Wino para robar

Después del éxito de Mi primera boda, Ariel Winograd vuelve al ruedo con Vino para robar, una comedia de acción protagonizada por Daniel Hendler y Valeria Bertuccelli. Su experiencia en Hollywood. El hacer películas para el gran público. La construcción de un star-system alternativo. Los nervios ante un estreno. Su mujer. La vida.

La voz –seca, adulta, ronca- llega a través del teléfono.

—Llamame en un minuto.

En algún lugar de Buenos Aires, probablemente en Palermo, se escuchan ruidos y esa voz de hombre que masculla –monocorde pero amigable, con olor a noche aunque es de día- un encuentro.

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Lunes, tarde. Bar. Palermo, Buenos Aires. El hombre de la voz seca, adulta y ronca, monocorde pero amigable, con olor a noche aunque es de día, lleva campera negra, pantalón a cuadritos beige y zapatillas oscuras. A su lado, una mujer de vestido claro habla por teléfono. En la mesa hay restos de bebidas: una taza de café vacía, una Coca Cola Light a medio terminar junto a dos rodajas de limón que no fueron usadas.

—Nathalie, mi pareja. –dice él, presentándola a ella.

Ella saluda sin perder la conversación que lleva adelante por teléfono. Él la introduce porque la sabe importante. Él es Ariel Winograd, director de cine. Ella, Nathalie Cabiron, productora de cine, su productora, mujer y madre de su única hija.

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Ariel Winograd está por terminar su cuarto largometraje: Vino para robar. Se lo ve algo cansado, impaciente y bastante nervioso. Nathalie Cabiron, se huele, es quien lleva adelante la parte racional del cuento: produce y nunca se sale del rol. 

—¿Cuánto dinero salió Vino para robar, Ariel?

—No tengo idea, esas cosas no me interesan. Que te responda ella.

Y ella, sin soltar el teléfono, mira con la única cara que puede mirar. Mueve la cabeza para un lado y para el otro haciendo el gesto universal del “no”. Claro, es que a ningún productor le gusta hablar de esas cosas.

—¿Cuánto salió dinero Vino para robar, Nathalie?

—No debería decirlo pero salió 8 millones de pesos. –responde y sigue en la suya.

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La película está protagonizada por Daniel Hendler y Valeria Bertuccelli, una pareja que nunca antes había trabajado junta. De movida, ambos son parte del cosmos de actores convocantes. Esos que mueven al espectador argentino de la casa a la butaca de los cines. Aquí, Hendler es Sebastián, un experto en robos. Sebastián conoce a Natalia (Valeria Bertuccelli) cuando está intentando robar una importante pieza de arte de un museo, y ella le gana de mano. Rivales declarados, los dos tendrán que trabajar juntos más adelante, en un robo más complejo: una botella de Malbec de Burdeos de mediados del siglo XIX, catalogada como uno de los mejores vinos del mundo y celosamente guardada en la bóveda de un banco, en Mendoza.

—Es una botella que se guarda desde la época de Napoleón III. En Francia, en el 1800, los vinos eran blends, no eran varietales. Los varietales empezaron a existir hace cuarenta años. Entonces, todos los vinos eran mezclas de uvas distintas. Pero había mucho Malbec. Eso es algo de lo que Francia trató de ocultar porque vino una plaga. Y la plaga se comió al Malbec y a otros varietales. En cambio, el Cabernet fue el único que sobrevivió. Así, ellos empezaron a sembrar Cabernet y comenzaron a hacer vinos basados fundamentalmente en uvas Cabernet. De esta forma se convirtieron en los que mejores hacen el Cabernet en el mundo. Y el Malbec quedó rezagado. En Mendoza se da bien el Malbec. Hoy compite en los mercados internacionales. El caso es que esta botella es anterior a la plaga, donde, si bien es un blend, es... –acá, Nathalie es interrumpida por Ariel.

—Estás omitiendo un detalle importante: supuestamente, Napoleón III era un fanático grosso de los vinos, que tenía cultivos secretos en todo el mundo. Y uno de esos lugares sería Mendoza, antes de que se llame Mendoza. Y esa botella contendría “el Malbec original”.

—Está bien. Lo importante es que es Malbec y que los franceses negaron el Malbec.

—No, pero ese dato lo sacamos después de juntarnos con especialistas en Mendoza. No estaba en el guión. Nos ayudaron a construir esta historia que tiene un poco de verdad y un poco de fantasía.

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Y fue Mendoza, durante unas seis semanas, el lugar en donde se desarrolló el rodaje. Por caso, los paisajes no fueron pensados en términos de una co-producción, sino que estaban plantados desde el guión original. Es que, además, Mendoza tiene una característica muy especial: su clima es igual al de Hollywood. Ahí no llueve nunca.

 

—Filmar en Mendoza fue increíble. Tiene unas locaciones que todavía nadie, en el cine argentino, vio. –señala ella.

—Bueno, las vimos nosotros. Ya está. –arremete él.

—¿Y por qué nadie había hecho una película así?

—Porque es un quilombo. –responden ambos, al unísono.

 

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Vino para robar es una película sobre robos pero, justamente, una donde se roban un vino. Una historia que pertenece a un género inexplorado en nuestro país: los caper movies, películas de atraco cuyos máximos referentes son Rififi, La Gran Estafa, La Estafa Maestra y casi todo el cine de Jean-Pierre Melville. Y sobre ese género, Winograd tiene una experiencia poco difundida: trabajó como video asistente en El Plan Perfecto, aquel film norteamericano dirigido por Spike Lee donde un grupo de ladrones roba un banco burlando a todos.

 

—Volví a verla y había unas cosas de grips, de camionetas y muchas otras cuestiones que estaban buenas y las metí en la película.

De Hollywood a Palermo, y de Palermo a Mendoza sin solución de continuidad.

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La hora avanza y hay algo sin terminar. Winograd se impacienta, suspira. Cabiron, mucho más. Algo realmente importante late. Y mucho, mucho más teniendo en cuenta que el estreno será en semanas. ¿Qué cosa falta? Pues, la película. Vino para robar tiene un corte de montaje y está recibiendo todo el tratamiento de color más algunos detalles digitales en post-producción. El laboratorio que está trabajando en los detalles del largometraje es Cinecolor. Se habla de cine argentino. De cómo conquistar al público. De encontrarle la vuelta a esa intríngulis furiosa de generar un star-system alternativo a Ricardo Darín y Juan José Campanella.

 

—Hendler viene de tener un año increíble con Graduados. Filmamos en Mendoza con vallas, como en Hollywood. La gente se volvía loca por sacarle fotos. –apunta Winograd mientras paga la cuenta de aquel café y Coca Cola Light que tomaron junto a su mujer.

Star-system. Daniel Hendler. Valeria Bertuccelli. Palermo. Mendoza. Hollywood.

Y seis son las cuadras que separan al bar del laboratorio. Al ocio del laboro. A la incertidumbre del “¿qué pasará?” de los nervios del “¿qué pasó?”.

 

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Lunes, tarde-noche. Laboratorio. Palermo, Buenos Aires. Un sillón de cuero frente a una enorme pantalla. Delante, un termo vacío apoyado sobre una mesa de vidrio. Detrás, una consola enorme con tres computadoras Mac de última generación que parecen controlar el lugar.

 

—¿Querés ver cómo quedó la escena del puente? –le dicen a Winograd desde esa consola enorme.

Y Winograd, suspira.

Hay, en la dialéctica de los productores con los directores, una lucha de gigantes por el corte final de la película. En la pantalla, Hendler y Bertuccelli paran un micro. El cielo es de noche. O, más bien, luce de noche. Ese cielo sería tocado digitalmente ya que la escena original fue filmada de día. Y Winograd, suspira. Lo hace porque está en contra de la decisión de virarlo a noche. Al diálogo se suma gente de Patagonik, productores de la película. En la producción, coinciden en que el cambio suma. Y Winograd, suspira.

 

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Winograd es conocido en el mundo de la cultura juvenil por ser el director responsable de un buen puñado de videoclips de la banda de skate rock Massacre. Además, es el realizador de Cara de Queso: Mi Primer Ghetto, una de las películas más celebradas por la cinefilia nerd argentina.

Cara de Queso es casi como un documental de mi vida.

También, dirigió la incunable Fanáticos y el éxito rotundo de Mi Primera Boda, con Daniel Hendler y Natalia Oreiro, película que metió la friolera suma de 300.000 espectadores.

 

—¿Y cómo crees que le irá a Vino para robar?

—La verdad, no lo sé. Si supiera, sería todo más fácil. Pero 300.000 espectadores estuvo muy bien, ¿o no?

Cabiron mueve la cabeza de un lado al otro, haciendo el gesto universal del “no”. Y Winograd, con su voz seca, adulta, ronca, monocorde pero amigable, con olor a noche siendo ya de noche, suspira y dice:

—300.000 estuvo muy bien.

Y así, con el sigilo de un ladrón de bancos, desaparece.

 

De guiones y productores

“Para hacer una película así, la cosa es estar con Telefe o Patagonik. No hay otra”, explica Winograd.

 

El guión de Vino para Robar lo escribió Adrián Garelik, un debutante en el mundo del cine comercial, un profesional del mundo del teatro. “Adrián lo tenía dando vueltas hace cinco años. El primer mail me lo mandó el 29 de mayo del 2012. Ahí lo leí por primera vez”, apunta Winograd. Del mail al estreno: un año y tres meses. Dice la leyenda que estuvo por ser dirigido por Hernán Goldfrid, el mismo de Tesis sobre un homicidio, quien habría dado unas devoluciones que, según parece, quedaron en el guión final. Y ese guión, que agarraría Nathalie Cabiron y acercaría sin éxito al productor de éxitos Axel Kuschevatzky, terminaría en manos de Patagonik y Canal 13. Winograd: “Para hacer una película así, la cosa es estar con Telefe o Patagonik. No hay otra. Ojo, tampoco es una película cara. Cara es, por ejemplo, Metegol. Por otro lado, Vino para robar es el cine que me gusta y el que trato de seguir haciendo. Dentro del cine de género, dentro de la comedia, siempre intento darle improntas personales a mis cosas, dejar una marca”, arremete el director. Y ante la pregunta de “¿cuándo se enamoró de la película?”, contesta: “Primero me enamoré de mi mujer, después de mi hija y, más tarde, me puse de novio con la película”. Y Nathalie Cabiron, su productora, mujer y madre de su única hija, hace una mueca irreproducible.