Todos los colores de la oscuridad

Ahora que entró en las grandes disputas, es hora de reconocer a quienes más lo militaron: Daniel de la Vega jugó, raspó y metió para que el cine fantástico tenga su espacio. Y, sin detener la marcha, con Ataúd blanco aporta una nueva gota de sangre a la cuestión.

Nunca sobran los motivos para subrayar que algo pasó: que, cuando el INCAA decía que no, los directores del cine fantástico nacional decían “no importa, la hacemos igual”. Y que ahora, no tanto tiempo después, casi todas las semanas hay un estreno de corte terrorífico en cartelera. En esa vía, uno de los nombres que más se repiten es el de Daniel de la Vega, conocido por dirigir Necrofobia 3D, Hermanos de sangre y, además, por otro tendal de colaboraciones en todos los rubros técnicos posibles.

Esta vez De la Vega, con un CV robusto en la independencia (La muerte conoce tu nombre, Jennifer’s Shadow, el corto El martillo, y siguen las firmas), se despacha con Ataúd blanco, un film con cuerpo de road movie y vestido de terror. Aquí regresa con una película retorcida, con personajes expuestos a situaciones límites y con un final sin concesiones. “Ataúd blanco se hace cargo de lo que cuenta”, se ataja el realizador. Y, de paso, tras las mencionadas omisiones, anota un porotito al vigoroso estado actual del cine de terror (post) nac & pop.

Luego de años reposando mansa en cajones y computadoras, Ataúd blanco es una realidad. La leyenda dice que fue escrita en el año 2007 entre Adrián y Ramiro Bogliano, responsables de la productora platense Paura Flics y de películas como Sudor frío y Penumbra. “Para ese momento, los tres transitábamos cierta independencia”, recuerda Daniel. “Yo ya sabía que los Bogliano iban a llegar donde llegaron dentro de la industria”, se la juega a propósito de quienes hoy son dos destacados de la escena del fantaterror latinoamericano. Su idea era escribir un guion a seis manos: querían hacer de ese guion “una montaña rusa infernal”.

En el relato, una madre separada y su pequeña hija detienen su camioneta a la vera de la ruta. Escapándose de sus dramas, emprenden una aventura por un camino árido. Tras un parate, la pequeña hija de Victoria (Julieta Cardinali) desaparece. Victoria no tardará en descubrir que no es la única metida en esta situación y que su hija fue secuestrada por una organización satánica con la intención de practicar una de sus misas negras. Sus actos serán puestos en tela de juicio y descubrirá que hay cosas peores de lo que la más enrevesada mente humana puede imaginar.

Julieta Cardinali fue la primera persona que leyó el guion y, paradójicamente, terminó siendo la protagonista de la película. “Para mi sorpresa, ella aceptó”, reconoce De la Vega. Su trabajo como cineasta ha tenido algunas dificultades, fundamentalmente para conseguir elencos conocidos para el ojo del espectador casual. “No es fácil que una actriz como Julieta se sume a un proyecto de terror, habla muy bien de ella”. La otra protagonista, Eleonora Wexler, también fue un hallazgo para De la Vega: “Me sorprendió su interés y su compromiso con el género”. ¿Y Rafael Ferro? “Tuvo que apostar a un personaje muy difícil, de esos que están en un límite entre lo real y lo irreal, lo fantástico y lo verosímil”.

Suerte de The Hitcher moderna (aquel slasher de acción con Rutger Hauer) con toques de Dust Devil (de Richard Stanley, el mismo de esa obra maestra llamada Hardware) y con mucho de The Wicker Man (la de 1973, no su remake), Ataúd blanco se tensa como un “thriller de decisiones”. Y, entre sus venas, un manto religioso, onírico y perverso. “El objetivo de base es hacer películas para que la gente las disfrute”, agrega De la Vega.

“Después de tantos proyectos, solo quiero seguir filmando. Me hace muy bien aportar al cine de género argentino de cara al crecimiento que está atravesando”, explica inflándose el pecho. ¿Algunos ejemplos recientes de largometrajes de género con vuelo propio? El eslabón podrido (Valentín Javier Diment), Resurrección (Gonzalo Calzada) y La valija de Benavídez (de María Laura Casabe), entre otros. De su boca: “Estamos transitando una instancia evolutiva, acompañados por el INCAA”. En estos momentos, el saldo es positivo: ahora el INCAA dice que sí.

Sin lugar a dudas, el espacio más discutido de Ataúd blanco es su final, un final que se ajusta a cierta incorrección política. Es que, aunque la afirmación suene polémica, es una película de lecciones morales. Y fue este uno de los tantos motivos por los cuales la película se demoró en salir. “Era muy difícil la propuesta que estábamos llevando a cabo”, reconoce Daniel. De hecho, hasta hubo intentos de algunos productores de revertir el final, de cambiarlo, de que la película se convirtiera en otra. No obstante, mientras el féretro blanco invita, provoca y dispone, De la Vega logró su cometido: contar una historia seca, incómoda y agria. Y que tanto el INCAA como los productores vuelvan a mover sus cabezas de arriba a abajo, de abajo a arriba, siguiendo la marcha del sí.

 

Mi mami no lo hará

Por primera vez, Daniel de la Vega filma más exteriores que interiores, y esa decisión les da aire a su película y a él como director. Ataúd blanco es cine de terror, claro, pero más maduro, de ese que toma lo que le sirve para hacer crecer un relato y no momificarlo.

Un auto avanza por la ruta durante una tarde gris. Una mujer conduce mientras entretiene a su hija conectando palabras. El juego se detiene cuando la niña dice “papá”. El silencio manifiesta el conflicto. Suena el celular, se escucha una voz masculina. “No lo voy a volver a ver, ¿no?”, pregunta la chiquita. Su mamá cambia de tema, mirando hacia adelante. Estamos ante un escape, una fuga sin rumbo fijo. En un momento la ruta se transforma en un camino de tierra como señal de que ese auto acaba de ingresar a territorio desconocido. Desde su inicio, Ataúd blanco, la nueva película de Daniel de la Vega (un director argentino con largo kilometraje en el género del terror), dispone sus piezas con cuidado y delicadeza.

La música envuelve la escena y la vuelve terrorífica. Escuchamos unos teclados que parecen clavarse sobre las imágenes junto a un bajo que se sacude con un ritmo similar al de los latidos del corazón. Se suman unos violines para aumentar el dramatismo. El encargado de componer esa pieza fue Luciano Onetti, quien también es director y tiene en su haber dos películas de terror. “Que Luciano sea realizador de género facilitó enormemente la búsqueda expresiva y el diálogo para encontrar lo que estábamos buscando” dice De la Vega. Finalmente, la atmósfera de esa escena se detiene en un coro de voces infantiles que la recubre de una textura pesadillesca. El sonido y la musicalización tienen un fuerte protagonismo en el cine de terror. Pueden sugerir lo que las imágenes esconden, y anunciarnos lo que está por venir. Ataúd blanco maneja bien ese recurso; sabe cuándo subir el volumen y cómo administrarlo.

La nueva película de Daniel De La Vega cuenta la historia de una madre que cae en el juego de un grupo de secuestradores que capturaron a su hija. Ella, junto a otras dos mujeres, deberá encontrar el elemento que le da título a la película para salvarla. Solo existe un ataúd, por lo que apenas uno de los niños podrá sobrevivir. El escenario es un pueblo perdido, y el papel protagónico está a cargo de Julieta Cardinali. Su rostro frágil es ideal para interpretar a esta madre insegura que no está preparada para lo que le espera: un juego que implica varias muertes, incluida la suya. “Julieta fue mi primera opción para el rol. Tuve la suerte de contar con una actriz comprometida que supo asumir los riesgos que el guion proponía“, cuenta el director.

Ataúd blanco es el cuarto largometraje de Daniel de la Vega. Por primera vez el director abandona los escenarios cerrados para abrirse a una propuesta que juega más con las locaciones en exteriores y que incluye persecuciones ruteras. “Debe ser la primera vez que los horizontes juegan un rol protagónico en una de mis películas”, afirma el director de Necrofobia. Y, si hablamos de género, hay que decir que Ataúd blanco coquetea con las road movies sin ser estrictamente una. Solo toma los elementos que le sirven a su historia para continuar su camino. Veamos: el viaje implica una transformación para el protagonista, pero ese cambio está dado con algo que encuentra fortuitamente en un lugar al que llega luego de cruzar umbrales simbólicos (como el camino de tierra). El conflicto en esa madre está dado por el secuestro de su hija, y no tiene que ver con algo, digamos, ontológico, o con un cambio en su interior determinado por la experiencia misma del viaje.

Los autos tienen protagonismo en Ataúd blanco, especialmente en las escenas de persecuciones, pero eso no basta para definirla como una road movie, porque de esa manera la saga Rápido y furioso pertenecería a ese género y todos sabemos que no es así. Y tampoco aparece la identificación del vehículo con el protagonista: en películas como Easy Rider o Death Proof, el vehículo es una extensión de quien lo conduce; define su personalidad y es un objeto de deseo, tenemos ganas de subir a esa moto, de manejar ese coche. El de la madre interpretada por Cardinali es un auto común y corriente, y pasa desapercibido durante la película. Lo que sí sucede en Ataúd blanco es que algunos vehículos, especialmente los conducidos por los villanos durante las escenas de persecución, están filmados como si tuvieran vida propia. Esa personalización está muy bien lograda, como en el caso de una camioneta de remolques que avanza mediante un encuadre que homenajea a la película que inventó esto de mostrar a un vehículo como si fuera un monstruo: Duel, de Steven Spielberg.

 

Ataúd blanco

De Daniel de la Vega

2016 / Argentina / 75’

Estreno: 8 de diciembre (Energía Entusiasta)