Calaveras y diablitos

Orientado a producciones independientes y de bajo presupuesto, el Buenos Aires Rojo Sangre, único festival especializado en cine fantástico y bizarro que se hace en Argentina, alza la bandera del cine de género celebratorio desde el inicio del segundo milenio. Como todos los años, una nueva edición toca la puerta de todos los miedos.

Hay que imaginar más de diez años atrás y pensar que en aquel momento abrir espacios para producciones ultraindependientes se posicionaba como un desafío. Los circuitos rentables ya tenían su público estipulado y meter algo alternativo ahí podía llegar a ser un riesgo que no muchos parecían querer asumir. Por eso los creadores de películas, y también (por qué no) los cinéfilos, debieron acudir a la urgencia de hacerse de un festival que pudiera meter todo eso que quedaba afuera, o directamente no estaba dentro de las grandes filas. Ya sea porque los tanques comerciales siempre arrasan o porque el mercado todavía no tenía una buena cartografía para eso. Para ordenar todo lo que andaba por circuitos escuetos o que se caracterizaba por tener funciones contadas con los dedos es que nació el festival Buenos Aires Rojo Sangre (BARS), el cual a fines de noviembre, bajo un lema que reza “El cine que no vas a ver en ningún otro lugar”, va a largar su décimo octava emisión.

“A fines de los años 90 empezaron a surgir montones de realizadores que se largaban a filmar cine de género de forma independiente, de manera totalmente marginal; tipos como Daniel de la Vega, Ernesto Aguilar y Alexis Puig, o productoras como Farsa Producciones. El problema es que cada uno tenía que mover sus películas como podían, haciendo sus propias movidas. En muy pocas circunstancias había un marco donde cada uno podía sumar su proyecto al de los demás en una proyección conjunta (aquí, en Buenos Aires, no recuerdo nada salvo alguna Maratón Bizarra en el Atlas Recoleta). La idea fue hacer algo para sumar cada esfuerzo individual, y potenciarlo con el de otros. Partiendo de la idea de que 1 + 1 puede resultar más que 2, comenzamos a empujar para sumar diferentes propuestas. Empujar y empujar para que la bola de nieve termine siendo un alud”,cuenta Pablo Sapere, director del festival.

Entre largometrajes y cortos convive toda una pulsión de creatividad que años atrás, entre otras cosas, supo mostrar estrenos como Making off sangriento: masacre en el set de filmación, de los hermanos Pablo y Gonzalo Quintana. El film sumaba como parte del elenco a Marcelo Pocavida, uno de los pioneros de la escena local del punk en nuestro país, para meterse en un set de filmación de estudiantes de cine y asesinar a varios de ellos. Las producciones diversas y una programación un tanto alejada de estéticas de terror más norteamericanas hacen que la trinchera esté ahí pero sin perder de vista ese constante llamado a un nuevo público. “El festival funciona a varios niveles, y uno de ellos es el de la formación de nuevos públicos, concretamente un público que pueda consumir ‘otro’ cine de terror. Y, para lograrlo, muchas veces –aunque suene contradictorio– la estrategia es programar películas comerciales, más fáciles de consumir. De esa manera podemos acercarnos a un público que busca el cine más estereotipado y meterlo de a poco en esa otra cosa que es el BARS”,dice Sapere.

Pero no todo es tan fácil hasta llegar a decir que se cortaron más diez mil tickets. Todo el camino para poder fomentarse y resonar fuerte tuvo en sus comienzos una participación que daba señales de que todo iba a quedar anclado en una estrecha secta de fanáticos del cine fantástico y el terror. “El primer BARS fue un rotundo fracaso. En tres días, con varias funciones, apenas fueron 50 personas. Y realmente no cambiaría nada. Con todos sus defectos, fue un gigantesco y revolucionario primer paso, porque implicó que un grupo de personas sin ningún tipo de conocimiento, sin recursos económicos y sin ninguna otra herramienta que la pasión pudieran crear un proyecto sólido y autogestivo. Un espacio que –para bien o para mal, con sus errores y sus aciertos– es un referente de cierto tipo de cultura”, recuerda el director.

Se podría pensar al BARS como la llave de entrada a un género considerado en muchas oportunidades como algo menor, aunque sería segmentar las fuerzas de las otras partes que también hacen e hicieron su trabajo desde las constantes producciones y su alzada de manos para dar vuelta una historia encerrada en lugares comunes, portadora de una solemnidad, muchas veces, enviciada en el cargo de cineasta. “Eso fue por la fuerza y la pasión de los realizadores, que lograron empujar para que el INCAA, la crítica, la academia y demás instituciones empezaran a tener al festival en cuenta. Por cierto, entre el BARS y los creadores hay una sinergia en la que nos potenciamos mutuamente, pero el verdadero esfuerzo es por parte de ellos”.

En esta nueva edición del festival, otra vez con un programa repleto de cosas por conocer, lo que resalta es la producción nacional. “Se verán ejemplos de cine de género que es apoyado por el Instituto, comoLos olvidados (hermanos Onetti) yAterrados (Demián Rugna), y también experiencias más off como Malvineitor (Pablo Marini) o Perra negra (Gustavo Postiglione). A nivel internacional se destaca la salvaje producción chilenaTrauma (Lucio Rojas), así como la delirante cinta canadienseDead Shack (Peter Ricq) o las postapocalíptica película francesaHostile (Mathieu Turi)”, recomienda Sapere, y deja extensiva la invitación para volver a sumergirse en un evento que, año tras año, adquiere más fanáticos y pone en la cancha las producciones de cineastas que esperan su lugar en el circuito de cine de género.