPF no es necesario en la Argentina, ya que el Estado será uno de los encargados de dar los medios necesarios para la digitalización (ver aparte). Si bien reconoce que es una decisión de los privados que acuerden o no con ellos, admite que ciertos integradores le generan dudas: “Venimos viendo en otros países que el integrador firma contratos que después ponen en problemas a algunos exhibidores. La sala logra digitalizarse pero después te cobran mantenimiento, las actualizaciones de software, y otra serie de cosas, y obviamente, con la condición de que programes películas de determinadas compañías. Una cantidad de elementos que hacen que el modelo VPF no sea el más adecuado si nosotros queremos preservar una cuota de pantalla y ampliarla.”

¿La digitalización atenta contra la diversidad? Cita casos como el de Francia, Holanda, y Noruega, primer país en digitalizar todas sus salas pero cuya cuota de mercado pasó a componerse en un 80 por ciento de cine norteamericano (N. de la R.: las películas noruegas vendieron en 2012 un 24,1 por ciento menos que en 2011, pasando su cuota de mercado del 24,5% del año anterior al actual 17,8%). “Se quiere imponer el miedo y presionar para que se firmen los contratos a las apuradas”, concluye, estimando que “el integrador se está llevando en promedio entre un 50 y un 60 por ciento del valor promedio de las ganancias que tiene cualquier exhibidor.”

El cambio interior

Una de las grandes mutaciones de las últimas décadas en materia de distribución geográfica de los cines fue el arribo y la concentración de las multipantallas en grandes zonas urbanas ligadas al alto consumo. Como parte de un mismo proceso en el que el consumo hogareño se imponía, cerraron masivamente salas del interior del país (donde proporcionalmete se consumía más cine argentino) y de zonas con poca densidad poblacional. ¿Cómo está modificando ese escenario las exorbitantes cifras de asistencia actuales a los cines y, en particular, la digitalización?

“Cuando yo era chico, todo pueblo de 10 mil habitantes tenía su propio cine. Si a ellos les das la posibilidad de la digitalización, se van a empezar a abrir más cines”, dice Ortiz, quien recomienda hacer un paso gradual: primero instalar una sala en 2D, recuperar el dinero en uno o dos años, y luego pasar al 3D.

“Los propietarios de los cines chicos –declara Chandler, del sitio especializado www.cinesargentinos.com.ar- se dieron cuenta que digitalizando podían subir el precio de las entradas, y el récord que va a haber este año en los cines es gracias al interior y a los independientes. Si te fijás los números, Capital y GBA mantiene las cifras de 2004. Donde más creció fue en la provincia de Buenos Aires, Córdoba capital y La Rioja, que en 2004 no tenian cines, y ahora, con el nuevo, vendió más que el de Nordelta.”

Si con el 35mm las copias van primero a la capital porteña, para recién aterrizar en el resto del país uno o dos meses más tarde, el digital da la posibilidad de estrenar en simultáneo. “Un ejemplo concreto del beneficio transversal que supone la digitalización es que los exhibidores del interior de cualquier país van a tener acceso a las películas en la misma fecha de estreno, algo imposible de realizar con las copias debido a cuestiones de logística y costo. Por supuesto que nosotros, como distribuidores, con el correr de los años veremos disminuir nuestro costo de copias también”, dice Iraola.  “Con eso le cerrás la puerta a la piratería y potenciás enormemente el negocio”, complementa Ortiz, quien también le atribuye el crecimiento del negocio a las majors: “En 2007 se tiraron a nivel nacional 5.000 copias en 35 mm; el año pasado, 10.000”.

Chandler agrega, además, la variable de los precios: “Antes en el interior se estrenaba dos meses después y te cobraban 15 pesos. Hoy estrenan en simultáneo por el digital y te cobran $30 (no $40, como en CABA). El interior triplicó la asistencia y duplicó el valor promedio. Resultado: año record.”

Ortiz se entusiasma mencionando casos de cines abiertos o reabiertos en el último tiempo: Mortero, pueblo cordobés de 15.000 habitantes que ya lleva dos años con dos salas digitales; el santafesino San Vicente, que inauguró el mes pasado una en 3D con la que esperan darle la posibilidad de ver cine en un cine no sólo a sus siete mil habitantes, sino a los más de 100 mil de su vecina Rafaela, todavía huérfana de salas en tres dimensiones; y Puerto Madryn (70.000 habitantes), que inauguró una segunda sala 3D, tras la primera lanzada en 2010. “Ese caso es emblemático por lo que creció”, dice, antes de seguir mencionando otros.

La cuestión impositiva

Un inversor que estuvo averiguando para instalar cines en Zárate y en Colonia, Uruguay, revela su experiencia en cuanto a las cargas impositivas: “En Uruguay los proyectores digitales, butacas, sonido, todo aquello necesario para equipar un cine con tecnología, no tiene carga impositiva. Lo podés importar directamente. Y acá no, te revientan con todo, más allá de que ahora está cerrada la importación. Un kit digital puesto en Uruguay valía 100 mil dólares, pero final, con fletes, con todo funcionando. El mismo equipo puesto en la Argentina estaba, al menos hasta hace un año, en 140 mil, 150 mil dólares, por las cargas impositivas.”

Para Racauchi este año se avanzó con algunas facilidades pero no lo suficiente:Algún ítem se redujo en función de una decisión que tomó el MERCOSUR que no se estaba aplicando en la Argentina, pero tengo entendido que para Brasil el tema de la digitalización fue un tema prioritario y tiene beneficios impositivos o arancelarios que todavía nosotros no tenemos.”

La comparación con la experiencia del país vecino, que tiene más de 540 salas digitalizadas, parece inevitable. Ariel Direse lo explica: “Ellos aprobaron por ley un programa que se llama RECINE; es un apoyo directo al programa de digitalización, que otorga exenciones impositivas a todos los elementos de la digitalización, con lo cual, les baja la carga impositiva: si, antes de la ley, un proyector se pagaba 10 más un 60 por ciento, ahora se paga 10 más el 20 por ciento. Entonces realmente les resulta más económico. Acá hay que articular con distintos organismos, estamos en conversaciones. Un paso importante en la materia es la declaración, por decreto de la Presidenta, del cine como actividad industrial. Es el primer paso para empezar a trabajar en políticas de exenciones impositivas para todo el sector audiovisual.”

La transición y los independientes

La distribuidora independiente Zeta Films estrenó con éxito el año pasado Pina y La cueva de los sueños olvidados. Cine documental y de autor en 3D. “Fue una locura que salió bien. Pero hoy ya no hay películas como esas”, dice el responsable de la hazaña, Carlos Zumbo. El digital, asegura, le da más chances de estrenar, dado el considerablemente menor riesgo económico que supone, pero también por permitirle mechar algunos horarios sin la necesidad de que los exhibidores le tengan que dar la sala completa.

Sin embargo, la realidad de este año fue distinta. “Hubo un parate fuerte en el ingreso de proyectores. Los planes de lanzamiento que había hecho, teniendo en cuenta el ritmo de digitalización del año pasado, se derrumbaron.”

Tras la mala experiencia en 35mm de El Mal del Sueño, estuvo cinco meses posponiendo el estreno de El molino y la Cruz.“`Después de agosto vas a tener lugar´, me decían”. Para entonces, los prometidos nuevos proyectores digitales seguían varados en la Aduana.

“Uno sigue esperando, pero en la espera uno se puede llegar a fundir”, concluye con preocupación.

La reconversión de un gigante

“La situación de los proveedores de material fílmico no depende de ninguno de los estudios ni tampoco de los exhibidores, lo cual abre un interrogante indudablemente preocupante”, dice Martín Iraola, para quien hoy “la actividad del fílmico está en tiempo de descuento”.

Alejandro Heredia, Gerente General de Cinecolor, revela que entre el 15 y el 20 por ciento de las copias que sacan son de Fuji; el resto, de Kodak. ¿La razón? Cinco de las seis majors tienen convenio con la empresa fundada por George Eastmanen 1889. “Su futuro es incierto”, reconoce el hombre de la empresa líder en el negocio de posproducción y laboratorios.

Ahora bien, ¿cómo afecta la digitalización a la mayor empresa de multicopiado de la región? Heredia despeja los fantasmas, a la vez que hace gala de la habilidad de la empresa para transformarse y adaptarse al nuevo escenario: “La transformación del cine al digital no es una amenaza, es una oportunidad. Lo que pasa es que como seguimos haciendo copias fílmicas, quizás existe la imagen de que estamos agarrados a ese negocio, pero la verdad es que ya hace un tiempo que estamos haciendo las copias digitales en DCP y ahora vamos a convivir con una tercera opción que es el delivery de las películas a través de un sistema de transmisión satelital”.

Esta forma de distribución significaría, entonces, el fin de la distribución física. Ya no habría necesidad de trasladar las pesadas películas en 35 mm pero tampoco las valijas con el disco duro. Ahora la película llegaría a los cines 72 horas antes del estreno de manera satelital. “Nosotros vamos a recibir las películas tanto de distribuidores extranjeros en el exterior como de distribuidores nacionales; desde un telepuerto ubicado en Chile las vamos a subir al satélite través de una red de fibra óptica que tenemos entre todas las locaciones de Cinecolor (en Buenos Aires, Brasil, México, Colombia y Chile), y desde allí se van a bajar en cada complejo.” Instalado el telepuerto, alquilado el satélite, en pleno proceso de montaje de las primeras antenas en los cines y hechas con éxito las primeras pruebas, apuntan a empezar a operar y bajar las películas antes de lo imaginado: a partir del primero de este mes. Heredia confía, así, demostrar y comprobar la confiablidad del sistema. “El desarrollo más importante va a ser el año que viene. Pero para eso es necesario que las pantallas estén digitalizadas.”

El cine, última conjunción de arte e industria en hacer el paso completo al digital, se puso a tiro. Y ya nada será como lo conocíamos.

 

El freno a la digitalización

El año de la parálisis

 

Con las trabas a las importaciones como principal obstáculo, la digitalización de salas apenas creció en una temporada que puede terminar siendo récord en recaudación.

Por Esteban Sahores

Las cifras son elocuentes. Si 2011 terminaba con un total de 155 salas digitalizadas (con 100 proyectores ingresados), en lo que va de este año, que ya alcanzó la astronómica cifra de 41 millones de entradas vendidas, el número asciende apenas a 189.  Sólo 39 salas lograron dar el paso al digital, dejando al país en un porcentaje del 23,7 por ciento (de un total de 821 salas comerciales). El crecimiento con respecto al año anterior es de 3,8 puntos porcentuales.

“El año pasado creció muchísimo más que éste, los cines no pudieron traer muchos proyectores. Salvo Cinemark, que instaló uno o dos, el resto no pudo. De acá a fin de año se supone que Hoyts y Cinemark ponen 20 nuevos”, dice Chandler, responsable del sitio web Cines Argentinos. “El problema no son los proyectores en sí sino los conversores 3D, el servidor o …siempre hay algo que cae en la lista negra de la aduana e impide el funcionamiento total del proyector”, aclara.

Para Leonardo Racauchi, al frente de la Cámara Argentina de Exhibidores Multipantallas (CAEM), ha sido la causa principal del brusco freno del crecimiento de la digitalización, junto a la falta de financiamiento: “Las trabas a la importación al equipamiento hacen que no se pueda importar equipos en la medida en que algunos exhibidores tengan posibilidades de hacerlo. Se dilata, se posterga, y ahí está lo que es todo un círculo de trámites que son vox populi, que hoy es un área que está restringida. Pero se han hecho gestiones a través del Instituto de cine para ir liberando ciertos cupos.”

Ante la pregunta sobre las estimaciones recientes de la presidenta del INCAA sobre el plan de tener el total de salas del país digitalizadas para fines de 2013, el abogado opina: “Aspiramos a digitalizar lo antes posible pero imperiosamente necesitamos la financiación y el segundo tema, que los equipos entren al país. Entonces, si el dinero está, es probable que los objetivos de digitalizar que se propuso Liliana Mazure se cumplan”.

“Ahora estaban liberando”, dice Cacho Ortiz, responsable de la cadena de cines del interior Lumiere, la segunda del mercado en cantidad de salas detrás de Hoyts.

 

Las medidas del INCAA

"Se va a ver más cine argentino"

El Instituto se pone en carrera. Al convenio para digitalizar 150 salas, principalmente Espacios INCAA, se sumó recientemente el esperado anuncio de una línea de créditos para privados. Pero el plan incluye, además, la fiscalización online de la exhibición y la distribución de las películas vía satélite o fibra óptica. Ariel Direse, Coordinador del programa de Digitalización de Salas, lo explica.

 

El INCAA también tomó nota del inminente apagón analógico: “Creemos que para fines de 2013 el fílmico va a quedar prácticamente en desuso y ya el formato digital va a ser de uso corriente para la distribución y exhibición cinematográfica. De hecho ya lo es hoy en día y la mayoría de los films se producen digitalmente. La ampliación o el paso a 35 mm carece de sentido”, dice Ariel Direse, funcionario de la calle Lima al frente del proceso de digitalización.

Por ello, en agosto de este año, el Instituto tomó la primera medida: firmó un convenio con la Empresa Argentina de Soluciones Satelitales S.A (Ar-Sat) para la provisión de 150 proyectores HD, sonido digital y software de gestión para salas de todo el país. La idea es, además de proveer a los 42 Espacios INCAA actualmente existentes, ampliar ese número a un piso de 80 (uno en cada provincia, como mínimo) y el resto destinarlo a otros espacios que se puedan ir integrando (o no) al programa, como salas provinciales, municipales, de sindicatos o incluso de privados. “Queremos que haya cine en todos lados. La idea es poder recuperar aquellos espacios que no han sido vendidos o destinados a otros usos, sobre todo en áreas de gran densidad poblacional pero con pocas salas como el Conurbano”. Sujeto a la disponibilidad presupuestaria, la intención es avanzar instalando unos 25 proyectores por trimestre, todos DCI compatibles.

La otra medida, más reciente y esperada principalmente por los privados, es un convenio con el Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE) que habilita líneas de créditos a una tasa en pesos inferiores a las tasas de mercado, entre el 12 y el 15 por ciento, con el objetivo de que las salas se digitalicen. “El banco ya demostró interés en que si funciona bien puede subir el techo del monto incial de 40 millones de pesos que se estableció y con una tasa de interés muy baja.” En función de ese acuerdo, cada exhibidor debe presentar sus antececentes y una serie de requisitos en el INCAA para que, una vez verificados, éste lo gire al BICE para que se concrete el préstamo. “Hay que analizar cada caso. No es lo mismo un proyecto que quiera abrir una sala u otro que quiera hacer la conversión de analógico a digital, que uno que quiera cambiar su proyector modelo 2011 por otro modelo 2012, o que quiera cambiar butacas”, distingue, para luego remarcar la inmediata y masiva respuesta que ha tenido la iniciativa por parte de los privados.

Además, en la misma línea de priorizar a los exhibidores con menos posibilidades económicas, es posible que el INCAA dé una ayuda adicional con subsidios a tasa.

“Pudiendo digitalizar 150 salas por un lado más todo el parque exhibidor ya existente, primero se va a subir el número de pantallas y por otro lado va a hacer que el acceso al cine sea más masivo de lo que es todavía, más diverso, haya más diversidad de oferta y que aquellos lugares que no eran comerciales puedan ver un modelo de negocio también como para poder desarrollarse dentro de la actividad”.Con esto, imagina, se va a incrementar la cuota de pantalla y también los ingresos. “Creemos que se va a ver más cine argentino”, se esperanza.

Una preocupación central del sector privado era que la iniciativa tuviera el aval de la Secretaría de Comercio. “En su momento se le pasará un listado del equipamiento que está contemplado dentro de este programa. Las presentaciones deben incluir una declaración jurada de que el equipamiento que se está importando es en función de este proyecto y que es material que no está fabricado en el país. Si fuera algo que se fabrica en el país tiene que comprarse en el país”, aclara.

Cuando se le pregunta qué materiales se fabrican en el país, responde: “Distintos componentes. No te estoy hablando ni de servidores ni de proyectores, pero sonido y butacas se fabrican en el país. Pantallas de cine, estamos en proceso. La idea es poder también trabajar en el tema de la sustitución de las importaciones para lograr fabricación nacional y generar puestos de trabajo locales y que sea un proyecto amplio en todo sentido. Son casi 700 salas que se van a digitalizar, a las empresas les va a convenir, tal vez, venir e instalarse en la Argentina”, especula.

Los planes futuros del INCAA incluyen, a su vez, el uso de un software a través del cual se fiscalice tanto la cuota de pantalla y la media de continuidad como la venta de entradas.  Todo de manera online, sin necesidad de enviar inspectores.

Pero tal vez el plan más ambicioso sea el de, al igual que Cinecolor, ofrecer junto a ARSAT un servicio de distribución satelital y por fibra óptica tanto a distribuidores nacionales como extranjeros. “El distribuidor viene al INCAA, presenta la película para calificar, y en ese momento también hace la declaración jurada de a qué salas va a enviar esas películas. Eso se carga a un sistema, que le da la orden a ARSAT para que suba determinada película al satélite o la mande por fibra óptica a determinadas salas. Y así con cada película”, explica.

El plan también incluye poder ofrecer un almacenamiento digital de las películas en el datacenter de ARSAT, “uno de los pioneros en la región y que cuenta con los máximos niveles de seguridad”, asegura.