Viaje de estudios

Adolescentes con las hormonas encendidas, esquiadores brasileños y, lo que nos importa, lo mejor del cine local reciente, de la mano de una sobresaliente curaduría artística, se dieron cita en Bariloche, sede de la segunda edición de un festival que ya rankea bien arriba entre los nacionales.
Manuel Reyes

 “Hay un chiste que anda circulando entre los invitados al festival que dice que esto es un viaje de egresados. Bueno, no, yo creo que esto es más bien un viaje de estudios”. Con esas palabras empezaba a cerrar el festival Roger Alan Koza (junto a Pablo Mazzola, uno de los directores artísticos). Y, más allá del espíritu de camaradería y del ánimo de viaje de egresados que sí abundó entre los invitados (inspirado, además, por las hordas de bachilleres que, junto a turistas brasileños, coparon Bariloche por esos días), hay que darle la razón por varios motivos.

Por empezar, las salas, que tuvieron en general una muy buena respuesta de público, estaban conformadas en su mayoría por los estudiantes de las tres escuelas de cine con las que cuenta Río Negro (a propósito, ¿cuántas provincias pueden exhibir esa credencial?). Era de admirar cómo, terminada cada función, exponían sus inquietudes preguntando, debatiendo y aprendiendo, durante un largo rato, junto a los directores. Una razón que, ella solita, ya justifica la existencia de un festival de estas características.

Sumado a eso, la experiencia vivida entre los asistentes. Más de uno de los 65 invitados al festival  (entre directores, jurado y prensa) elogió el hecho de poder compartir distendidos almuerzos y cenas en donde intercambiar miradas y reflexiones sobre el cine, lejos de la histeria y la urgencia que imponen otros festivales de improntas opuestas, con grillas abarrotadas de películas a toda hora. Festejados espacios que permitían diálogos y encuentros entre, por citar un ejemplo, Nicolás Prividera y Gastón Solnicki, dos exponentes de cines pensados desde veredas sino opuestas, al menos, distantes.

Por último, un verdadero lujo: escuchar de boca de los directores del festival, en parte responsables del aura del mismo, y antes de cada proyección, profesar ante el público, sin prepotencia y con genuina vocación argumental, los criterios de inclusión de cada película en la programación, con el mismo rigor y dedicación en todos los casos. 

Formación, diálogo y participación; atributos que sin duda hacen a la identidad de un festival de tan corta vida y que sería deseable, se insistía, que obrasen sobre los deseos de hacer, tanto como de ver, cine en Bariloche.  Es llamativo que una película como Carancho, que ha llevado más de 500.000 espectadores a los cines de todo el país, no haya sido estrenada allí, y que los únicos cines, ubicados en el Shopping Patagonia, que cuentan con salas en 35 mm, estén separados entre sí por una pared del tamaño de una feta de jamón, lo que pauperiza sobremanera la experiencia de ver cine.

Pero vayamos a la programación, verdadera espina dorsal del festival, y que permitió a una provincia seca en oferta cinematográfica disfrutar de cinco días del cine nacional, e internacional también,  más inquieto y de cosecha reciente.

La Competencia Nacional, con un muy buen nivel, tuvo nueve películas que compitieron por un premio de 25 mil pesos. De Los jóvenes muertos a Rompecabezas, y de La mirada invisible a Hacerme feriante, todas, en palabras de Koza, “dan batalla” y son políticas, de manera más o menos evidente. Algunas destacadas, con propuestas atravesadas por la dificultad para discernir entre ficción y documental, fueron: Orquesta Roja, y su lupa puesta en el tratamiento que hicieran los medios de comunicación  sobre un acto de militancia política y social,  sucedido en los albores de la crisis de 2001 y que abrió varios niveles de discusión;Vikingo: tercera película de Campusano, que confirma a su cine pensado y hecho en las antípodas de los cánones estéticos e ideológicos en que se suelen ubicar el cine de la clase media y alta;  Los Labios, con su enorme sensibilidad para indagar sobre la pobreza y la miseria; e Invernadero,  una película bella e inteligente, y que más allá del cautivante retrato que hace sobre el escritor Mario Bellatín y quienes lo rodean, posiciona a su director, Gonzalo Castro, como un raro caso de todoterreno que, menos ponerse frente a la pantalla, hace todo, “Dirección, guión y rubros técnicos”. Tan pareja fue la competencia nacional que el premio que otorgó el jurado, integrado por Fernando Martín Peña, Anahí Berneri y Miguel Pereira, fue doble, compartido por Los labios y Orquesta roja.

En la competencia de largos regionales, la premiación, que varios imaginaban recaería sobre la sugestiva y espléndidamente actuada Lo que más quiero, fue para Vienen por el oro, vienen por todo, que, más allá de sus méritos, fue quizás bendecida por la actualidad y urgencia política del tema que trata.

Otro acierto fue la sección PEC (Películas en Construcción), donde se pudieron ver extractos de ocho películas no terminadas. Algunas  de ellas, con esperable estreno en el próximo BAFICI,  como lo nuevo de Gastón Solnicki, Nicolás Prividera y Marco Berger. Fue este último, con Ausente, y su retrato de una relación de abuso a la inversa, en donde un menor de edad extorsiona a un mayor, quien ganó el premio dotado con 15 mil pesos.

La programación, además, contó con la retrospectiva íntegra de la obra de Adrián Caetano, películas del nuevo cine chileno, algunas internacionales estrenadas este año, como La Pivellina, Independencia y Policía, adjetivo, cortos nacionales y regionales y otras fuera de competencia como Carancho, Por tu culpa y Pájaros volando.

En total, 67 películas que felizmente barrieron de la memoria el acto de apertura, en el que se dio la insólita situación,  migajas de la política mediante, de tenerlo a Luis Ventura (sí, el chimentero) presentando el festival y hablando de cine (llamó a construir un “Hollywood argentino pero con temáticas nuestras”), mientras lo miraban, extrañados y algo avergonzados, la gran mayoría de los que allí estaban.