Toque y toque, botón

Los periodistas Rómulo Berruti y Alfredo Serra se juntan desde hace más de 50 años a tomar bourbon, recordar anécdotas y, muy especialmente, a cultivar un entusiasmo peculiar: el fútbol con botones. Cracks de nácar, película dirigida por Edgardo Dieleke y Daniel Casabe, nos permite jugar un rato con ellos y disfrutar de esta amistad tan absurda como querible.
Rómulo Berruti y Alfredo Serra, amigos entre botones.

Nota publicada en la edición impresa del número de septiembre de 2012.

 

Si del fútbol se dice que son veintidós tipos corriendo detrás de una pelota, con el fútbol de botones se podría ser aún más tajante y afirmar que ni siquiera son tipos, sino botones y que ni siquiera corren, sino que están parados, dispuestos sobre una superficie de vidrio, a la espera del impulso propinado por una tarjeta de póker, que los hace chocar contra un botoncito de metal que hace las veces de balón, con la esperanza de impulsarlo hacia el arco enemigo. Básicamente a eso, fútbol de botones, juegan Rómulo Berruti y Alfredo Serra desde hace más de cincuenta años.

Como ocurre con cualquier deporte/juego, las contiendas no implican meramente una acumulación anecdótica de resultados, sino ejes de un relato que se construye incesamente con héroes, villanos, epopeyas, fracasos y jugadas memorables. Cracks de nácar se propone rescatar algo de la riqueza de ese universo simbólico construido y narrado por dos amigos durante más de cinco décadas. “Más que el juego en sí, lo que me atraía de su amistad era cómo contaban viejas anécdotas. Todo relato es muchas veces más su forma, los detalles, los desvíos, que lo que cuenta en sí mismo”, explica Edgardo Dieleke.

Si bien la amistad excede el juego de los botones, éste es su gran espacio de fantasía, el que permite adosar personalidades y biografías a lo que cualquiera llamaría simplemente un botón. La película rescata este universo no sólo registrándolo sino creando a su vez fantasías o ficciones adicionales. Hay una tendencia creciente en los documentales de borrar lo más posible los límites entre lo real y lo guionado. Cracks de nácar no es una excepción y el mundo botonístico de Serra y Berruti ofrece una buena materia prima para ello. Hay una negación obligatoria de la realidad en el decir que un botón es muy pícaro o que sabe cómo engañar a los defensas rivales. “Uno de los temas principales de la película es el engaño, la mentira, y cómo funcionan en ciertos momentos y situaciones de la vida. El mundo ficticio que los personajes crean alrededor del fútbol con botones es un engaño. Pero en cierto punto no importa, lo que importa es que funciona, para ellos ese mundo de ficción es mucho más que un engaño”, comenta, a propósito, Daniel Casabe.

Pero no toda ficcionalización funciona. A veces, el esfuerzo de generar misterio a partir de si algo es real o no, resta más de lo que suma. Entonces, por un lado tenemos muy buenos momentos de guión, como la dramatización inicial en la que Rómulo Berruti ingresa a una habitación a oscuras y roba un botón (una tontería adorable, una idea tan claramente artificial que da ganas de abrazarla) o los pequeños separadores que brindan una pequeña pero imaginativa biografía humanizada de los botones. Pero por otro lado, tenemos momentos pesados e innecesarios como el falso partido contra los brasileños, una idea que no agrega nada a la fantasía minimalista de los botones, a tal punto que el anticlímax final pasa desapercibido. El mundo paralelo que han creado Rómulo Berruti y Alfredo Serra a partir de su devoción por los botones, a través de décadas de enfrentamientos sabatinos, es lo suficientemente absurdo, inverosímil, extraño y entrañable. No necesita una fantasía adicional. Pero más allá de estos pequeños detalles, Cracks de nácar nos acerca a un mundo secreto y hermoso, en el que vale la pena sentirse parte, al menos por unos ochenta minutos.