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NOTA DE TAPA  


LOS LABERINTOS
DE LA MEMORIA
TEXTO: ESTEBAN ULRICH / FOTOS: LUIS SENS



El hallazgo de las míticas escenas perdidas que completan el primer montaje de Metrópolis, de Fritz Lang, nos introduce en un mundo marcado por el usufructo de vacíos legales, por la apreciación a futuro de los negativos en la era digital, por las rencillas institucionales y por dos posturas ideológicas sobre cuánto vale nuestro cine. Mientras tanto, nuestra historia sigue en peligro de extinción.

ICONO CINEMATOGRÁFICO
Según la leyenda, la idea nació en las cabezas de Thea Von Harbou y Fritz Lang mientras observaban desde el barco los rascacielos neoyorkinos durante su llegada a los EE.UU. La mujer de Fritz Lang –y coguionista de Metrópolis–, imaginó una ciudad futurista diseñada por una élite ilustrada que mantenía su mundo de lujo y placer explotando a la masa social con el poder de la máquina. La revuelta será inspirada por otra máquina, un robot hecho a imagen y semejanza de la hermosa María, la mujer angelical que enamoró al hijo del jefe supremo. El genio loco, la rebelión de las masas, la historia de amor, el mito bíblico de la Torre de Babel, el extraordinario diseño de arte y de luz expresionista de Lang y el incipiente nacionalsocialismo que lo infecta todo, hacen de este film no sólo un clásico de la cinematografía mundial, sino un documento fundamental para la memoria.
Seguramente pensado como el film que demostraría al mundo que Alemania también podía hacer superproducciones millonarias, se invirtieron casi siete millones de Marcos para hacerla. Se usaron unos 620 kilómetros de película, una cincuentena de autos, y fueron contratados veinticinco mil hombres, once mil mujeres y doscientos cincuenta niños. Pero el film tuvo sus problemas. En primer término fue víctima de una fría acogida por parte del público y la crítica cuando fue estrenada en Alemania, en 1927. Escasos meses después fue cortado en los estudios de la Paramount y luego, con el paso del tiempo siguió sufriendo diversas manipulaciones. De los 210 minutos con que fue estrenado, se llegó a una versión de 80 minutos. La historia, que planteaba una colaboración de clases opuesta al marxismo –pero que, justamente por eso, le era funcional al naciente aparato nazi que dominaría las casi dos décadas siguientes– le trajo también problemas de censura en distintos países.
Un gran trabajo de búsqueda debió realizarse para reunir el material de las diversas versiones. Éstas fueron combinadas con una versión en blanco y negro renovada, de 153 minutos, de la que fue cortada en los estudios Paramount pocos meses después de su estreno en Alemania, y a la que se agregaron fotografías del rodaje reencuadradas para completar las escenas faltantes. Así se logró llegar a la versión de Metrópolis de 2001, que fue el primer film inscrito en el registro de la memoria del mundo de la UNESCO.
Pero eso ya es historia: el mes pasado, una copia de Metrópolis de Fritz Lang fue hallada en el Museo del Cine y se convirtió en noticia, en primer lugar en Alemania, luego en el mundo. Esta versión parece representar el montaje original de la película, tal como Lang la había presentado en 1927 en Alemania. Cuando esta noticia resonó en el mundo, no todos aquí supieron comprender su dimensión, ni siquiera nosotros mismos. Esto no sólo pone al país es ese clásico lugar de fama efímera en los medios mundiales que tanto sabe cultivar sino que, conociendo el estado en el que se encuentran nuestros archivos, se trataba de un verdadero milagro.
Así entramos, de a poco, casi ingenuamente, en una metrópolis kafkiana: todos coinciden en que algo debe hacerse pero las rencillas internas por el manejo de los fondos hacen que se trate de una ciudad detenida.
La sombra de Henry Langlois aparece por todos lados cuando se habla de cinematecas. El “dios loco” de los archivos audiovisuales es la validación con la que todos quieren contar. Su visto bueno, aún hoy, cuando su ampuloso cuerpo ya no se pasea por la superficie de la tierra, sigue siendo la base fundamental de la credibilidad para este grupo de buscadores de tesoros. ¿Pero de tesoros cuán valiosos? A imagen y semejanza del maestro, los demás cultores del material fílmico hacen gala de un carácter endiablado, una personalidad excéntrica que parece casi una condición obligatoria para este tipo de trabajos. Para obtener buenos frutos en esta especialidad se debe saber regar con mucha paciencia y durante años, investigar con sumo cuidado y obsesión la historia, y disfrutar del ambiente de los depósitos, de las bibliotecas, de los archivos polvorientos, del marrón viejo, del plateado picado, del óxido, el acetato, el nitrato, las latas y maderas roídas, los papeles amarillentos, las antiguas cartas encuadradas, todos objetos extraídos de la materia misma del tiempo, que el investigador mismo le ha entregado.
En el interior de aquellos que mantienen una relación fetichista con la historia dos fuerzas opuestas parecen estar en constante tensión: la de poseer el objeto invaluable, la prueba cuya historia vibra en su materia y, al mismo tiempo, la necesidad de preservar la vida de esos cadáveres exquisitos para la memoria de la sociedad que, siempre lenta, aún no comprende la información pura y el poder que estos objetos contienen.
Un gesto entre aristocrático y altruista, ejecutado en la oscuridad de los depósitos.

MUSEO DEL CINE
El Museo del Cine existe desde 1971 y pertenece a la Dirección General de Museos del Gobierno de la Ciudad. Paula Felix-Didier asumió el cargo en enero de 2008, es Historiadora de la Ciudad de Buenos Aires y se especializó en historia del cine. Hizo, por lo menos, la mitad de la carrera de Artes, las materias de cine, y así fue armando una orientación en historia que no existía en los 80. Por esa misma época conoce a Fernando Martín Peña y confiesa que, en parte, fue gracias a él que se interesó por el mundo de los archivos. En 2003, la Universidad de Nueva York abrió un programa de posgrado de dos años en preservación de medios audiovisuales que incluye cine, video y medios digitales, y Paula no dudó en enviar una solicitud aún cuando el programa aceptaba únicamente siete alumnos, de los cuales sólo uno podía ser extranjero. Pero la aceptaron: “Pero mi idea siempre fue volver. La sensación es que allá uno no hace la diferencia, en cambio acá sí. El problema de la conservaduría es mundial. Porque todavía no hay estándares o muy lentamente se van encontrando estándares. Con ‘estándares’ me refiero a tener acuerdos comunes en cuanto a cómo se debe guardar una película, a qué temperatura, con qué humedad. Aún hoy hay gente que piensa que es mejor tenerlas bien guardadas en su lata, cuando ya se descubrió que lo mejor para las películas es airearlas y ventilarlas de vez en cuando”. Fernando Martín Peña fue su compañero en la vida y ahora son cómplices en la pasión que comparten y que los reunió aquella primera vez: “Los coleccionistas siempre supimos que las latas no eran buenas para las películas. Es un tema de práctica. Creo que parte de los problemas, no sólo del Museo del Cine, sino de cualquier archivo de la Argentina, es que está muy separado el trabajo técnico del trabajo teórico. Nosotros debemos ser la primera generación que, por necesidad, aprendió la teoría y la práctica al mismo tiempo”. Paula: “La historia de Metrópolis lo describe perfectamente: uno puede tener muy bien cuidado un material, muy bien individualizado, catalogado, limpio y con las empalmaduras en su lugar, pero puede seguir ahí por siempre si no existe, además, el conocimiento de la historia particular de Metrópolis, que permita atar los cabos para llegar al tesoro que estaba escondido frente a nuestras narices”.

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