Una película que no quiero volver a ver

Por Daniel Burman

No podría decirte de qué se trata El acto en cuestión. Es que no lo recuerdo. La vi solo una vez, en el cine Maxi, cuando yo creía que esto de ser director de cine era algo que iba a ocurrirle siempre a otro. Salí de la sala como atontado, como afectado por el estruendo de una bomba. Como dije, no recuerdo nada de su trama, pero sí tengo absolutamente presente la sensación física de haber experimentado algo increíble, de caminar por el hall escuchando un murmullo incesante que me rodeaba, de saber que era uno de los pocos privilegiados de haber sido parte de ese momento en la sala, donde todos, de una manera u otra, rectificamos nuestros sueños en un nuevo horizonte. Queríamos ser algo así como Alejandro Agresti. Por más que nuestros egos aún infantiles no lo aceptaran, todos hubiéramos querido filmar esa película, o al menos un plano de ella, especialmente aquel en el que un hombre camina sobre sus propias palabras, y la cámara descubre que al fin y al cabo todo es un escenario, un simulacro múltiple donde ocupamos apenas una habitación minúscula. No quiero volver a ver El acto en cuestión en mi vida. Prefiero seguir con el recuerdo de aquella sensación, porque el eco de aquel estruendo sigue sonando y, si me cuentan de qué se trata la película, quizás se me olvide.