Una chica al rojo vivo

Después de décadas de promesas, la Mujer Maravilla por fin tuvo su propia película. Dirigida por Patty Jenkins y protagonizada por la deslumbrante Gal Gadot, la nueva apuesta de DC refleja en pantalla grande los rasgos más icónicos del personaje, y lo rodea de potentes escenas de acción que nos hacen burbujear la sangre.

El primero de junio se estrenó Mujer Maravilla con Gal Gadot, y la verdad que es un merecido y muy demorado retorno del personaje a las primeras planas de la cultura pop. La Mujer Maravilla es uno de los tres personajes más icónicos del universo DC, junto con Batman y Superman, y, sin embargo, la última vez que pudimos verla en la pantalla en formato live-action fue en la serie protagonizada por Lynda Carter a mediados de los años 70. Consideremos por un momento las incontables versiones de los otros personajes: Batman tuvo un par de seriales de aventuras en blanco y negro, la serie de Adam West de los 60, las películas de Tim Burton y Joel Schumacher, las de Christopher Nolan, y la nueva versión con Ben Affleck. Superman tuvo la serie de George Reeves, cuatro películas con Christopher Reeves (con actores como Marlon Brando y Gene Hackman, una de ellas dirigida por Richard Donner), un intento de reboot con Superman Returns de Bryan Singer, y la versión actual con Henry Cavill. Todo esto además de incontables series de televisión, dibujos animados, videojuegos, y spin-offs diversos. 

La Mujer Maravilla es un personaje tan icónico como Batman y Superman, y es lamentable que el sexismo institucionalizado de la industria haya limitado su presencia audiovisual (no hay que buscar mucho para ver ejemplos similares: la contraparte de Warner/DC, el universo cinematográfico de Marvel, estaría lanzando su primera película protagonizada por una mujer, Captain Marvel –con Brie Larson–, recién en 2019 y después de alrededor de 20 películas en su recorrido). En los cómics, a pesar de algunos altibajos, sus historias siguen publicándose sin interrupción desde 1941, año en que fue creada por William Moulton Marston, un psicólogo formado en Harvard que desarrolló el personaje inspirado en la lucha por los derechos de la mujer en los comienzos del siglo XX y por las mujeres con las que compartía su vida y lo rodearon: su mujer Elizabeth Holloway, Olive Byrne, que inspiró la apariencia del personaje, y Margaret Sanger, una activista fundamental en el desarrollo de la planificación familiar y la anticoncepción en Estados Unidos.

Si Batman representa el costado de crime fiction del universo DC, y Superman su nexo con la ciencia ficción, la Mujer Maravilla representa el vínculo de DC con la magia, lo divino y lo mítico. Su origen ficcional está directamente vinculado con la mitología griega. A lo largo de su historia sufrió varias revisiones, y muchos autores hicieron su interpretación del personaje, pero básicamente la historia es así: la Mujer Maravilla nace bajo el nombre de Diana, y es la hija de Hipólita, la reina de las Amazonas, una civilización utópica de mujeres que viven aisladas del mundo de los hombres. Esculpida de la tierra misma de la Isla Paraíso y dotada mágicamente de vida por los dioses, Diana se vuelve una campeona entre sus hermanas Amazonas, gracias a los dones divinos que le fueron otorgados al nacer: fuerza, invulnerabilidad, velocidad, pero también sabiduría, compasión, virtud. Diana vendría a ser algo así como una contraparte femenina de Superman en cuanto a sus habilidades pero con la sensualidad y sensibilidad de una mujer de belleza y atributos míticos. El libro The Secret History of Wonder Woman, de la periodista de The New Yorker Jill Lepore, abre con una cita de William Woulton que dice que “la Mujer Maravilla es propaganda para un nuevo tipo de mujer que, creo yo, debería dominar el mundo”.

Originalmente la misión de las Amazonas era proteger a la humanidad de Ares y su influencia maligna sobre el mundo de los hombres. Al tratarse de un cómic nacido en los años 40, la mejor forma de representar esta influencia maligna era poner a la Mujer Maravilla a pelear contra los nazis. En el cómic original (y también en la película), Diana se encuentra con un miembro del ejército de Estados Unidos (Steve Trevor, Chris Pine en el film), que le muestra los horrores de la guerra y la motiva a abandonar Isla Paraíso para combatir a Ares. En la película de Patty Jenkins cambiaron el setting de la Segunda Guerra Mundial a la primera, acaso para no hacer una película muy parecida a la primera Capitán América del MCU, pero el cambio también es apropiado: situar la historia en esos años pone un mayor énfasis en el contexto feminista de la época. La Mujer Maravilla nace entonces como un serial de aventuras pulp con un fuerte subtexto, pero también con algo de erotismo y subversión. William Moulton era un fetichista del bondage, y por eso uno de los temas recurrentes en los primeros cómics de la Mujer Maravilla es la sumisión mediante cadenas y sogas. Pero, más allá del imaginario erótico, Moulton usaba esta idea para representar la de una mujer que rompe sus propias cadenas, subvirtiendo el tropo de la “damisela en peligro” tan afín al género superheroico. Moulton también contribuyó al desarrollo de la tecnología que permitía el funcionamiento del detector de mentiras, y esta idea también aparecía en la Mujer Maravilla con el Lazo de la Verdad, un lazo dorado que le permite a Diana obtener testimonios de aquellos a quienes somete con él. Otros elementos del vestuario de Diana también remiten a la lucha por los derechos de la mujer que forma parte de su origen (ficcional y no ficcional): en los cómics, las Amazonas se aíslan de la humanidad después de una revuelta en contra de Hércules y los hombres que buscaban someterlas, y visten brazaletes en los brazos como un símbolo que les recuerda que alguna vez fueron sometidas y ahora son libres. Diana usa esos brazaletes en la película para repeler balas y proteger a Chris Pine, una vez más, revirtiendo la idea de la damisela en peligro.

Después de la muerte de su creador, la Mujer Maravilla entró en un período de decadencia creativa pero pasó por uno de renovación a mediados de los 70 con la serie de Lynda Carter, un éxito que duró tres temporadas y sigue siendo hoy un punto de referencia. El relanzamiento del personaje que en los 80 hizo el artista/guionista George Pérez, que había trabajado para DC en el exitoso crossover Crisis en las tierras infinitas, también fue clave. El origen revisado de Pérez puso el acento en el aspecto mítico del personaje, eliminó a Steve Trevor de la ecuación y redobló el subtexto feminista: el primer número de esta versión del personaje muestra el primer femicidio de la historia de la humanidad, y a Diana como la hija reencarnada de la mujer muerta en ese crimen. La versión de Pérez sigue siendo hoy una de las encarnaciones definitivas del personaje, porque recupera las ideas que inspiraron su creación. Durante la Silver Age de los cómics, la Mujer Maravilla sufrió interpretaciones muy reaccionarias: perdió sus poderes, se la mostró como secretaria, dirigiendo un negocio de moda (?) o abandonando a las Amazonas. Pérez recupera el aspecto mítico/heroico del personaje y su caracterización como una heroína entrenada en el arte de la guerra pero atravesada por el pacifismo y una profunda sabiduría y compasión. 

Otra versión revisada del origen del personaje que vale la pena leer es Wonder Woman: Earth One, del genial autor Grant Morrison, un escritor de cómics que siempre supo hacer grandes interpretaciones de los aspectos mitopoéticos de los superhéroes, mezclándolos con ciencia ficción épica y guiones espectaculares y delirantes. En este cómic las Amazonas aparecen como mujeres voluptuosas que viven en un paraíso utópico y futurista, y se recupera la cuestión de la sumisión y las cadenas. La misma portada de esta novela gráfica presenta a Diana encadenada pero con una expresión que la muestra aceptando las cadenas y sometiéndose al juicio compasivo de sus hermanas. De la misma forma, más adelante en el cómic, le propone a Steve Trevor que se someta a ella, entendiendo la sumisión y el bondage no como un acto de masoquismo o humillación sino como un acto de amor. 

Hoy en día, la representación del personaje en el universo de los cómics es compleja. En algunos aspectos, es más progresista –el autor Greg Rucka dijo hace poco que el personaje es “obviamente bisexual”–, pero en otros se ha retrocedido, y se revisó el origen del personaje de forma tal que las Amazonas quedaron paradas como villanas manipuladoras y sanguinarias. Pero, más allá de lo enrevesado que pueda ser el mundo de las historietas y sus constantes contradicciones argumentales, la película que tenemos hoy en el cine es una combinación de los aspectos más icónicos del personaje, en particular de su origen mítico y el espíritu de serial de aventuras. (Los alemanes, aunque en esta ocasión no son nazis, siempre son villanos efectivos. Danny Huston está muy bien en la película interpretando a un general consumido por su propia hibris y megalomanía, y Dr. Poison, la primera villana de la historia de la Mujer Maravilla, también hace aquí su aparición, interpretada por Elena Anaya).

Mujer Maravilla es una película que cumple y dignifica, y en el panorama de la industria mainstream de hoy hacen falta más películas protagonizadas y dirigidas por mujeres. Gal Gadot está excepcionalmente bien en el personaje, badass en las escenas de acción, dulce y graciosa en los momentos de alivio y distensión. La rodea una película con escenas de acción más que competentes, una trama tal vez algo predecible pero efectiva, y personajes secundarios carismáticos. Hay un par de momentos que ameritan elevar el puño en alto de forma celebratoria (el theme épico de Hans Zimmer colabora). Además, es una entrega bastante autónoma del universo DC y, más allá de una breve referencia a Bruce Wayne al comienzo (la película funciona como un relato enmarcado), no hay easter eggs evidentes ni escenas post-créditos, ni cosas que te saquen de la experiencia de la película como las escenas de Batman V. Superman que mostraban a los otros héroes. Y, por sobre todas las cosas, no hay gente reconciliándose por nombres de madres en común. Es una suerte que la mamá de la Mujer Maravilla se llame Hipólita y no Marta.