Tierra Arrasada. Diego Fidalgo cuenta todo sobre “Fotosíntesis”

“Fotosíntesis” es una película que recorre el campo argentino desde la particular mirada de un reportero gráfico que se detiene en el olvido de viviendas y espacios, trazando un paralelismo con la debacle económica y ecológica disparada por el último gobierno.

Por Rolando Gallego

Haciendo Cine dialogó con el director para conocer más detalles de la propuesta.

¿Cómo surgió la idea de Fotosintesis?

El proyecto surge a finales del 2011, comienzos del 2012. Con Matías Sarlo nos conocíamos de nuestros respectivos trabajos en prensa, él como reportero gráfico y yo como camarógrafo de prensa. Un día me contó que estaba empezando un trabajo de indagación fotográfica que tenía que ver con la desintegración de los lazos y culturas rurales en los pueblos de la pampa húmeda. El primer lugar donde notó esa problemática fue en su propio pueblo, Rafael Obligado, del que había partido hacía más de 10 años para estudiar fotografía en Rosario. En los viajes que hacía a visitar a su familia notaba que cada vez vivía menos gente en el lugar, que los clubes y los lugares de encuentro iban desapareciendo, había una mutación que quería saber si estaba pasando también en otros lugares. Me pareció que allí había una historia para acompañar, así que en marzo de 2012 hicimos la primera jornada de rodaje que consistió en viajar a su pueblo y grabar en algunos de los lugares donde Matías había trabajado, como por ejemplo un silo donde se almacenan los granos de la cosecha. También fuimos a un campo donde estaban cosechando soja, de allí sale la imagen que luego sería la tapa del afiche. Matías observando en su cámara la foto que le tomó a una cosechadora mientras levanta soja.

¿Cómo fue trabajar con Matías y acompañarlo?

Desde el primer momento tuve que pensar en cómo me iba a relacionar con el trabajo de Matías, cómo encontrar la distancia justa para no interferir en su trabajo y su modo de encararlo, estar cerca, pero intentar pasar desapercibido. Sabía desde el primer momento que no iba a haber entrevistas ni voz en off. Se trataba de un trabajo de observación, de un registro del registro que hacía Matías. Él me decía, el fin de semana voy a ir a tal pueblo que vi que hay una casa abandonada rodeada de soja, entonces íbamos y yo lo seguía cámara en mano, sonido directo, tratando de captar la forma de trabajo que él tiene, e intentar seguirlo en todo el proceso: la toma de las fotografías, el revelado y digitalización, el armado de una serie y por último la edición y venta de los libros que él mismo edita con su editorial Lucio V. Ediciones. Todo este proceso se da en un territorio de tensiones entre los agronegocios, la gente que intenta volver a habitar el campo y producir bajo el paradigma de la agroecología, la tensión entre vecinos por el tema de las fumigaciones con agrotóxicos. Matías intenta darles un sentido a sus fotografías, establecer un diálogo con todas esas problemáticas, mostrando desde su poética lo que el campo dejó de ser y lo que intenta ser. En esa tensión está rondando el documental.

¿Cuánto tiempo duró el rodaje?

Matías se había planteado hacer un registro de los pueblos a lo largo de 10 años. Empezó en el 2009, yo me sumé a su trabajo en el 2012 y lo acompañé a lo largo de 7 años. Realizamos juntos entre 40 y 50 viajes a lo largo y ancho de la pampa húmeda: Santa Fe; Corrientes; Entre Ríos y Buenos Aires.

¿Qué trabajo de investigación realizaste para incorporar el tema de la ecología en la película?

Matías ya tenía mucha información sobre el tema que me iba compartiendo a lo largo de nuestros viajes, y yo por mi parte empecé a leer mucho sobre agronegocios y conociendo gente que estaba trabajando sobre el nuevo paradigma de la agroecología. En las ciudades se tiene una idea del campo muy abstracto, no se termina de entender que nuestros alimentos provienen de allí y que es importante que nos involucremos e interesemos por lo que ponemos sobre nuestra mesa, que la soja precisamente no es un alimento apto para los humanos y que las verduras que consumimos por lo general vienen de muy lejos y no se tiene idea cómo fueron producidas, se suma a eso que los controles y las lógicas de la industria alimenticia parecieran tener los mismos intereses. Por otro lado, todo esto que veía junto a Matías me hizo comenzar a relacionarme con gente que estaba trabajando sus campos desde la agroecología, como por ejemplo Marcelo Frattín en PACA (Proyecto Agroecológico Casilda) con el asesoramiento de Eduardo Spiaggi, que es un docente y gran divulgador de todas estas experiencias.

¿Cómo seleccionaste a los personajes que mostrás?

La gente que aparece en el documental son el resultante de las relaciones que establece Matías con ellos y la propuesta que él les hace para retratarlos o hacer un registro documental. Él pasa mucho tiempo investigando, vinculándose con gente que le interesa y va tramando una red de trabajo con un corpus fotográfico impresionante. Yo creo que intenta reponer imágenes de una ruralidad muchas veces invisibilizada, de un campo al que alguna vez él mismo perteneció y que intenta evitar que se desvanezca, allí está la fotografía como testigo mudo.

¿Qué crees que aporta “Fotosíntesis” a la historia de un cine que busca respuestas a partir de la presentación de hechos y que además refleja los últimos años de desidia estatal y mirar para otro lado?

“Fotosíntesis” juega con el concepto del proceso químico de captación de la luz de las plantas, como alimento, así como la luz fija las imágenes en la emulsión del negativo (Matías trabaja tanto analógico como digital) y hay allí un encuentro poético muy interesante, de volver a pensar algunos procesos, de intentar volver a la senda de una relación con la naturaleza más armoniosa. Entiendo que es vital salir de esta matriz de agronegocios vinculado al extractivismo, como decía Andrés Carrasco, los OGM vegetales son un vehículo diseñado no para alimentar al mundo sino para la apropiación sistemática e instrumental de la naturaleza, son sin duda un instrumento estratégico de control territorial, político y cultural. Yo creo además que está suficientemente probada la relación entre los agrotóxicos y la suba de la tasa de cáncer. Por otro lado, tenemos a la agroecología que viene demostrando que rinde lo mismo que lo que produce el agronegocio, con el plus de que no envenena ni contamina los territorios y los ríos de nuestro país. Como le escuché decir a muchos de los productores en agroecología, no hay que esperar que se caiga el modelo industrial, hay que empezar a trabajar y demostrar que hay otra forma de producir alimentos. Cada vez son más los que se animan a abandonar las “buenas prácticas”. Se trata de empujar desde abajo e intentar poner en cuestión y en jaque las relaciones que han establecido los lobbies sojeros en todo el país, cooptando políticos, funcionarios, medios periodísticos, imponiendo finalmente un modelo que concentra la riqueza en pocas manos, expulsando a la gente de su territorio, obligándola a hacinarse en las ciudades en condiciones de vida indignas.

¿Cómo te sentís con el estreno?

Es la primera vez que voy a mostrar un documental en el Gaumont, que ha sido un faro y un espacio para los realizadores independientes en nuestro país, así que estoy feliz de poder exponer allí éste trabajo que intenta dialogar con otros, en esta cruzada que sostiene el cine a veces contra todos los inconvenientes que implica hacer una película por estos lados.

¿Estás trabajando con algún nuevo proyecto?

Bueno, tengo algunas ideas que están dando vuelta alrededor de la misma temática, creo que por ahora es algo que no voy a poder abandonar, me parece que la lucha por la soberanía alimentaria atraviesa a todo el mundo y creo que es allí donde me interesa por ahora poner el foco.