A los 24 años el luego director de Cándido López, los campos de batalla aceptó un viaje, que en realidad le correspondía a su hermano, para olvidarse de una desilusión amorosa e irse tan lejos como pudiera. Y eso era realmente lejos, ya que el avión aterrizó en Pionyang, capital de Corea del Norte.
En ese lugar, apenas unos meses antes de la caída del muro de Berlín, la URSS había organizado el XIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, con invitados que incluían al hermano de José Luis García y al actual ministro de Cultura del gobierno de la ciudad de Buenos Aires Hernán Lombardi, entre otros.
Eran obviamente tiempos muy distintos, en los que las consignas “fuera ingleses de Malvinas, fuera yanquis de América Latina” podían sonar realmente verosímiles y eran pronunciadas con sonrisas no-irónicas por todos los jóvenes idealistas que poblaban el lugar.
En medio de esta primavera revolucionaria se encontraba José, registrando todo este evento con una cámara súper VHS, la principal testigo de un mundo que ahora se ha ido para siempre (y también, detalle no menor, la responsable de que podamos ver en el film las bellísimas imágenes de Corea del Norte, lugar del cual no conocemos casi nada y habíamos visto aún menos).
En el medio del turismo revolucionario y de los jóvenes barbudos que pronunciaban frases de pancarta, José Luis encontró a la maravillosa Lim Sukyung, o “la flor de la reunificación”, como fue llamada por esas épocas. Esta grácil muchachita venía de Corea del Sur, pero había tenido que pasar por Londres, Berlín y Moscú para llegar a su país vecino. Entre risas y anécdotas, la joven se convirtió en la figura del festival, enarbolando la bandera de la unificación de Corea. Desafiando a quien quiso oírla enunció su promesa: volvería a Corea del Sur caminando a través de la frontera más custodiada del mundo. Hasta acá llega el enamoramiento de García con la chica del sur, pero también con Corea del Norte y su proyecto revolucionario.
Lo que viene después es, claro, el tiempo. Y la obsesión. Pasaron los años y se perdió el rastro de Lim Sukyung, pero García no la olvidó e hizo lo posible para rastrearla. Y la encontró.
No solo la encontró sino que la contactó y viajó a Seúl para una entrevista que tardó demasiado en concretarse. Mientras tanto, formó parte del cotidiano de Lim Sukyung , actual docente universitaria que habla de los monopolios en los medios (sería una buena panelista de algunos programas de actualidad local) y conductora de un programa de radio en el que aún ofrece muestras de la simpatía que irradiaba en su juventud.
Es difícil decidir qué es lo más interesante de La Chica del sur: si su primera mitad, con su valor único e histórico de archivo y de registro de una realidad hasta ahora desconocida para nosotros, o toda la segunda (y tercera) parte, en la cual se vuelve inevitablemente un objeto reflexivo, un documental sobre el capricho de hacer un documental que se asume como tal y nos enfrenta con su propio dilema.
Lim Sukyung está ciertamente dañada por las cosas que la vida puso en su camino. Esto hace que la relación con José (que está presente gracias a la voz en off) y con Alejandro (el intérprete de familia coreana amigo del director, que viaja a Seúl con él) sea incómoda por momentos y realmente difícil (son varias las ocasiones en las que Lim Sukyung pide que apaguen la cámara). Y el sumum de todo esto se lo lleva una de las escenas finales.
En una charla que al parecer toma la forma de la tan ansiada entrevista, en la que finalmente ella accede a responderle lo que José hace tantos años quiere preguntarle , la respuesta, sin embargo, es para el intérprete: “¿Puede ser que estés traduciendo mal? ¿Cómo alguien puede hacer esa pregunta?”. Y ahí de nuevo, la incomodidad, el sinsentido. Esta escena no está editada. Dura apenas unos pocos minutos, pero parece de horas. Ahí se condensan muchas ideas sobre la película (y sobre la vida): el paso del tiempo, la ansiedad, la desilusión, los cambios, la permanencia. Y García resuelve con suma inteligencia todas estas cuestiones, dejando la cámara encendida para que nos enfrentemos con todas ellas, para que reflexionemos mientras las cosas están sucediendo, sin ofrecernos ninguna respuesta pero con la certeza de dejarnos todas las preguntas.
A partir del 7 de febrero en malba.cine (Av. Figueroa Alcorta 3415), los viernes y sábados a las 22 horas, y en Cine Gaumont (Av. Rivadavia 1635).